El historiador de las voces sin voz

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Cuando busqué a Miguel León Portilla tenía meses de no servir el elevador de su Instituto. Tardó varios minutos en subir a su oficina. Era la mañana del 26 de agosto de 2013.

Le comenté que me asombró saber que continuaba teniendo contacto constante con el mundo indígena no sólo a través de libros y códices, sino de manera directa.

–Eso se lo debo a mi maestro Manuel Gamio cuando me dijo: “piensa no sólo en los indios muertos, piensa en los indios vivos”. Desde entonces lo hago. Es imposible no hacerlo. Además, ellos son los últimos usuarios de una lengua apasionante.

Si una lengua muere, me dice Miguel León Portilla mientras caminamos por uno de los pasillos del Instituto de Investigaciones Históricas, todos los humanos morimos en parte.

En 1956 pensar que los indios mesoamericanos tenían un pensamiento filosófico semejante al de los presocráticos griegos era una locura. Una idea extravagante y de mal gusto que sólo podría ocurrírsele quizá a Diego Rivera, quien se había empeñado en adquirir monolitos prehispánicos desesperadamente (más de 60 mil forman la colección que donó “al pueblo de México”) y en construir la que se convertiría en la última pirámide del mundo: el Anahuacalli.

Pero esa idea del pensamiento filosófico presente en los pueblos mesoamericanos era toda una tesis doctoral de un jovencísimo estudiante a quien el significado de los códices había llevado a esa conclusión: Miguel León-Portilla.

Gracias al “Seminario Permanente de la Ciencia en México”, del que forma parte, pude preguntarle cómo surgió su interés por ese tema tan poco popular aun en nuestros días.

–Yo estudiaba en Estados Unidos filosofía, a los presocráticos: a Heráclito, a Parménides, y cuando vi estos textos de Nezahualcóyotl, de Ayocuan, de Tochihuitzin, me dije ‘¡pero caray! Se parece la cosa, ¡esto es interesantísimo!’. Así publiqué como tesis La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. Muchos se rieron, creyeron que estaba loco, ‘¿cómo que los indios? Si ni piensan, cómo van a tener filosofía’; bueno, pues ese libro tiene 11 ediciones aquí en la universidad.

Está traducido al inglés, al ruso; al ruso se tradujo porque el doctor Adolfo Sánchez Vázquez le escribió a un colega de él, español exiliado en la URSS que se llamaba Burguete, y lo publicó la Academia de Ciencias de la Unión Soviética.

Hará como cinco años recibí una carta de una editorial privada rusa y me dicen ‘queremos republicar su libro’. Mi libro salió con un apéndice que pusieron los soviéticos en que situaban esto en las formas de producción, y todo eso, como tomé citas de Marx, de Lenin, de Hegel y ahí ponían a Garibay, yo le decía a él ‘mire ¡en compañía de quiénes está usted, padre!’. Les pregunté si también publicarían ese apéndice y me dijeron que no. Salieron 20 mil ejemplares de la nueva edición en ruso, y fíjese, ese libro está en tres lenguas eslavas, cosa que no es frecuente, pero está en checo, croata, ruso y polaco. También por supuesto en francés, en inglés; se ha ido abriendo camino. Hace tiempo lo querían publicar en griego, y yo dije ‘eso sí es dar machetazo a caballo de espadas’, figúrese usted, ¡a la cuna de la filosofía le vamos a enseñar quién fue Nezahualcóyotl!

Hace un par de años un par de jurados me confiaron que propusieron a Miguel León Portilla para dos premios importantes en nuestro país. A uno le dijeron los demás miembros del jurado que estaba demasiado grande para ese ajetreo. Al otro, que ya estaba muy visto.

No menciono los nombres de a quienes sí premiaron… me alegra en cambio que La Universidad de Sevilla reconociera hace unos días  a Miguel León Portilla.

El rector de esa institución, Miguel Castro Arroyo, expresó “en nombre propio y de mi universidad nuestro mayor agradecimiento al admirable profesor, al brillante historiador de las voces sin voz, al escritor sensible, al filólogo erudito y al admirable antropólogo que con generosidad y cariño ha aceptado la invitación para formar parte del nuestro claustro de doctores”.

Enhorabuena.

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