Escenas de nuestros desperfectos

Cuando llegaron ya no había fichas, pero era tan elocuente la situación que uno de los vecinos le cedió su lugar. “Pásele, Doña Lola, se le ve mal. Yo nomás traigo las dolencias de siempre”.

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UNA CIRUGÍA DE EMERGENCIA

Se sintió mal desde la noche anterior, pero no fue sino hasta la mañana que se atrevió a decírselo a sus dos hijos: le dolía el estómago como nunca y necesitaba algo más que un tecito. Su semblante era más explícito que su voz, así que el mayor de los dos se hizo cargo de llevarla en andas hasta el centro de salud de la comunidad.

Cuando llegaron ya no había fichas, pero era tan elocuente la situación que uno de los vecinos le cedió su lugar. “Pásele, Doña Lola, se le ve mal. Yo nomás traigo las dolencias de siempre”. El médico que dirigía el centro la atendió rápido. Ese día no le tocaba cobrar ni había sido convocado por el sindicato para asistir a una de tantas reuniones. Pero tampoco tenía cómo responderle. Tras detectar que los síntomas correspondían con una evidente infección del apéndice, le escribió un papel y la urgió: “Váyase rápido al hospital general. Con este papel la van a atender. No debe tener problemas. Pero váyase ya”.

No había ambulancias ni transporte público. Así que el muchacho tuvo que correr de regreso hasta el pueblo para ver si encontraba alguien que le prestara una camioneta para llevarla hasta Chilpancingo. De nuevo, hubo suerte. El dueño de la tienda de abarrotes le ofreció ese servicio. Quería a Doña Lola, “luego me acompletas para la gasolina”.

Dos horas más tarde, mientras Doña Lola se doblaba por cada brinco de la estaquitas, llegaron al hospital. Desde la entrada había un pequeño tumulto. Pasar a la sala de recepción les costó un largo rato y varios insultos: otros pacientes esperaban desde hacía mucho y quienes presidían la ventanilla de acceso no sólo habían perdido la paciencia sino la compasión. Por fortuna, Don Abarrotes tuvo más agallas que el muchacho que a duras penas se hacía entender: “¡o atienden a la señora –gritó, en un alarde típico de la zona– o regreso con mi gente para que entiendan!”.

Así la pasaron a la sala de urgencias. Pero no había médicos suficientes para operarla en ese mismo momento, ni tampoco camas disponibles para que al menos reposara el dolor que la tundía ya por todas las venas. La sentaron en una silla –como a otros pacientes, que se dolían de cosas distintas—mientras le hacían tragar un placebo y le insertaban una aguja para pasarle un suero que se detenía de milagro en un gancho.

Cuando la pasaron a la sala de operaciones, los jóvenes médicos que le hundieron el bisturí siguiendo la recomendación del médico general que diagnosticó apendicitis, lo hicieron sin tomar análisis previos y luego de cuarenta y ocho horas de trabajo y dieciocho operaciones agotadoras. Cuando la abrieron, descubrieron que la demora había desembocado ya en una peritonitis. Y aun así, hicieron lo que pudieron, mientras intentaban mantener la vertical y los ojos abiertos. 

De vuelta al pasillo, Doña Lola tuvo que volver de la anestesia sin cama, tendida sobre una sábana usada en medio del pasillo donde se recuperaban otros doce pacientes. En el entorno, los familiares comían tortas y bebían cocas, pidiéndole a Dios que los suyos volvieran sanos a casa. En el hospital ya no había analgésicos –los encargados gritaban desesperados que para tenerlos había que esperar hasta el día siguiente, o comprarlos en la farmacia de junto–. De modo que todos entendieron que no fue la enfermedad ni la operación lo que la mató, sino el insoportable dolor que sintió apenas al recobrar la conciencia.

Fue el muchacho quien se dio cuenta, tras el silencio repentino y fatal de su madre. Pero todavía pasarían otras seis horas antes de que le dejaran sacarla del hospital, luego de firmar papeles y responder preguntas que nunca entendió. Al pasar agotados por el pasillo, uno de los doctores se dio cuenta del desenlace y lo consoló, disculpándose: “lo siento, muchacho. Si hubieran llegado un poco antes, la habríamos salvado”.

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