Escenas de nuestros desperfectos

Cuando dieron las doce de la mañana del día señalado, comenzaron a sospechar que algo no estaba bien. Telefonearon entonces a la empresa elegida: “¿Señorita, a qué hora llegan las personas que van a empacar nuestras cosas?”.

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LA MUDANZA

Una vez tomada la decisión de cambiarse, decidieron hacerlo con la mayor eficiencia. Así que llamaron a una compañía de mudanzas –la legendaria Mym- cuya publicidad ofrecía un trabajo impecable de empaque, traslado y descarga, y la promesa de una instalación completa en el nuevo departamento. Quedó pactada la fecha: exactamente veinticuatro horas antes de que venciera el contrato anterior, para conjurar el riesgo de verse obligados a pagar otro mes de renta.

Cuando dieron las doce de la mañana del día señalado, comenzaron a sospechar que algo no estaba bien. Telefonearon entonces a la empresa elegida: “¿Señorita, a qué hora llegan las personas que van a empacar nuestras cosas?”. “No lo tenemos programado para hoy –respondió una voz burocrática-. Hemos tenido mucha demanda. Pero podemos enviarlos el próximo lunes, si le parece”. “¡Pero si estaba todo arreglado y ya pagamos el cincuenta por ciento! –alegaron, con una mezcla de impotencia, angustia e ira”. “Entiendo, pero la política de la empresa es que las fechas son tentativas en función de la demanda. Como tal, no puedo hacer nada. Si le parece, el próximo lunes le envío a los empacadores”.

Dedicaron las siguientes seis horas a hacer llamadas y enviar papeles a la Profeco y a localizar, por todos los medios que tenían a su alcance, a los directivos de la empresa incumplida. Contra todo pronóstico, hacia las cinco de la tarde una funcionaria de aquella institución pública –Nelly Santiago- ya había intervenido para iniciar un proceso de conciliación. Solo entonces el Señor Mudanzas atendió la vigésimo quinta llamada y se comprometió a arreglar el desaguisado en las primeras horas del día siguiente. El movimiento llegaría tarde y sería mucho más complicado, pero habría mudanza.

Un mes antes, habían solicitado el cambio de domicilio de su teléfono en las oficinas de Telmex. La fecha pactada era el siguiente al de la mudanza. Aplazada veinticuatro horas, los trabajadores de esa empresa llegaron puntuales, mientras los muebles y las cajas se amontonaban en la nueva vivienda. Tras presentarse, desaparecieron un par de horas, alegando que estaban revisando el acceso de los cables de banda ancha y después decretaron: “No se puede hacer el cambio. Faltan conectores. Tiene que volver a las oficinas de Telmex para hacer otra vez el trámite. Pero si le urge, aquí podemos ayudarle”. “¿Ayudarme? ¿Cómo?”. “Con tres mil pesos le conseguimos los conectores y le dejamos instalados los cables. Eso sí, si además quiere entradas para el teléfono e instalar su módem, eso se cobra por fuera, pero yo también se lo puedo arreglar”. “Pero eso forma parte del contrato –le respondieron al sujeto que decía llamarse Giovani-. Solo pedimos cambio de domicilio de los servicios que ya teníamos”. “Pues ya le digo: así no se puede. Inténtelo en las oficinas de Telmex, pero ellos no trabajan en campo. Los que arreglamos esto somos nosotros”. Por supuesto, se negaron a la extorsión, se quedaron sin teléfono y se obligaron a la denuncia. Pero eso vendría después.

Finalmente llegó Sky. Pero el personal que iba instalar los aparatos no tenía autorización para poner la antena. Así que comenzó otra negociación telefónica: había que obtener autorización para que el trabajo se hiciera completo en ese momento. Dos horas de intercambios –mientras los muebles seguían moviéndose y las paredes del departamento ganaban rayones-, que desembocaron en el pago adicional de once metros de cables, imposibles de verificar y sin recibo fiscal.

Pese a todo, la mudanza concluyó con éxito. Dos días después de lo planeado, sin teléfono ni Internet y con muchos más gastos de los previstos. Pero concluyó, también, con la evidencia palpable de que la corrupción no solo es cosa del gobierno. Aquí nadie se salva: los mexicanos nos hemos vuelto depredadores de nuestra propia existencia.

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