Escenas de nuestros desperfectos

Por motivos profesionales pero también afectivos, la semana pasada fui por allá. Apenas iba llegando por la carretera que también conduce a Apizaco –a unos metros del cuartel militar que está situado a las afueras de la ciudad de Tlaxcala-, cuando escuché un sonido que me recordó al del maíz tostado.

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EL DESFILE

Aunque los datos dicen que los homicidios aumentaron antes de las elecciones para gobernador, la verdad es que Tlaxcala no aparece entre los estados más violentos de México. No en el sentido de la violencia física. Por el contrario, la capital de esa pequeña entidad de la República es reconocida por su ambiente apacible y por la calidez de quienes le dan vida. Es uno de esos lugares que se visitan con una sincera sensación de paz y alegría.

Por motivos profesionales pero también afectivos, la semana pasada fui por allá. Apenas iba llegando por la carretera que también conduce a Apizaco –a unos metros del cuartel militar que está situado a las afueras de la ciudad de Tlaxcala-, cuando escuché un sonido que me recordó al del maíz tostado.

Una camioneta de carga color blanco huía a una velocidad inverosímil de la persecución de ocho o nueve patrullas. La caja del vehículo humeaba de modo ostensible –supongo que algo se estaba quemando dentro de ella- mientras los policías tiraban a discreción: sólo entonces cobré conciencia de que las palomitas eran balazos y que yo me encontraba literalmente a tiro de piedra. Me aparté lo más pronto posible y seguí mi camino.

Al entrar a la ciudad encontré bloqueado el acceso hacia el centro. Estresado por la escena que acababa de presenciar, lo primero que me vino a la mente fue la posibilidad de que la violencia se hubiese originado en la zona urbana. Me imaginé que escucharía nuevos sonidos de palomitas en explosión y consideré mis opciones de huida.

Pero se trataba de algo completamente distinto: en la plaza de la Constitución había un desfile de estudiantes de secundarias públicas. Supongo que algo tendría que ver con la visita que ese mismo día hicieron los secretarios de Educación Pública y de Salud del gobierno federal para inaugurar un programa oficial.

Ya reunido con mi anfitrión, nos resignamos a presenciar el paso de los muchachos mientras se abrían las calles que nos llevarían al lugar previsto para encontrarnos con nuestros colegas.

Pero entonces caímos en cuenta del verdadero origen de la violencia que acababa de padecer o, mejor, de las otras violencias que explican el círculo vicioso del que no logramos salir: la mayor parte de esos niños que caminaban forzados por sus maestros se veía mal. Mal alimentados y mal vestidos.

Los uniformes que portaban les quedaban muy grandes o muy chicos, casi todos sucios y algunos descosidos o de plano hechos garras. Lo mismo que sus zapatos, que a duras penas los cubrían de tocar piso.

Imaginamos que se habrían puesto lo mejor del armario para la gala, a sabiendas de que en el armario no habría nada mejor que esos uniformes. Muchachos al fin, desfilaban sin embargo entre bromas y risotadas, como dándose ánimos para pasar por el trago amargo de su exhibición de disciplina y pobreza.

Asumo que no estaban conscientes del espectáculo de marginación que ofrecían, porque a pesar de todo caminaban con una dignidad sobrecogedora. Sobre todo, quienes formaban la avanzada de las escoltas.

¿Qué futuro les espera a esos estudiantes? ¿Será posible que la educación que les estamos brindando logre sobreponerse a su origen para sacarlos del abismo al que hoy están condenados?

Si nos atenemos a las estadísticas disponibles, la respuesta es negativa para la gran mayoría: solo uno de cada diez llegará a la educación superior y solo uno entre cien conseguirá obtener un posgrado.

El resto, heredará a sus hijos la pobreza que a su vez les entregaron sus padres. No por falta de talentos ni ganas, sino por la reiteración de las condiciones que siguen fragmentando a la sociedad mexicana de la cuna a la tumba. Por mi parte, pensé que, muy probablemente, quienes habían robado la camioneta que pasó junto a mí, también habrían desfilado alguna vez por las calles llevando a cuestas su pobreza como estandarte de un futuro imposible.

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