Escenas de nuestros desperfectos

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UN TAMBO DE PINTURA AMARILLA

Era uno de esos días –como todos los días—en los que el Periférico Sur de la Ciudad de México se convierte en un estacionamiento.

Cerca de la salida a Xochimilco, a vuelta de rueda, una camioneta pickup con sellos del Gobierno de la Ciudad de México circulaba aún más despacio que el resto de los vehículos y entretenía a quienes pasaban a su lado.

Cuando tocó mi turno de acercarme al vehículo que tenía pinta de ser oficial, quienes ocupaban la caja de carga me interpelaron, a gritos: “¿No le interesa pintar su casa? ¿No quiere comprarnos pintura amarilla a mitad de precio?”.

La escena era inverosímil.

“¿Cuál es el precio?” –les respondí, mientras avanzaba a cinco kilómetros por hora-.

“Ocho mil por el tambo de 200 –dijeron ellos-, pero si prefiere por litro, aquí se la pesamos”.

Volví a pensar que estaban de broma.

Una camioneta de carga del Gobierno de la Ciudad vendiendo un tambo de pintura amarilla entre quienes conducíamos por el Periférico, tenía que ser un montaje. Así que retobé:

“¿Esto es en serio? ¿Venden la pintura que traen ahí? ¿No es la pintura que usa el Gobierno?”.

“Ya no –contestaron-. Sobró y la estamos vendiendo. Si no, se la van a llevar a sus ranchos. Ándele, anímese”.

No tenía la más mínima intención de comprar pintura amarilla y, mucho menos, puesta a la venta de manera ilegal a la mitad del Periférico Sur. Así que decliné la oferta al mismo tiempo que mi carril avanzaba unos metros para dejar sitio al siguiente cliente potencial de quienes parecían trabajadores de la Ciudad.

Todavía titubeo sobre la clasificación que merece esa escena: si fue surrealismo, digno de André Breton; hiperrealismo en el estilo brutal de Bukowski; o realismo mágico, digno de nuestras tierras pero probablemente agresivo para mi predilecto García Márquez.

Quizás los trabajadores de la Ciudad hicieron un uso óptimo de la dotación de pintura que les entregaron para dignificar algunas banquetas y,  tras cumplir con su cometido, les sobraron algunos tambos. Quizás consideraron por experiencias previas que, en efecto, esos sobrantes jamás volverían al patrimonio de la Ciudad. Y quizás acordaron que sería más justo obtener alguna ventaja para sí mismos, vendiendo ese resto antes de volver a rendir cuentas a la oficina. Lo que era surrealista era la forma de cometer ese despropósito: a gritos, en medio de un embotellamiento del Periférico.

Quizás, en cambio, el sobrante estaba destinado desde un principio al negocio privado. Quizás los trabajadores recibieron órdenes de sus jefes –o de sus líderes sindicales—para venderlo a la brevedad posible. Y quizás, en venganza por esa ignominia, optaron por hacer ostensible y descarado el abuso del presupuesto y de las atribuciones concedidas a sus patrones. Quizás era un acto de reivindicación pública de su dignidad vulnerada: “Si nos van a joder, que se sepa”.

Un episodio perfecto para el hiperrealismo pornográfico del último cuarto del Siglo XX.

O quizás simplemente se les ocurrió correr el riesgo de vuelta a la sede delegacional, para conseguir unos pesos en el camino. Una puntada de irresponsables, que juegan a echar bolados para decidir su destino: “Si pega, pues ya chingamos y todos callados: la pinturita se nos acabó en el camino”. Realismo mágico, en una de sus peores versiones.

Como sea, la escena no tenía desperdicio: en un solo trazo me pintó al Gobierno local incapaz de calcular cuántos galones de pintura se necesitan para restaurar una calle, para controlar y supervisar el uso de esos recursos y para gestionar de manera razonable el uso de un almacén. Ya no supe del desenlace. Pero tampoco me hizo falta saberlo para entender que la venta ilegal de la pintura amarilla que utiliza el Gobierno es, acaso, una de las menores tragedias que vivimos todos los días.

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