Harry Potter y los fuegos fatuos de la crítica

En estos tiempos de mercado global, parece increíble que una novela sin marketing lograra que su autora pasara de ser una ciudadana inglesa que vivía de la seguridad social a convertirse en una de las mujeres más ricas del mundo.

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1997 fue un año significativo para el mundo literario. Philip Roth publicó  “Pastoral americana”, novela con la que ganó el premio Pulitzer y la National Medal of Arts y José Saramago publicó “Todos los nombres”, siendo un autor ya plenamente reconocido sobre todo por “El evangelio según Jesucristo”. No es una casualidad que un año después le otorgaran a Saramago el Premio Nobel de Literatura.

Pero también habremos de recordar ese año porque se publicó un libro que había sido rechazado por una docena de editores. Era el primer libro que había  escrito  una madre soltera, que ante la penuria y el desgaste emocional de una relación fallida había pensado en el suicidio.

“Harry Potter y la piedra filosofal” ni siquiera apareció firmado con su nombre, Joanne Rowling, sino con el enigmático J. K. Rowling.

Según sus editores, no convenía que identificaran que la novela había sido escrita por una mujer. Se tiraron mil ejemplares bajo el sello de la pequeña editorial inglesa Bloombury por la que su autora recibió un pago de 1500 libras esterlinas.

Así empezó la saga editorial  y literaria de Harry Potter, cuya autora ya logró que ese pequeño mago y sus amigos ingresaran a ese selecto grupo de inmortales donde permanecen personajes como Alicia, El principito, o los que dan vida a esa arquitectura fantástica de “El señor de los anillos”.

En estos tiempos de mercado global, parece increíble que una novela sin marketing lograra que su autora pasara de ser una ciudadana inglesa que vivía de la seguridad social a convertirse en una de las mujeres más ricas del mundo.

También sorprende que una amateur sin más estímulos que las muchas lecturas, la fantasía y las ganas de contar, se convirtiera en una de las más grandes promotoras de la lectura de la última centuria y en una de las escritoras que con más eficacia han fijado la tradición literaria en las últimas décadas.

En literatura nada viene de nada, todo es hijo de la tradición, de la continuidad aunque aveces se disfrace de ruptura.

Sus libros sin imágenes, con un grosor que los promotores profesionales de la lectura no recomiendan y con un lenguaje lleno de arcaísmos, tampoco recomendables por la academia para iniciar a los niños en el hábito de la lectura, nos mostraron que el uso clásico de la prosa y la gana de contar es suficiente para disparar la imaginación del lector y poner a trabajar su memoria.

Conocidos académicos han lanzado en vano sus invectivas contra esta saga. Harold Bloom, que ha recurrido al marketing para vender los libros de su saga “El Valle de Josafat” (donde con un dedo flamígero separa a los puros de los réprobos), puede estar seguro que la saga de Harry Potter, iniciada por una escritora sin credenciales avaladas por la Academia, seguirá siendo leída  por varias generaciones.

Bloom también puede estar seguro que los engranes de la Academia que premian y castigan por currículum, puntos y escalafones serán fieles a sus textos hasta su último día. Después, serán lo de menos.

Existen buenos libros. Lo demás es literatura.

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