La Ciudad Perdida del Dios Mono, Douglas Preston

Douglas Preston nos presenta una emocionante novela de aventuras contemporánea, sobre una legendaria civilización precolombina, que combina lo mejor del periodismo, la novela histórica, el thriller y la investigación arqueológica

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Desde los días de Hernán Cortés han circulado rumores acerca de una ciudad perdida con inmensas riquezas escondida en alguna parte del interior de Honduras, llamada la “Ciudad Blanca” o la “Ciudad Perdida del Dios Mono”. Los pueblos indígenas hablan de ancestros que huyeron a ese lugar para escapar de los conquistadores españoles, y advierten que cualquiera que entre a esta ciudad sagrada caerá enfermo y morirá.

En 1940, el temerario periodista Theodore Morde regresó de la selva con cientos de objetos antiguos y una electrizante historia según la cual había encontrado la Ciudad Perdida del Dios Mono. Sin embargo, después se suicidó sin revelar su ubicación.

Tres cuartos de siglo después, el escritor Douglas Preston se unió a un equipo de exploradores y científicos en una nueva aventura.

En 2012, subieron a bordo de un viejo avión monomotor, llevando consigo una pieza de tecnología que lo cambiaría todo: un LIDAR, un avanzado dispositivo láser que podría hacer el mapa del terreno debajo del denso follaje selvático.

En un valle inexplorado rodeado por montañas, el vuelo reveló la imagen inconfundible de una metrópoli, estimulante evidencia no solo de una ciudad no descubierta sino de una enigmática civilización perdida.

Aventurándose en esta tierra salvaje —imponente y hermosa, pero traicionera—, Preston y el equipo de investigadores se enfrentaron a lluvias torrenciales, arenas movedizas, insectos portadores de enfermedades, jaguares y serpientes venenosas.

Sin embargo, no fue sino hasta su regreso que la tragedia los golpeó: Preston y otros descubrieron que habían contraído en las ruinas una enfermedad terrible e incurable.

Intrigante e impactante, plagada de aventuras estremecedoras y dramáticos giros de tuerca, La Ciudad Perdida del Dios Mono es el recuento verídico de uno de los grandes descubrimientos del siglo XXI.

FRAGMENTO:

…Juan Carlos y yo guardamos las mochilas en una canasta enganchada a babor del helicóptero, pues no había espacio adentro. Steve Elkins sacó su iPhone y me grabó en un video de diez segundos despidiéndome de mi esposa, Christine, porque estaría desconectado durante nueve o diez días. Era extraño pensar en lo que podría pasar antes de estar en contacto con ella otra vez. Steve prometió mandarle el video por correo al volver a Catacamas.

Justo antes de despegar tuve oportunidad de conversar con nuestro copiloto, Rolando Zuniga Bode, teniente de la Fuerza Aérea Hondureña.

—Mi abuela hablaba todo el tiempo de la Ciudad Blanca—me dijo—. Se sabía muchas historias.

—¿Qué historias?

Rolando las descartó con un ademán de la mano.

—Ya sabe, las viejas supersticiones de costumbre. Decía que los conquistadores habían encontrado la Ciudad Blanca y entrado en ella. Pero cometieron un error: recogieron flores… y murieron todos.

Se rio y meneó el dedo.

—¡No recojan flores!

Juan Carlos y yo nos pusimos el casco y nos abrochamos el cinturón de seguridad. Él estaba emocionado.

—Cuando vi por primera vez las imágenes de los edificios, las dimensiones de esas cosas… son grandes… tuve diez mil preguntas. Ahora estamos a punto de encontrar las respuestas.

Cuando despegó el helicóptero nos quedamos callados y tomamos fotos del paisaje maravillosamente verde y escarpado que se desplegaba ante nosotros.

—Ahí está Las Crucitas —dijo Juan Carlos—. Le pedí al piloto que nos trajera por aquí.

Me asomé a ver el remoto sitio arqueológico, el más grande encontrado en la Mosquitia antes de la identificación de O1 y O3. En un área abierta y cubierta de hierba pude ver una serie de montículos escarpados, estructuras de tierra y plazas situados a ambos lados del río Aner. Muchos habían especulado que ésa era la Ciudad Perdida del Dios Mono, de Morde, pero, por supuesto, ahora sabemos que él no había encontrado tal cosa: ni siquiera había entrado a esa región de la Mosquitia.

—Se parece mucho a O1, ¿no crees? —dijo Juan Carlos.

Asentí. Desde el aire se veía asombrosamente similar a las imágenes de lidar: los mismos montículos con forma de autobuses, las mismas plazas, los mismos terraplenes paralelos.

Más allá de Las Crucitas, las montañas de verdad emergían, algunas casi de kilómetro y medio de altura. Al maniobrar entre ellas los claros talados fueron desapareciendo. En cierto punto, con Rolando al timón, el helicóptero viró violentamente.

—Lo siento. Esquivé un buitre —dijo.

Al fin, la muesca reveladora de O1 emergió adelante, y en un instante la habíamos pasado y estábamos dentro del valle. Dos guacamayas planeaban debajo de nosotros mientras seguíamos el cauce del río. Pegado a la ventana, tomé fotos con mi Nikon. En pocos minutos pudimos ver la zona de aterrizaje, una franja verde regada de vegetación cortada; el helicóptero giró, bajó la velocidad y descendió. Woody estaba hincado al borde de la ZdA, haciendo señas al piloto mientras bajaba. Los árboles y matas a nuestro alrededor se agitaron con el viento de las hélices mientras descendíamos, la superficie del río se batió en espuma blanca.

Douglas Preston (Cambridge, Massachusetts, 1956) trabajó como escritor y editor para el Museo Americano de Historia Natural y dio clases de escritura en la Universidad de Princeton.

Ha escrito para el New Yorker, Natural History, National Geographic, Harper’s, Smithsonian, y el Atlantic.

Es autor de varios libros aclamados de no ficción —entre los que destaca El monstruo de Florencia— y también coautor con Lincoln Child de la exitosa serie de novelas del agente Pendergast, del FBI.

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