De la inseguridad y otros demonios

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En México hace ya muchos años que perdimos la capacidad de asombro. Las películas de terror hace tiempo que dejaron de ser propias de la temporada de Halloween hacia fines de octubre de cada año. El horror se vive día a día, pero se pasa de página como si se tratase del anecdotario de una vida inútil, cuando ninguna lo es.

A las actuales generaciones de jóvenes millennials, las páginas principales de periódicos como el “Alarma”, y el “Alerta” de las décadas 60 y 70 del siglo XX no les habrían llamado mayormente la atención y aunque subsisten bodrios periodísticos como “La Prensa” y su moderno competidor el “Metro” -que hacen del morbo su negocio-, tales pasquines ya no son necesarios. Hoy en día,  tanto en internet como en la televisión abierta sin importar el horario, las noticias sobre homicidios, feminicidios, desaparecidos, levantados y “abatidos”, (eufemismo utilizado por el gobierno cuando se trata de hablar de muertos por los disparos de la policía o de las fuerzas armadas), son noticia permanente.

Los programas de noticias nocturnos de la televisión no son sino una nota roja constante, y absolutamente todos, narran jornada a jornada los hechos criminales que acontecen prácticamente a todo lo largo y ancho del territorio nacional.

A pesar de todo, siguen habiendo sucesos que por momentos despiertan nuestra consciencia aletargada, haciéndonos recapacitar en que, por muy cotidiana que sea esta dramática realidad, nada tiene de normal ni de aceptable, obligándonos a pensar en que no debemos resignarnos a ella.

El secuestro, tortura, asesinato y posterior desaparición, en toda la extensión del término, de tres jóvenes estudiantes de cine en la zona metropolitana de Guadalajara ha vuelto a generar un sentimiento de indignación en la sociedad entera y las manifestaciones de dolor y de protesta, sobre todo de miles de jóvenes y padres de familia, se han repetido en diversas ciudades incluyendo la capital del país.

Para mayor desgracia, aunque el tema ha sido abordado por los distintos candidatos para evidenciar el fracaso de las políticas de los últimos gobiernos para hacer frente a la violencia desatada por el crimen organizado, seguimos sin escuchar propuestas realistas y tangibles de cómo revertir la tendencia y lograr que el Estado cumpla con su obligación fundamental, que es la de garantizar seguridad y justicia a la ciudadanía.

Salvo la falacia de una eventual amnistía que, nadie alcanza a entender cómo funcionaría, o de comentarios aislados en el sentido de que la estrategia debe de cambiar, ningún candidato ha dicho con claridad cómo y por dónde podría realmente revertirse el fenómeno de la violencia que ha mantenido a la sociedad en vilo por ya casi veinte años.

Hasta hoy, sabemos por experiencia que cada vez que se detiene o se “abate” al líder de algún cartel o banda delincuencial, hay dos opciones:

La primera es que el cartel se escinda y del mismo surjan grupos nuevos que se multiplicarán como hidras y que a su vez se enfrentarán a sus antiguos compañeros.

La segunda es que la sucesión haya sido previamente arreglada como si de una dinastía nobiliaria se tratase y el nuevo dirigente sea reconocido como tal por los miembros del grupo. Ello sin embargo no resuelve el problema y por el contrario suele tener un efecto multiplicador de la violencia.

Hay voces, sin embargo que, más allá de la politiquería hablan con lógica, experiencia y conocimiento de causa sobre el problema. Una de ellas es sin duda la de Ignacio Morales Lechuga, ex procurador general de la República, quien logró resultados históricos e innegables en el abatimiento a la delincuencia entre las décadas 80 y 90.

Morales Lechuga (@irmoralesl) ha manifestado más de una vez en su cuenta de twitter que lo que tiene que hacerse es desmantelar a los grupos delincuenciales y no solamente descabezarlos.

Para ello se requiere de una labor de inteligencia paciente, discreta y profunda. Un ejemplo claro de ello es cómo funcionan en los Estados Unidos operativos anticrimen, que ocurren de forma sincronizada en diversas ciudades y estados, logrando la detención de cientos de personas de manera prácticamente simultánea.

Paralelamente, las autoridades fiscales y financieras se ocupan de ubicar y de congelar las cuentas de los delincuentes y de sus prestanombres. Eso es realmente desmantelar a una organización criminal con golpes de tal magnitud que realmente dificulten la continuidad de sus operaciones.

Ello sin embargo, es solo posible en un ámbito en el que las autoridades federales y locales actúen realmente de forma coordinada, la complicidad con los criminales prácticamente no exista y la impunidad no sea la eterna constante. Un país también, en donde los jueces no sean cooptados tan fácilmente por los criminales y actúen por consigna o por temor.

El sistema legal norteamericano dista mucho de ser perfecto, sin embargo sus mecanismos de inteligencia, de investigación policíaca y de procuración de justicia son sin duda mucho más eficientes y confiables que los nuestros.

No se trata de inventar el agua hervida ni de optar por fórmulas que han probado ser fallidas en otros contextos, basta con seguir el ejemplo de historias exitosas y comenzar con los primeros pasos. Pero no todo es culpa del Gobierno, sería irresponsable no reconocer que muchos de quienes han optado por el camino, en apariencia fácil, de la delincuencia deben  luchar contra sus propios demonios y retomar muchos valores que buena parte sociedad ha pretendido desechar.

Mientras tanto, los ciudadanos seguimos a la espera de propuestas realistas y concretas.

Aquí nos vemos yo voy derecho…

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JOSE EUGENIO CASTAÑEDA ESCOBEDO LICENCIADO EN DERECHO POR LA UNIVERSIDAD PANAMERICANA DE LA CDMX PROFESOR DE DERECHO CIVIL Y MERCANTIL DESDE HACE 25 AÑOS. NOTARIO PUBLICO 211 DEL DISTRITO FEDERAL DESDE 1994. COLABORADOR EDITORIAL DE EL MAÑANERO DEL 2004 AL 2010 COLABORADOR EDITORIAL DEL PERIODICO EL FINANCIERO DE 2006 AL 2014