Hipatia, el crimen impune

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En el mes de marzo del año 415, en plena cuaresma, un grupo de monjes de la iglesia de San Cirilo habló con Dios. Nadie recogió ese diálogo, solo los hechos que le sucedieron y que el científico Carl Sagan sintetizó en estas líneas:

“La arrancaron del carruaje, rompieron sus vestidos y, armados con conchas marinas, la desollaron arrancándole la carne de los huesos. Sus restos fueron quemados, sus obras destruidas, su nombre olvidado”.

Lo que Carl Sagan no refiere es que a Hipatia, antes de ser desollada con filosísimas conchas de ostra, la golpearon y arrastraron por toda la ciudad de Alejandría hasta llegar al Templo Cesáreo. 

El obispo copto de Egipto, Juan de Nikio, que justificó en sus escritos la carnicería perpetrada por sus hermanos en la fe, consignó algunos detalles adicionales: después de haberle causado la muerte, la turba divina descuartizó su cuerpo y lo llevó a Cinaron, donde quemó todos sus miembros. 

El poeta Octavio Paz, gran lector de la historia del mundo antiguo, encontró algo más: la gran astrónoma y matemática de Alejandría fue violada antes de morir.

Para Ignacio Gómez de Liaño el crimen de Hipatia es un espectáculo al que no debemos acostumbrarnos a pesar de las masacres que la humanidad ha acumulado durante cientos de años; a pesar, apunto yo, del Mexico violento en el que en 10 años han sido asesinadas 23800 mujeres a causa de la violencia de género. Siete mujeres cada día. ¿Cuántas mujeres asesinadas serán necesarias para declararlas muchas, demasiadas, un número inadmisible? ¿Cuántas serán suficientes  para que los Estados emitan la “alerta de género”?

Ya sabemos que la mujer es, en la historia del mundo, el sexo de segunda, el sexo vencido. Por eso Hipatia se ha convertido en un emblema de la violencia contra las mujeres.

Pero su tragedia también es emblemática del trato a los feminicidas y a otros criminales: Cirilo de Alejandría, el terrorista que azuzaba turbas para destruir sinagogas y expulsar judíos y a todo grupo religioso que no comulgara con su credo -previo decomiso de sus bienes-, el mismo que lanzó a sus parias contra Hipatia para violarla y arrancar sus carnes con el filo de las ostras, terminó convertido en santo. 

La impunidad de entonces y de ahora, sin embargo, es la misma levadura que fermenta la tierra para regarla con sangre y cosechar calaveras.

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