“La chica invisible”, Blue Jeans

En este instituto todos tienen secretos, todos parecen culpables, todos son sospechosos

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Aurora Ríos es invisible para casi todos. Los acontecimientos del pasado han hecho que se aísle del mundo y que apenas se relacione.

A sus diecisiete años, no tiene amigos y está harta de que los habitantes de aquel pueblo hablen a su espalda.

Una noche de mayo, su madre no la encuentra en casa cuando regresa del trabajo. No es lo habitual. Aurora aparece muerta a la mañana siguiente en el vestuario de su instituto, el Rubén Darío.

Tiene un golpe en la cabeza y han dejado una brújula junto a su cuerpo. ¿Quién es el responsable de aquel terrible suceso? Julia Plaza, compañera de clase de la chica invisible, está obsesionada con encontrar la respuesta.

Su gran inteligencia y su memoria prodigiosa le sirven para realizar el cubo de Rubik en cincuenta segundos o ser invencible jugando al ajedrez. Pero ¿podrá ayudar a sus padres en la resolución de aquel enigma? Su madre, Aitana, es la forense del caso y su padre, Miguel Ángel, el sargento de la Policía Judicial de la Guardia Civil encargado de la investigación. Julia, junto a su inseparable amigo Emilio, un chico muy particular con una mirada inquietante, tratará de hacer todo lo que esté en su mano para que el asesinato de Aurora Ríos no quede impune.

 ¿Conseguirán averiguar quién es el Asesino de la brújula y qué hay detrás de aquella extraña muerte?

Fragmento:

                                                               Prólogo

Viernes, 19 de mayo de 2017 Se acerca hasta su ordenador y busca un tema para escuchar mientras se cambia de ropa. Después de pensárselo durante unos segundos, selecciona Castle on the Hill, de Ed Sheeran, su artista preferido. La de veces que las canciones del británico pelirrojo la han acompañado en su adolescencia. En momentos de soledad, de gran tristeza. En días muy duros y complicados, en los que nada iba bien. Ahora, al menos, ha encontrado una razón para sonreír. Una enorme razón repleta de emociones e incertidumbres.

¿En qué momento está exactamente?

Aurora examina su armario. ¿Qué se pone? Tampoco tiene mucho donde elegir. No le vendría mal ir de compras algún día a la ciudad. En aquel pueblo apenas existen tiendas y las que hay están pasadas de moda, como su triste y gris vestuario. Finalmente, se decide por un vaquero negro, de hace un par de años, que le está bastante ajustado y una camiseta roja que le regaló su madre las Navidades pasadas. Es de una marca desconocida, pero el dinero que entra en casa no da para más. Suspira resignada y se desnuda. Baja la mirada y contempla su vientre mientras lo acaricia orgullosa.

Hace calor, algo lógico porque el mes de mayo está llegando a su fin. No disponen de aire acondicionado, solo de un ventilador que se turna con su madre. Se coloca delante del aparato y deja que el aire le dé primero en el abdomen y después se agacha para que le golpee suavemente en el rostro. Siente un alivio momentáneo. Nunca ha soportado las altas temperaturas. Prefiere el frío. Siempre ha sido así.

Una vez que se ha vestido, camina hasta el cuarto de baño. Se peina su melena castaña con un cepillo y se queja para sí misma de que el pelo no le crece todo lo rápido que le gustaría. La peluquera le mintió o no acertó con sus predicciones. Ya se lo olió cuando se vio en el espejo justo después de que le cortaran las puntas.

—Necesitabas sanearlo. No te preocupes, Aurora: en seis semanas, lo tendrás igual de largo que antes, pero mucho más bonito —le aseguró Maite, su peluquera habitual.

