La enseñanza de Rusia 2018

AFP PHOTO / Odd ANDERSEN
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El campeonato mundial de futbol está por terminar. De treinta y dos equipos nacionales representativos de igual número de países que iniciaron la competencia hace apenas tres semanas, quedan solo cuatro.

De entre ellos veremos coronarse al campeón el próximo domingo. Lo que comenzó siendo una carrera entre selecciones de los cinco continentes, los cuatro que quedan son todos europeos. “Se volvió una mini-Eurocopa”, he escuchado decir y es cierto.

Bélgica, Croacia, Francia e Inglaterra disputarán la Copa del Mundo. Atrás quedaron grandes selecciones que normalmente suelen llegar hasta las etapas finales como Alemania, Argentina, Brasil y España por mencionar solo algunos. Pero así es el futbol, equipos igualmente importantes como  Italia y Holanda en esta ocasión ni siquiera llegaron al Mundial. De los nuestros se ha dicho ya todo, nos quedamos en el “ya merito”, como casi siempre.

Pero más allá del tema deportivo, hay sin duda otras lecciones que nos deja esta copa del mundo celebrada por primera vez en Rusia.

Quienes tuvimos la gran oportunidad de venir a visitar este país por primera vez para presenciar algunos de los partidos, estoy seguro que en lo general nos vamos impactados de lo que esta gran nación representa y del enorme esfuerzo organizacional que supuso la celebración de este magno evento en su territorio.

Rusia es un país moderno y sumamente desarrollado. Moscú y San Petersburgo, por citar solo a la capital actual y a la que lo fuera hasta antes de la Revolución Comunista de 1917, son ciudades que no le piden nada a ninguna otra gran ciudad del mundo.

Llama la atención la limpieza de sus amplias avenidas y calles, no se ve ni una pequeña basura o colilla de cigarro en el suelo. Cada cien metros pueden encontrarse cestos de basura que son utilizados puntualmente por propios y extraños sin distinción. En este sentido podrían competir con Tokio o Singapur sin problemas.

En las calles no se encuentran personas sin hogar o practicando la mendicidad, ante mis preguntas sobre el tema, algunos me han dicho en tono de broma que el gobierno los envió a otras ciudades mientras termina el campeonato de futbol. La realidad es que no se perciben señales de pobreza. Tampoco las vi en otras ciudades de menor tamaño como Rostov, Ekaterinburgo o Samara.

Su sistema de transporte subterráneo Metro, uno de los más antiguos de Europa, funciona con eficiencia y rapidez comunicando a la capital por los cuatro puntos cardinales y a través de un anillo concéntrico al que a su vez se conectan prácticamente todas las líneas. El precio del boleto es mucho más bajo que los de sus similares de Europa Central pero igual de eficiente, rápido y puntual. La gasolina cuesta también menos que en el resto de Europa y menos también que en México, el precio promedia los 12 pesos por litro.

Su oferta hotelera y gastronómica no tiene nada que envidiarle a París a Londres o a Madrid y tampoco en lo que se refiere al número de sus museos y monumentos, a sus parques o a sus  imponentes catedrales y sitios históricos.

Si bien la huella del comunismo tiende a desvanecerse por la llegada de una economía de mercado totalmente libre, todavía se respira parte del aire de aquella época ante la presencia de cientos de edificios de departamentos habitacionales plantados por toda la ciudad y los pesados rascacielos que recuerdan la frialdad de los tiempos stalinistas y de la Guerra Fría.

Los rusos sin embargo están sumamente orgullosos de su país y de su historia y en un gran número recuerdan incluso con nostalgia aquellos tiempos, aunque reconocen las ventajas de vivir en un sistema de libre competencia y admiran mayoritariamente a sus actuales gobernantes y en especial al presidente Putin.

Aunque solamente el 5% de la población habla inglés, los ciudadanos rusos son sumamente amables en lo general y es común que se detengan a ofrecer ayuda a algún turista despistado.

Me voy de Rusia sumamente impactado de manera positiva. Me queda claro una vez más, que los climas extremos, como los que se viven aquí, especialmente durante el invierno que puede durar hasta ocho meses, es el que templa  las virtudes de las sociedades y de las culturas. Tras la caída del comunismo a principios de los años noventa, Rusia ha ido recuperando mucho de sus tradiciones ancestrales, de su religión y de sus valores familiares.

Un solo tema me atrevería yo a criticar, sus taxistas conducen de manera temeraria rayando en lo salvaje. Subirse a un taxi en Moscú puede resultar una aventura que lo haga a uno colocarse en modo de preinfarto.

Pero es eso “pecata minuta” ante lo bueno. Mucho realmente hay que admirar, reconocer y aprender de los rusos, un pueblo que sin duda ha sufrido mucho y ha superado enormes retos. Por lo pronto yo los felicito por la brillante organización de este su mundial, por su hospitalidad y gentileza al tiempo que agradezco la oportunidad que nos dieron de conocer y apreciar, a quienes aquí hemos estado, una parte de su grandeza y de su historia.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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