La comunicación de un solo hombre

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Una de las razones más importantes para que Andrés Manuel López Obrador haya tenido un triunfo tan arrollador en las elecciones de julio de 2018 fue su capacidad de conectar con los distintos grupos del electorado; su diagnóstico certero de la situación del país y las necesidades de la sociedad, no hubieran sido suficientes, si él y su equipo no hubieran comunicado correctamente el mensaje, su comunicación política electoral, fue excepcional, nadie sería capaz de regatearle eso.

Increíblemente, desde mi punto de vista, uno de los factores más vulnerables a partir de su toma de posesión, es justamente la comunicación.

Me explico:

La comunicación es un fenómeno inherente a la relación que los humanos mantienen cuando se encuentran en grupo. A través de la comunicación, las personas obtienen información respecto a su entorno y pueden compartirla con el resto.

El proceso comunicativo implica la emisión de señales -sonidos, gestos, señas, pausas y tonos- con la intención de dar a conocer un mensaje; el intercambio de mensajes, que puede ser verbal o no verbal, permite al individuo influir en los demás.

El proceso para una comunicación efectiva inicia elaborando el mensaje de forma adecuada, sin errores, que sea entendible y creíble.

En el caso que nos ocupa, esto es fundamental y mucho más complejo, pues la comunicación política, desde el poder, tiene que contemplar que no todos están de acuerdo con las decisiones, ni con los datos o circunstancias que las originaron.

Adicionalmente, la comunicación puede ser afectada por lo que se denomina como ruido, una perturbación que dificulta el normal desarrollo de la señal en el proceso o por algún tipo de barrera que pueda afectar el mensaje original, además, el receptor debe contar con las habilidades que le permitan decodificar el mensaje e interpretarlo; y en política, los diferentes puntos de vista, las opiniones adversas, la oposición y las benditas redes sociales, son por definición, una distorsión natural del mensaje original.

La comunicación efectiva es algo que muchos piensan debería ser instintiva, de cierta forma, normal; sin embargo, en muchas ocasiones cuando tratamos de comunicarnos con otros, aunque no se trate de nuestros adversarios políticos, algo se pierde. Cuántas veces no nos ha pasado que decimos una cosa y la otra persona entiende algo diferente, generando malentendidos, frustración e incluso conflictos que nunca hubiéramos imaginado.

Ahora bien, en el caso de la comunicación del presidente de la República, todo se magnifica.

Siempre ha sido bien visto que el mandatario de la nación, afronte las adversidades y los momentos de crisis por las que han atravesado sus administraciones; de hecho, en muchas ocasiones, se les ha reclamado por no hacerlo, sin embargo, aunque es muy loable que López Obrador salga cada mañana a dar una conferencia de prensa, es muy desgastante, física y mentalmente tanto para él, como para su Presidencia.

Aunado a esto, el hecho de que toda la información de todo el Gobierno federal gire alrededor de su figura, pareciera que atrofia a algunos miembros de su gabinete, que deberían tener al dedillo todos los complementos necesarios y las respuestas pertinentes. La falta de articulación de una real Coordinación de Comunicación Social está generando graves errores de comunicación y respuestas inoportunas, pues pareciera que tenemos que esperar hasta el día siguiente para recibir el mensaje fidedigno, el original.

Más allá de las cuestionables decisiones, la comunicación, o falta de, está generando exceso de maniobras y de maromas.

Señor presidente Andrés Manuel López Obrador, sabemos que la información es poder, úsela, para cumplir con sus promesas de campaña, pero también para que podamos entender sus decisiones, no queremos que las justifique, necesitamos saber, para entender y en su caso, apoyar o discrepar, pero sin una venda en los ojos.

Hoy, en su día cuarenta y ocho, tal vez aún no sea notorio la merma en el rostro del presidente, pero cada día cuenta, un viejo refrán sin desperdicio dice que no es lo mismo los tres mosqueteros que dieciocho años después.

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