Fascismo y populismo

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“Que buen vasallo sería, si tuviese buen señor”. Cantar del Mio Cid.

Dice el  bloguero socialista español Josué Iñiguez Ollero, que la sociedad actual vive adormilada ante una clase dirigente, (política, empresarial, sindical, social…), mediocre instalada en las viejas fórmulas incapaz de hacer frente a un mundo global que cambia a velocidad vertiginosa. Esta incapacidad hunde sus raíces en la comodidad de los status quo preestablecidos y en la negación permanente de la responsabilidad de nuestro presente.

Iñiguez tiene razón. En cierta forma nos hemos vuelto una sociedad gravemente indiferente respecto del acontecer tanto nacional como internacional, mientras no ocurran sucesos que nos afecten en forma directa y especialmente a nuestra persona o la de los nuestros. Entonces sí nos atrevemos a alzar la voz, pero en lo general solemos fingir una participación que expresamos en las redes sociales desde la comodidad de nuestras tablets o teléfonos inteligentes, pero poco hacemos en función de una actividad que realmente busque cambiar nuestro entorno de manera sustantiva para el bien colectivo.

Y no es para menos, estamos hartos de escuchar promesas incumplidas y discursos insulsos en los que prácticamente todos ofrecen lo mismo: mayor seguridad, más empleo, mejores servicios públicos, mayores salarios.

Las bases de nuestro pueblo, por desgracia aún mayoritariamente pobres, ignorantes y manipulables, se dejan llevar a las concentraciones políticas, sin saber realmente a quién apoyan con su presencia, a cambio de una torta y un refresco, y comprometen su voto por un par de sacos de cemento, un ciento de ladrillos o un par de láminas que les sirvan de techo o la mera esperanza de que la llegada de algún iluminado los hará salir de su histórica postración. 

Todos los políticos de todos los partidos y aun los que dicen no pertenecer a ninguno, prometen lo mismo y aseguran tener en exclusiva, la fórmula mágica que les permitirá garantizar la solución.

Los ciudadanos sabemos, sin embargo, que al llegar al poder ninguno cumplirá sus compromisos o lo harán de manera tal, que sus acciones tenderán principalmente a beneficiarlos a ellos mismos, a los incondicionales que forman su primer círculo o a aquellos que los eligieron, no por el voto sino por el poder de su dedo.

¿Para qué entonces preocuparnos si estamos conscientes de que en el fondo nada distinto va a suceder y poco, muy poco va a cambiar para bien o a mejorar?

Igual que en la Edad Media, quienes integren la corte de los poderosos serán quienes gocen del favor de los mismos.

Sin embargo, más allá de esta aparente indiferencia, la desilusión de los políticos como constante a través de las últimas décadas, ha provocado un efecto aún peor: El miedo colectivo. Un sentido de crisis, inseguridad económica y las amenazas de terror o de inestabilidad social son las causas declaradas de un clima de miedo que tiende a generalizarse.

Según nos recuerda Rob Riemen en su más reciente libro “Para Combatir Esta Era. Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo”, cuando el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt asumió el poder en 1933 y la humanidad se enfrentaba al monstruo del fascismo que emergía en Europa, sabía lo que decía cuando declaró: “De lo único que debemos tener miedo es del miedo mismo”. Era consciente de que las sociedades dominadas por el miedo son sensibles a las falsas promesas de los líderes autocráticos, que se consideran a sí mismos infalibles y provistos de un halo de virtud que raya en la infalibilidad y es incapaz de aceptar la crítica.

Ante ese miedo colectivo, la mayoría de las personas encuentran cobijo en las promesas del populismo, sin darse cuenta que debajo de éstas subyace el peligro del resurgimiento del fascismo.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, -nos recuerda Riemen-, tanto Albert Camus como Thomas Mann asumieron que a pesar del aparente triunfo, el bacilo del fascismo permanecería vivo y virulento en el cuerpo de la democracia de masas, y el fascismo no es un reto sino un problema mayor que inevitablemente conduce al despotismo y a la violencia.

Tanto Mussolini como Hitler representaron la politización de una mentalidad que había empezado a desarrollarse en el escenario europeo, mucho antes de que ellos llegaran al poder.

Lo que ambos supieron capitalizar a su favor, fue el miedo colectivo a la incertidumbre, el sentimiento de humillación y de engaño padecido por generaciones, que los llevó a gobernar sus países sobre bases y principios democráticos, que luego ellos mismos se ocuparon de quitar de en medio para pretender perpetuarse en la cima. Si bien en principio sellaron sus promesas bajo aparentes triunfos, como ahora pretende hacer Trump en los Estados Unidos, pronto dejaron ver su verdadera identidad bajo la forma de la represión y el autoritarismo.

En el México de la actualidad no estamos exentos de ese riesgo, el canto de la sirenas bajo la forma de promesas insustanciales puede llevar al naufragio de nuestra apenas emergente democracia.

Si a eso sumamos la pérdida y el descuido de los valores humanistas esenciales el peligro es aún mayor. Aunque la serpiente se disfrace bajo la piel de un pretendido rescate de dichos valores. Imposible de creer de alguien que ha cambiado tantas veces de piel y que se codea, lo mismo con personajes respetables y reconocidos que con bichos de la peor ralea y pretende para todos igual reconocimiento sin distinguir orígenes ni trayectorias.

Al igual que en 1848 el Manifiesto de Marx y Engels anunciaba la presencia del fantasma del comunismo que recorría Europa, hoy un fantasma similar recorre el mundo de izquierda a derecha y también en sentido inverso: el del populismo fascista.

Pero no nos dejemos llevar por el pesimismo, si ponemos cuidado aún estamos a tiempo, como Ulises, de no caer en las manos de las hijas de Calíope.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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JOSE EUGENIO CASTAÑEDA ESCOBEDO LICENCIADO EN DERECHO POR LA UNIVERSIDAD PANAMERICANA DE LA CDMX PROFESOR DE DERECHO CIVIL Y MERCANTIL DESDE HACE 25 AÑOS. NOTARIO PUBLICO 211 DEL DISTRITO FEDERAL DESDE 1994. COLABORADOR EDITORIAL DE EL MAÑANERO DEL 2004 AL 2010 COLABORADOR EDITORIAL DEL PERIODICO EL FINANCIERO DE 2006 AL 2014