Escenas de nuestros desperfectos

Cuando llegué al mostrador de Aeroméxico faltaban cincuenta minutos para la salida. Corrí hasta la ventanilla destinada a atender a los clientes de vuelos próximos a cerrar, donde una funcionaria sobreentrenada me preguntó: “¿A qué hora sale su vuelo?”.

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EL VUELO

Salí con toda anticipación hacia el aeropuerto de la CDMX, para tomar el vuelo oportunamente. Sin embargo, el tráfico del Viaducto me preocupó: parecía un día de trabajo habitual en el que circular por esa vía estrecha –a la que alguna vez se le añadió un carril con pintura blanca— reclama algo más que paciencia. Aun así, todavía tenía tiempo sobrado.

Al subir por el puente que comunica a la Terminal 2, mi angustia se incrementó. La circulación estaba prácticamente parada, debido al absurdo diseño de la glorieta que antecede a la entrada de ese edificio, donde los coches que salen bloquean a los que buscan entrar. Además, nadie cede un milímetro, de modo que llegar hasta la puerta de acceso me tomó media hora más.

Cuando llegué al mostrador de Aeroméxico faltaban cincuenta minutos para la salida. Corrí hasta la ventanilla destinada a atender a los clientes de vuelos próximos a cerrar, donde una funcionaria sobreentrenada me preguntó: “¿A qué hora sale su vuelo?”. “A las 19:50, señorita”. “Los vuelos cierran una hora antes de su salida –me espetó–. Ya no puedo hacer nada. Si gusta, puede pasar al mostrador de ventas para comprar otro”.

Le rogué que al menos buscara en la pantalla si cabía la posibilidad de intentarlo. Y tras cinco minutos más de estira y afloja, cedió: “Le voy a dar un pase de abordar condicionado, sin responsabilidad alguna para la empresa. Pero le advierto que, si pierde el vuelo, también perderá su dinero”. Tomé el pase como maná y corrí otra vez.

Al pasar por la zona de acceso a las salas encontré otro atolladero.

Los empleados encargados de revisar equipajes actuaban en cámara lenta, como si quisieran evitar que los viajeros llegaran con bien a su destino. Tras la revisión mi maleta fue retenida. Llevaba conmigo una botella de loción y una espuma para afeitar que rebasaban el límite de 100 ml. Sin más trámite, los empleados fueron directamente a esos frascos: “Esto no puede pasar –me dijeron–”. “De acuerdo –respondí—esperaba documentar mi equipaje y llegué tarde. ¿Me puede dar un recibo para recoger mis cosas después?”. “No. Las cosas que se quedan aquí se tiran a la basura. Si quiere, puede salir a documentarlas”. “¿Van a tirar a la basura una loción que me costó más de mil pesos?”. “Sí. Pero si quiere, puede salir a documentarla”. Por supuesto, se quedaron con mi loción y con mi espuma para afeitar.

Corrí finalmente hasta la sala de abordar que indicaban las pantallas del aeropuerto, para descubrir que el vuelo estaba demorado una hora. Una información que, supongo, tenía a su alcance la severa señorita del mostrador que me entregó el pase condicionado y que se negó a documentar mi equipaje.

Obstinado, pregunté al personal de la aerolínea si podía volver para recuperar mi loción. “Ya no es posible señor. No le pueden dar otro pase porque el vuelo ya está cerrado”. “¿Pero cómo va estar cerrado, si falta una hora para salir?”. “Lo siento señor. Los pasajeros deben esperar aquí, pues en cualquier momento podría cambiar la hora de la salida. Además, nosotros no tenemos nada que ver con la revisión de los equipajes”.

Resignado, caminé por los pasillos de la terminal hasta una tienda donde vendían el mismo frasco que me fue arrebatado. “¿Puedo llevar esta loción en mi equipaje de mano? –pregunté a la persona que me atendía—“. “Por supuesto, señor”. “Pero tiene más de 100 ml. ¿No importa?”. “No señor. ¿Quiere comprarla?”. La compré y le eché a mi maleta, mientras me preguntaba de qué magnitud será el negocio del robo legalizado de objetos que sucede todos los días en el aeropuerto y cuánto tocará a los empleados de las ventanillas que contribuyen a acrecentarlo con su eficaz negligencia. Tuve tiempo sobrado para pensar en el tema, pues el vuelo salió, finalmente, dos horas después de lo programado.

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