Escenas de nuestros desperfectos

Periodista de oficio y profesión –dirigía entonces un conocido noticiario radiofónico local, luego de dos décadas de haber sido reportero y corresponsal de guerra en agencias internacionales-, apostó su resto por ese futuro prometido.

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LA POLÍTICA LOCAL ES COMO LA HUMEDAD

Cuando leyó hace casi veinte años el Homo Videns (la sociedad teledirigida), de Giovanni Sartori, asumió que el futuro de las relaciones sociales estaría marcado por la evolución de las tecnologías de la información.

Solía ser un entusiasta promotor de esas ideas: el mundo cambiaría definitivamente no solo por la fuerza de la televisión y de la radio, sino por la capacidad de transmitir mensajes cada vez más potentes y ambiciosos a través de medios electrónicos alternativos. Pero a despecho de las tesis de Sartori, él preveía la derrota del poder tradicional, ante la fuerza de la comunicación. La verdad sobre la manipulación. 

Periodista de oficio y profesión –dirigía entonces un conocido noticiario radiofónico local, luego de dos décadas de haber sido reportero y corresponsal de guerra en agencias internacionales-, apostó su resto por ese futuro prometido.

De modo que tan pronto como lo hizo posible la internet, abrió su blog, se metió de lleno a las redes sociales disponibles y fundó una página para subir noticias y editoriales sobre su entorno. En esa época, cometí el despropósito de contradecirlo: “¿no ves una contradicción entre la potencia global de esas tecnologías y su uso político local, más de parroquia que de mundo? ¿No estamos haciendo lo mismo –le dije- con medios diferentes?”. “No –me respondió tajante-. La verdad emana de las cosas cotidianas, es cierto, pero la verdad es siempre universal”.

Volví a verlo hace dos años. Ya no dirigía el noticiario ni tenía la energía para salir a reportear, pero mantenía su activismo irredimible. Con una diferencia: “tenías razón, hermano –me soltó con el primer bocado del desayuno que decidimos compartir-. La política local es como la humedad. No importa cuánto apuestes por los medios que, al final, la grilla acaba siendo igual”.

Salió del noticiario porque las notas que pasaba y los comentarios que hacía acabaron hartando a los políticos de la entidad. Primero quisieron cooptarlo, le ofrecieron amistad, le pusieron dinero entre las manos y oportunidades de inversión en los terrenos que habrían de urbanizarse con licencias otorgadas por el municipio.

No aceptó más que las conversaciones habituales, para mantener abierta la comunicación. Pero al mismo tiempo se hizo eco de los movimientos que exigían seguridad y combatir la corrupción. Así que llegó el día en que los dueños de la estación le impusieron la mordaza: “o le bajas o te vas”. Y optó por irse.

Quiso buscar empleo en otros medios, pero ya había línea de dejarlo fuera. Aun así, persistió en las redes y acentuó la crítica. “Aunque las redes, hermano, son como una plaza pública llena de gente que grita cada vez más fuerte. La verdad importa menos que el volumen. Y de todos modos te lleva la chingada. Si no eres Juan Camaney, no hay manera de sobrevivir”.

Hoy vive solo y como puede, haciendo correcciones para una editorial. Pero obstinado, hace unos días se atrevió a presentar un movimiento social en su entidad para rescatar la dignidad perdida.

Y entonces le cayeron a su casa: se llevaron su único instrumento de trabajo, una laptop sobreviviente y una despensita: latas, leche, tallarines y frijoles; y a cambio, le dejaron dos rollos de papel higiénico sobre la mesa del comedor. Nadie podría hacerse responsable del delito, ni mucho menos del mensaje.

“No me preocupa lo que me robaron, hermano, sino lo que me dejaron dicho. Ya no me pueden correr de ningún lado, excepto de la vida”. “Te vamos a ayudar. No te vamos a dejar solo”. “¿Y cómo, hermano –me responde- si las redes no se meten a tu casa para robarte la despensa y decirte que eres una mierda? Pinche Sartori, tenía razón. La tecnología, como todo lo demás, es de quien puede pagarla y dominarla. Y ya te digo: la política local es como la humedad”.

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