La Cartilla Moral y el huachicol

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¿Qué puede mover a un jefe de familia a arriesgar su vida y la de sus hijos o hermanos por unos cuantos litros de gasolina robada?

¿Hasta dónde ese “pueblo bueno” del que habla el presidente de la República se ha corrompido por el abandono del Estado como guardián de las instituciones y de la seguridad pública, de forma tal que muchos ciudadanos deambulan en una especie de orfandad, sin una guía clara y prácticamente sin garantía alguna de protección legal? ¿Por qué pareciera que con el comienzo del presente siglo, el tejido social comenzó a pudrirse y se perdió en gran medida la noción del deber ser?

Todavía hasta hace poco se decía con orgullo que la institución pública más respetada del país era sin duda el Ejército. Hoy vemos que ya no es así en muchos casos. Ciudadanos de a pie, insultan y retan a los militares, cuando no, de plano llegan a agredirlos físicamente e incluso a privarlos de su libertad impidiendo que cumplan con sus labores.

Estos a su vez, se ven impedidos de defenderse o de hacer valer su autoridad pues tienen prohibido hacer uso de la fuerza aun en los casos de evidente flagrancia pues los derechos humanos de cualquier delincuente son mediáticamente más valiosos que la vida de cualquier soldado.

No se diga ya de los cuerpos policiacos de todos los órdenes, que son víctimas de la descomposición provocada por la corrupción y han perdido la más mínima respetabilidad social. Ser policía en México, es sinónimo de tranza, de “mordida”, en pocas palabras de burla a la legalidad.

Desde los inicios de su campaña electoral, Andrés Manuel López Obrador centró buena parte de su discurso político en la importancia de la lucha contra la corrupción que se ha introducido en mayor o menor nivel en prácticamente todas la estructuras de gobierno y también en el sector privado.

Como candidato habló incluso de la necesidad de expedir lo que denominó una “Constitución Moral”, al reconocer que buena parte de la sociedad en su conjunto ha perdido el respeto a los valores cívicos fundamentales indispensables para una convivencia armoniosa.

Las reacciones en contra no se hicieron esperar. Las críticas llovieron, pues ni el concepto ni sus posibles alcances quedaron claros. Los cuestionamientos saltaron. ¿Es válido que el Gobierno pretenda imponer determinados principios morales a lo gobernados en pleno siglo XXI? ¿Es cierto y objetivo que lo que para algunos es inmoral para otros puede ser perfectamente permisible? ¿Se pretende regresar acaso a los tiempos en que la autoridad civil era el brazo ejecutor de las sanciones que imponían las autoridades religiosas como la Inquisición española?

Analizando la historia reciente nos encontramos con que esta preocupación ha estado presente de manera constante cuando menos desde la época de la Presidencia del general Manuel Ávila Camacho, quien encargó a su secretario de Educación, Jaime Torres Bodet la redacción de un documento que plasmara la importancia de la vivencia de valores sociales básicos.

El resultado fue un ensayo de la autoría de don Alfonso Reyes constante de catorce capítulos o lecciones, editado por el Gobierno bajo el título de Cartilla Moral. Si bien la obra no tuvo mayor trascendencia ni uso práctico, quedó como un hito y años después fue reciclada por el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines y más recientemente por el de Ernesto Zedillo.

Ahora, la misma Cartilla Moral ha sido reimpresa y aunque en un tiraje reducido ha comenzado a ser distribuida por el Gobierno de AMLO hace apenas unos días. Si bien el estilo de su redacción pudiera percibirse un tanto anacrónico para las nuevas generaciones, es sin duda un texto valioso en su fondo y contenido. A pesar de las críticas de que ha sido objeto el actual Gobierno por volver a publicar el documento y de las resistencias y señalamientos principalmente en la redes sociales, es digno de aplauso el que las autoridades busquen recuperar la vivencia de los valores cívicos y éticos fundamentales a partir del individuo, la familia, la escuela y el trabajo.

El respeto a ley y a la autoridad, la justicia, la equidad, la verdad, la importancia del estudio y del trabajo honestos así como la solidaridad entre otros, son sin duda valores y virtudes deseables en cualquier miembro de la sociedad que debemos procurar vivir y buscar permear a todos los niveles.

Solo a partir de cambios positivos y definitivos de actitud en nosotros mismos y siendo ejemplo para quienes nos rodean, podremos exigir honestidad del Gobierno y de quienes lo integran. Nadie debe exigir lo que no está obligado a dar de forma proporcional a su propia circunstancia.

Es verdad sin duda, que el país ha padecido históricamente de una injusta desigualdad de oportunidades y de muchos otros vicios sociales, pero únicamente a partir de la recuperación de los valores cívicos es que lograremos desterrar delitos como el huachicol y tantos otros que se han llevado entre “las patas de los caballos” la vida de miles de mexicanos que pudieron haber tenido un mejor destino.

Mucho de lo mejor que deseamos para México está sin duda en nosotros mismos.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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