Hacia el ocaso del acoso

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El día de ayer 25 de febrero, se celebró en todo el mundo el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres.

Más allá del color anaranjado, con el que se identifica este llamado a la consciencia mundial sobre la importancia del respeto a la dignidad de las mujeres de todas las razas, religiones, condiciones sociales o niveles económicos, -y que en los tiempos electorales que vivimos en México su utilización masiva podría interpretarse como una violación a las normas que rigen las intercampañas por aquello del “movimiento naranja”-, el hecho mismo de que en pleno siglo XXI exista una conmemoración de esta naturaleza, habla de lo poco que el mundo ha avanzado en términos de igualdad y del respeto pleno a los derechos de los seres humanos de uno y otros sexos.

Desde el tráfico de personas que sigue practicándose con fines de explotación sexual en muchas partes del orbe, pasando por los rituales de ablación, mediante los cuales miles de niñas y adolescentes son mutiladas en sus áreas genitales principalmente en Africa y Medio Oriente; la subsistente y anacrónica obligación de que por razones religiosas deban cubrir en público su rostro y prácticamente todo su cuerpo;  la falta de oportunidades de estudio y de trabajo que siguen padeciendo quienes integran el mal llamado “sexo débil”, quienes siguen percibiendo salarios por debajo de la media de los que reciben sus colegas varones, hasta las denuncias por acoso sexual que últimamente han ocupado las páginas de los principales medios de comunicación, tratándose de víctimas famosas del medio artístico, los ejemplos se cuentan por docenas y todos son lamentables.

En todas las escuelas del mundo, debiera desde los primeros años, transmitirse los conocimientos y valores éticos y sociales fundamentales para que todos los niños tengan claro desde su más tierna infancia, que no obstante las diferencias naturales que identifican tanto a uno como a otro género y que enriquecen a la raza humana, tratándose de dignidad y de respeto, dichas diferencias no aplican, y que todos, mujeres y hombres por igual, merecemos las mismas consideraciones, oportunidades y cuidados.

Durante siglos, las mujeres han sido abusadas en prácticamente todo el mundo y bajo los más diversos enfoques culturales y religiosos. Hace menos de un siglo que los países democráticos les reconocieron el derecho a votar y hasta hace poco más de cien años no se les brindaba la posibilidad de realizar estudios universitarios o de trabajar fuera del ámbito doméstico.

Por fortuna, todo eso ha ido cambiando en gran parte del mundo y tales aberraciones han ido desapareciendo poco a poco, aunque aún subsisten hoy en día países árabes en donde las mujeres no pueden salir de su casa si no lo hacen acompañadas de su marido, padre o hermano y se les impide conducir un automóvil.

En esta tesitura, durante las últimas semanas los medios de varios países se han ocupado de un tema recurrente alrededor de personajes del ambiente artístico principalmente de Hollywood, aunque cada vez se conocen más casos de otros lugares.

Me refiero a los señalamientos de acoso y de abusos sexuales que varias actrices norteamericanas habrían sufrido de parte del productor Harvey Weinstein, entre otros altos personajes del mundo de la farándula y que dieron lugar al movimiento #METOO.

En México, el escándalo más sonado en los últimos días ha sido la acusación que la joven actriz Karla Souza hizo pública en contra del director Gustavo Loza, quien presuntamente la habría violado en la época en que ella trabajaba bajo sus órdenes en la filmación de una película.

Ciertamente es digno de aplauso y de reconocimiento el que estas mujeres hayan reunido el valor para denunciar los abusos de que puedan haber sido víctimas, pero en el febril ámbito de las redes sociales han surgido también cuestionamientos que llevan a dudar de la veracidad de algunas de estas acusaciones, pues la mayoría de ellas se dan en contextos muy posteriores al tiempo en que presuntamente habrían sucedido los hechos.

¿Por qué esperar tanto tiempo para hablar públicamente sobre tan lamentables acontecimientos y no acudir en tiempo y forma a las autoridades para que se siguieran los procedimientos legales y las investigaciones que en cada caso hubieran procedido?

Desde luego puede hablarse de miedo y de aquello que en nuestra época universitaria, los estudiantes de Derecho conocíamos como “temor reverencial”, pero en casi todos los casos, las presuntas víctimas son personas con un nivel preparación, recursos y relaciones, que llevan a pensar que sus declaraciones distan de ser totalmente objetivas y auténticas.

Lo anterior, no supone de ninguna forma pretender ejercer una defensa de los posibles victimarios, pero si un llamado a la objetividad y la verdad. El despecho, los resentimientos emocionales y los deseos de venganza nunca son tampoco buenos consejeros.

La concepción social y jurídica del acoso sexual varía indudablemente de una sociedad y de una cultura a otra. Lo que en México puede ser una manifestación de afecto, (el abrazo y el beso tan nuestros al saludar o despedirnos), puede ser una ofensa grave en otros lugares. Qué decir del piropo, -cada vez más en desuso-, o de alguna otra manifestación de coquetería o intención de cortejar. ¿Existen entonces límites claros, o cada situación es distinta?

La libertad de que gozan hoy, por fortuna la mayoría de las mujeres, por lo menos en gran parte del mundo occidental, puede ciertamente generar confusiones, pues ellas pueden libremente ejercer su sexualidad, vestirse y manifestarse como quieran, sin que por ello deban de generarse prejuicios en su contra, pero lo anterior también puede prestarse a confusiones y equívocos que, al provenir de sus contrapartes masculinos no necesariamente deban interpretarse como actos de hostigamiento.

La línea entre lo uno y lo otro es demasiado delgada aunque desde luego, la larga historia de abusos a lo largo de todos los tiempos pueda conceder a las posibles víctimas el beneficio de la duda.

Por lo pronto conviene hacer un par de sugerencias. Si usted es hombre procure guardar su distancia y no dé ningún paso en falso si no está dispuesto a correr el riesgo de ser identificado como un abusador.

Si por el contrario es mujer, ejerza su libertad sexual plenamente pero no lance señales en falso que puedan ser mal interpretadas por un idiota de aquellos que se dejan gobernar por sus ímpetus hormonales y si de alguna forma percibe indicios  de que puede llegar a ser una posible víctima, no dude en marcar un alto y denunciar los hechos a la brevedad, compártalo sin ninguna vergüenza con gente de su entorno de mayor confianza  y ponga también espacio de por medio.

Busquemos pues llegar al punto del ocaso del acoso y que ¡Viva la libertad!

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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