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“Quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra”. Evangelio de San Juan 8:1-7

La violación a la intimidad es sin lugar a dudas, una forma de violencia y de agresión, en muchos sentidos a algo de lo más sagrado que tenemos los seres humanos, nuestra vida privada. No obstante ello, el morbo, -en cuanto significa lo atractivo que puede resultar lo prohibido-, es casi parte de nuestra naturaleza.

A un gran número de personas les encanta enterarse de lo que sucede a las demás, pero lo que les resulta más importante con frecuencia, es la capacidad de reservarse o no la información que obtienen.

Lo más valioso de poseer datos sensibles sobre alguien más -en mayor medida si ese conocimiento se refiere a algo secreto o vergonzoso-, es la posibilidad de transmitirlo y la opción de reservarlo para uno mismo.

Muchos novios o esposos espían los teléfonos de sus parejas y viceversa, averiguan las claves de sus correos electrónicos para conocer su contenido y muchos más entran constantemente a revisar los perfiles de Facebook de sus conocidos con la impulsión obsesiva de saber que ocurre en la vida privada de sus ex maridos, ex amantes, enemigos actuales o potenciales o de sus rivales amorosos y ese conocimiento lo utilizan con frecuencia como prueba para ponerlos en evidencia frente a los demás.

A mayor abundamiento y riesgo, la tecnología actual nos expone constantemente al peligro de que cualquier detalle de nuestro diario devenir se haga público. En todo momento podemos ser fotografiados en una circunstancia incómoda o acompañados de la persona incorrecta y en cuestión de segundos nuestra imagen volar por las redes sociales colocándonos en una situación de compromiso de la que se esperará una explicación razonable. La extorsión, por otro lado, es una de las derivaciones más frecuentes del espionaje.

Siempre lo hemos sabido, “el que tiene la información, tiene el poder”.  Desde los círculos familiares más estrechos, pasando por los chismes de vecindad y de oficina, las circunstancias buenas o malas por las que pasan nuestros competidores en el ámbito profesional y de ahí, hasta lo que acontece en el mundo del espectáculo, de las finanzas y desde luego en la política tanto a nivel local, como en los ámbitos nacional e internacional.

La filtración de la denominada “información privilegiada” puede hacer que una moneda se devalúe estrepitosamente, como ocurrió en el sexenio de López Portillo, cuando unos cuantos se enteraron de la inminente estatización de la banca y trasladaron sus capitales al exterior, con la consecuente crisis que sobrevino días después.

Algo similar sucede cuando fracasa alguna operación de inteligencia policiaca o militar. A través del espionaje lo mismo puede prevenirse una guerra que hacerla estallar o darle al delincuente más buscado la posibilidad de escapar a ser atrapado.

En el ámbito periodístico, espiar es parte de la esencia del trabajo. Para armar un buen artículo, un reportero que se precie, no puede conformarse con las notas emanadas de las agencias noticiosas.

Es indispensable recurrir a fuentes confiables, muchas veces anónimas, y hacerse -con frecuencia de forma ilegal- de testimonios, documentos y grabaciones que prueben la credibilidad de sus investigaciones y desde luego pongan en evidencia a quienes sean el objetivo de éstas. De esa forma se han filtrado infinidad de conversaciones telefónicas, de imágenes y de videos y se han hecho públicos actos que después han derivado en escándalos sociales o políticos.

El poder de la prensa y el valor de los informantes secretos es cada vez mayor, a Richard Nixon le costó en 1974 la presidencia del país más poderoso del mundo.

La semana pasada, como todos sabemos, el periódico estadounidense The New York Times publicó un amplio reportaje sobre el espionaje al que habrían sido sometidos diversos líderes de opinión en México a través de un malware introducido subrepticiamente en los teléfonos celulares de las víctimas.

La noticia ha provocado indignación, escándalo y preocupación, pues todo apunta a que el responsable de ello sería alguna institución del gobierno mexicano, aunque éste lo ha negado buscando minimizar el problema.

El espionaje habría estado dirigido tanto a periodistas y defensores de derechos humanos como a investigadores en temas anticorrupción. Mucho se ha escrito en los últimos días y desde luego el tema es preocupante pues resulta atentatorio de la libertad de expresión y de la garantía de la inviolabilidad de las comunicaciones privadas consagrada en el artículo 16 de la Constitución Federal.

Sin embargo, no deja de llamar mi atención el revuelo que el tema ha causado. Sin que nada pueda justificar el hecho en sí mismo, las personas afectadas no deberían sentirse sorprendidas por lo ocurrido.

Es evidente que la información que manejan es sensible para el gobierno en muchas ocasiones de tal relevancia, que tiene un alto valor muy especialmente para las dependencias encargadas de labores de inteligencia y de la seguridad interior del país. También es trascendente lo que estos personajes puedan saber o pretender hacer público sobre temas estratégicos, así como en relación con sus contactos en el mismo gobierno, en los partidos políticos y los acuerdos que puedan darse entre sus dirigentes.

Pero no es menos claro que las presuntas víctimas también disfrutan con morbo al enterarse del acontecer más íntimo de aquellos que ahora señalan como autores del espionaje y que salivan de gusto cuando les encuentran algún nuevo secreto potencialmente publicable. En el fondo, son valores entendidos o en este caso antivalores, pero que forman parte de las reglas del juego. Ya lo dice por ahí un antiguo refrán popular: “Quien con niños se acuesta mojado se levanta”.

Siendo totalmente objetivos hay que reconocerlo, todos los gobiernos del mundo espían en secreto a quienes consideran que pueden comprometer su seguridad y tranquilidad. En el ámbito internacional el espionaje es labor cotidiana de las agencias de inteligencia y de los representantes diplomáticos cuya principal función es informar a sus gobiernos sobre el acontecer cotidiano de los países en donde se hayan destacado y especialmente de aquello que pueda afectar sus intereses.

Los periodistas a su vez hacen lo propio para poder informar a la opinión pública, pero también hay que decirlo en muchos casos obedeciendo a intereses particulares o de grupo. Al hacerlo, tanto unos como otros buscan siempre una justificación, aunque las más veces no lo reconozcan o intenten soslayar la importancia del hecho, como ha ocurrió en esta ocasión. En el caso del periodismo las premisas máximas a proteger son el derecho a la información y la libertad de expresión.

La pregunta entonces salta en el aire ¿espiar o no espiar? No tengo duda, el espionaje es una práctica arriesgada y nadie que lleve una vida honorable debiera ser víctima de él, pero le da una gran dosis de sazón a la información y cuando se realiza justificadamente y dentro del marco legal puede incluso salvar vidas y evitar desgracias.

Si queremos esquivarlo hay que cuidar lo que hacemos, decimos, hablamos y con quien nos juntamos, sin olvidar desde luego cambiar con frecuencia nuestro teléfono celular.

Aquí nos vemos, yo voy Derecho…

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