La herencia y el periodo de gracia

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Vivimos tiempos de violencia, eso es una verdad absoluta, también lo es el hecho de que la violencia no empezó en este sexenio.

El dato duro más significativo para evaluar los niveles de violencia es el número de homicidios; partiendo de esa base, para revisar y analizar cómo se ha comportado la espiral de violencia, no podemos remontarnos únicamente al sexenio de Felipe Calderón, debemos irnos más atrás en la historia, hasta el sexenio de Miguel de la Madrid, quien fue presidente de México del 01 de diciembre de 1982 al 30 de noviembre de 1988.

De acuerdo a datos del INEGI, entre 1983 y 1988 se registraron un total de 87,187 homicidios, lo que implica un promedio anual de 14,531; durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, el número de homicidios aumentó a 93,505, con un promedio de 15,584; entre 1995 y el año 2000, con Ernesto Zedillo disminuyó a 80,332 homicidios con un promedio de 13,389 por año; con la “transición” de Vicente Fox, el número de homicidios descendió sensiblemente a 60,171 homicidios y un promedio de 10,029.

La asociación del inicio de la violencia en México con Felipe Calderón no es obra de la casualidad, son los datos duros de muertes y sangre derramada que ha quedado inscrito en la historia.

Durante su primer año de gobierno (2007) hubo 8,867 homicidios, sin embargo, la implementación de su estrategia para combatir al narcotráfico arrojó para el año 2008 un cambio dramático en la tendencia pasando a 14,006 homicidios; en 2009 a 19,803; 2010 se rompió otra barrera con 25,757; en 2011 pasó a 27,213 y para cerrar el sexenio a diciembre de 2012 con 25,967 homicidios, dando un total de 121,613 casos y un promedio de 20,269 anuales durante su mandato, lo que significó un aumento de 102% con respecto al sexenio anterior.

Enrique Peña Nieto, a cinco semanas de las elecciones presidenciales del 01 de julio de 2012, afirmó que su prioridad no sería capturar capos de organizaciones que ingresan todos los años drogas por valor de cientos de millones de dólares a Estados Unidos. Indicó que usaría los recursos del Estado para reducir los homicidios, los secuestros y las extorsiones, los delitos que más afectan a la mayoría de los mexicanos. Con ese fin, inundaría de policías y soldados las calles y pueblos con los índices de violencia más altos.

La historia la conocemos, la estrategia no cambió, la continuidad no funcionó, la violencia y con ella el número de muertos fue en ascenso: en 2013, hubo 23,063 homicidios; 20,010 en 2014; 20,762 en 2015; 24,559 en 2016; la cifra cruzó la barrera en 2017 con 32,079 homicidios y culminó en 2018 con el año más sangriento de la historia con 34,202 casos; fueron 154,675 homicidios durante el sexenio, un promedio de 25,779 anuales, equivalente a 27% más que con Calderón.

La inercia de los niveles de violencia, definitivamente es heredada, eso no significa por ningún motivo, que se pueda, deba o sirva utilizarlo de pretexto.

La aplastante votación que obtuvo López Obrador el 01 de julio, es el más claro mandato ciudadano de que la sociedad votó porque no soportaba más violencia e inseguridad y depositó en él su confianza.

No olvidemos el pasado, pero no es posible seguir escudándose en él, es tiempo de mirar al frente y empezar a dar los resultados que la ciudadanía espera.

La historia, y esperemos que los tribunales, juzgarán a los de ayer; es imperante que los de hoy, demuestren que pueden resolver la crisis de violencia por la que atravesamos; nadie espera resultados de un plumazo ni por arte de magia en seis meses, pero al menos un cambio en la tendencia, mañana puede ser tarde y el periodo de gracia está por expirar.

No podemos seguir contando muertos todos los días, ni como el año pasado, ni como hace diez; mucho menos los pueden justificar con una herencia maldita que conocían perfectamente y prometieron cambiar.

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