La desigualdad, el motor de los movimientos sociales

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La lección que le ha dado la sociedad chilena al mundo con las movilizaciones sociales en todo Chile, con una multitudinaria manifestación de más de un millón doscientas mil personas en la capital, Santiago de Chile, que solo tiene siete millones de habitantes, ha sido impresionante y requiere de un análisis profundo.

Coincido plenamente con las opiniones vertidas con relación a que no podemos quedarnos con las explicaciones simplistas o que solo voltean hacia la derecha y el neoliberalismo, lo que está sucediendo en Chile, por ser el más impactante, en otros países de América Latina y de otras latitudes, merece mucho más.

Lo que es innegable es que, el común denominador, son las brutales concentraciones de riqueza, que se han dado en la mayoría de los casos, bajo la sombra y el amparo de gobiernos corruptos, permisivos y coludidos, con una minúscula oligarquía que ostenta el poder económico y ha cooptado gracias a él, al poder político.

Sin embargo, se les ha olvidado un pequeño detalle: existe la sociedad sobre la cual descansan las naciones y también esas fortunas, y cuando el hartazgo llega a ese punto de no retorno, la sociedad ya no está dispuesta a ceder, ni a dar marcha atrás; la sociedad manda, pone y quita, con el pleno ejercicio de sus libertades y sin la necesidad de un líder único.

La desigualdad socioeconómica y la injusticia, siguen siendo los motores más importantes de los movimientos sociales en todo el mundo. Aun así, muchos gobiernos del orbe no aprenden la lección y siguen velando por los intereses de las minorías opulentas, de los gigantes fondos financieros, de las grandes corporaciones y de los círculos rojos del poder.

Finalmente, quisiera apuntar que, lo que está sucediendo en Chile no solo debe de considerarse para evaluar gobiernos, políticas públicas y estrategias macroeconómicas; también debe de considerarse como una gran lección para las sociedades del mundo y de manera muy particular, para la oposición de nuestro país, que sigue sin poder articular un discurso, ni vincularse con la sociedad, que es quien decide el rumbo.

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