Klein: el artista que dio su vida por el azul

Las líneas, decía, atraviesan el espacio y los colores, en cambio, permanecen porque lo habitan. Gracias al color, decía Klein, podía realmente estar libre.

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Hace setenta años en una playa de Niza tres jóvenes decidieron, a manera de juego, repartirse el mundo. A uno correspondió el reino animal, el vegetal a otro y el mineral le tocó al tercero.

Sólo de este último tenemos noticias.

Yves Klein tenía entonces 19 años, le interesaban los Rosacruces y el karate. Sus primeras pinturas hacían coincidir campos monocromos que fue reduciendo paulatinamente al azul. El azul que podemos ver en su retrospectiva en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo. El azul mineral que parece irradiar luz y que le provocó la muerte por su alta toxicidad.

El arte de pintar para Yves Klein consistía en darle “libertad al estado primordial de la materia”.

No quería convertir su obra en una “ventana carcelaria” donde líneas, formas y contornos estuvieran determinadas por los barrotes.

No le importaban los cuadros legibles sino visibles. Quería provocar una emoción duradera.

Las líneas, decía, atraviesan el espacio y los colores, en cambio, permanecen porque lo habitan. Gracias al color, decía Klein, podía realmente estar libre.

Los famosos pinceles vivientes de sus primeras pinturas fueron mujeres desnudas que tiñeron con sus cuerpos los lienzos. Sólo el cuerpo podía habitar el espacio como la pintura.

Yves Klein se valió del humo, del aire y del fuego como agentes para llevar a cabo su trabajo plástico.

Después incursionó en el vacío, en la “sensibilidad pictórica inmaterial” que presentó en la galería Iris Clert de París. Con ella logró algo más que una experiencia estética.

Cerca de 48 horas antes de la inauguración, se encerró en la galería y la pintó de blanco. El significado de las zonas pictóricas inmateriales  extraído “de las profundidades del vacío” era de naturaleza “totalmente material”. Y como “vender esas zonas inmateriales por dinero me resultaba totalmente inaceptable, a cambio de esa inmaterialidad de la más alta calidad, empecé a exigir  un pago material de la más alta calidad: un lingote de oro puro”.

Y por increíble que parezca, vendió unos cuantos de esos estados pictóricos inmateriales. La mitad de su pago en oro lo tiró al río Sena.

Por eso escribí líneas arriba que las experiencias propuestas por Klein no sólo fueron estéticas. También fueron éticas.

¿Cuántos artistas rupturistas o conceptuales estarían dispuestos a llevar hasta el extremo sus propuestas plásticas como lo hizo Klein? ¿Damien Hirst con sus tiburones en formol? ¿Sus audacias mercadológicas, sacrificarían ya no la mitad sino la décima parte de sus ganancias?

Con el azul, Klein quería hacernos sentir nuestra identificación con el espacio, ese vacío donde reside el espíritu según su diario. Y, tal vez, lo logró.

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