La luz de “La estrella de madera”

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La historia parece sencilla: cómo un niño, que habita en un bosque, descubre las estrellas. Particularmente la suya, cuyo fuego lo alumbra y lo consume.

Algunos de los símbolos más antiguos creados por el hombre provienen de su contemplación  de la bóveda celeste.

De la minuciosa observación de los astros que iluminan la noche también proviene uno de los textos más hermosos de la literatura: La estrella de madera de Marcel Schwob de quien en este año se cumplieron 150 de su natalicio.

Me referí a él como “texto” porque La estrella de madera en realidad resulta inclasificable. Nos cuenta una historia, es cierto, pero con los recursos de la poesía. Con la música oculta de las palabras, Schwob crea arquitecturas sonoras llenas de imágenes, mundos, ambientes en constante expansión. ¿Prosa lírica? ¿Poesía narrativa? Da igual, simplemente es un texto capaz de disparar la imaginación del lector, de leerse en sus líneas, de habitar y completar el mundo que el escritor nos propone.

Para Schwob el arte era lo opuesto a las ideas generales: “sólo describe lo individual, sólo propende a lo único. En vez de clasificar, desclasifica”. Seguramente por eso sus libros y su propuesta literaria resultan inclasificables. Ninguna corriente lo define, ninguna prospectiva literaria lo puede etiquetar.

Lector de Poe, Stevenson, Whitman, Shakespeare, Keats, Verne, Villon, Hugo, Schwob vivió regido por la estrella de la melancolía. También fue un gran lector del griego, del latín, del sánscrito y un asiduo visitante a los Archivos Nacionales de Francia. Uno de sus libros más conocidos fue, es, Vidas imaginarias, falsas biografías, tan reales y con mayor peso y volumen que el bronce con el que no pocos mortales se quieren perpetuar.

Para algunos de sus lectores, El libro de Monelle es su mejor obra. Para otros, La cruzada de los niños. Pese a su brevedad La estrella de madera es, para mí, una pequeña obra maestra en el que la forma, la manera de contar las cosas, es parte del contenido. Asombra como, por ejemplo, Schwob nos hace habitar un bosque de cuerpo verde y amistoso para después transformar a todo ese cúmulo de fuerza hidráulica en un ejército inmóvil que aprisiona, alto y oscuro, como cárcel.

Descubrir el cielo y sus constelaciones no es cosa de todos los días y cuando ocurre, es un milagro, como dice Schwob, que se estremece de destellos.

En pocos textos he encontrado una descripción tan exacta sobre la hostilidad de las ciudades: cerradas y hoscas, apiñadas y maledicientes. Tampoco de los rostros de las mujeres gastados por la ternura. En ninguno, la descripción de una estrella oscura de seis rayos cruzados sobre otros seis, mellada por el tiempo, vieja y agrietada que en unos segundos fue  crepitación de chispas, bola de fuego, resplandor en el corazón de la noche como en el texto de Schwob.

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