Y una mierda. Han pasado dos meses y medio y su cabello no ha recuperado ni la mitad de los centímetros que aquella mujer le había arrebatado con las tijeras. Su enfado fue mayúsculo, pero no se lo dijo a nadie. Ella no se queja; al menos, no en voz alta. Ha aprendido a mantener la boca cerrada. Muchas veces, mordiéndose la lengua, sellando sus labios con sangre. Simplemente, su opinión no es más que eso: una simple y estúpida opinión. ¿A quién le importa? Tal vez a una sola persona en todo el planeta Tierra. Suficiente.

Aurora abre uno de los cajones de la cómoda en la que su madre guarda el maquillaje. Necesita un pintalabios que no sea de un color demasiado intenso. No le agrada pintarse, pero aquella tarde de viernes es especial. Últimamente, el viernes es su día preferido de la semana. Así que toma prestada una barra rosa pálido y se repasa los labios con ella. A continuación, se pone rímel, que hace que destaquen más sus bonitos ojos azules. Algo de colorete para sus níveas mejillas, y se acabó la sesión de puesta a punto. Se mira al espejo 15 y chasquea la lengua. Aunque nunca se ha visto guapa, no está mal. Se conforma con lo que ve.

Antes de salir de la casa, recibe un WhatsApp.

«¿Vienes ya? No podré estar mucho tiempo. Hasta las nueve como máximo. Date prisa».

Aurora comprueba que son casi las ocho. Menos mal que solo está a cinco minutos del lugar en el que han quedado. Responde que va enseguida.

Sale a toda prisa de su casa y se dirige al instituto en el que estudia primero de bachillerato. Camina veloz, distraída. Tan ensimismada en sus pensamientos, que no ve a su vecina pese a cruzarse con ella. La señora Ofelia López, una simpática mujer que la ha visto crecer y que debe de rondar las setenta primaveras, grita para llamar su atención.

—¡Aurora! ¿Adónde vas tan ligera?

—A comprar leche, doña Ofelia —le miente. Si alguien supiera la verdad…

—¿Con los ojos y los labios pintados? ¿No te me habrás enamorao del Narciso? La chica sonríe tímida y mueve la cabeza negativamente. Narciso, el dueño de la tienda de ultramarinos del barrio, suma más de cincuenta años, está casado y tiene dos hijos gemelos de su edad a los que conoce de toda la vida, aunque hace mucho que no habla con ellos. En realidad, todos en aquel pueblo se conocen o creen conocerse. Como en cualquier lugar pequeño, los secretos y los rumores están presentes en cada familia, aunque nadie podría determinar qué es cierto y qué no.

Son cuatro calles las que recorre hasta llegar al instituto. La puerta de entrada está abierta. Algunos profesores tienen tutoría y también siguen allí los alumnos que van a clase por 16 la tarde, todos ellos mayores de dieciocho años.

Con sigilo, procurando que nadie la vea, la chica entra en el Rubén Darío, pero ignora el edificio principal y se dirige hacia la parte trasera, donde se encuentran la pista de baloncesto y la de fútbol sala.

Blue Jeans

Sevilla, España, 7 de Noviembre de 1978

Estudié en el colegio Salesiano y luego en el instituto Maese Rodrigo. Cuando terminé, hice un año de Derecho en la Facultad de Sevilla. No era lo mío y decidí emprender la aventura de cambiar de carrera y de ciudad. Con 18 años me trasladé a Madrid, donde sigo viviendo, y comencé a estudiar Periodismo en la Universidad Europea. Me licencié e hice un master en periodismo deportivo. Al mismo tiempo, intenté estudiar Filología alemana en la Complutense, sin éxito. He colaborado con algunos medios, especialmente deportivos, pero no encontré ahí mi lugar.

Durante varios años también entrené al fútbol sala a niños en Palestra Atenea. Ahora me dedico a escribir novelas y a pasarme horas y horas en las redes sociales respondiendo las preguntas de los lectores. Aunque llevo siete novelas publicadas y una más en camino, acabo de empezar en esto y tengo mucho que mejorar y aprender. Siempre con los pies en el suelo, con tranquilidad, honestidad y humildad.

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