Escenas de nuestros desperfectos

...no había visitado México en treinta años. Vino cuando todavía era joven y, en esa ocasión, la familia decidió llevarla al Puerto de Acapulco: la joya del turismo mexicano.

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AQUÍ LAS COSAS FUNCIONAN DE OTRO MODO

Nació en La Pola de Siero, Asturias, y no había visitado México en treinta años. Vino cuando todavía era joven y, en esa ocasión, la familia decidió llevarla al Puerto de Acapulco: la joya del turismo mexicano.

Regresó hace poco para repetir aquel viaje inolvidable, con la esperanza de volver al lugar cuyos paisajes, calles y personas habían sido mejorados por la fuerza del recuerdo.

Desde que salimos, hicimos nuestra su mirada. El camino bloqueado por los deslaves de una carretera tan cara como un billete de avión comenzó a llamarle la atención. “¿Pero por qué cobran a cada momento, si el trayecto está fatal?”. “Porque hay contratos entre el gobierno y las empresas constructoras –fue mi respuesta burocrática—y no se pueden suspender”. “Pues anda, que deberían cobrar un poco menos o exigirles un poco más a esas empresas, ¿no os parece?”. “Sí. Nos parece. Pero aquí las cosas funcionan de otro modo”.

Caída la tarde llegamos a Chilpancingo, con poco más de un cuarto del tanque de la gasolina. Sin embargo, el barullo de patrullas y personas que rodeaban a la primera gasolinera a pie de carretera me aconsejó seguir. “¿Y por qué no os detenéis? ¿Llegamos con estos litros hasta Acapulco?”. “Tenemos que llegar. Aquí es peligroso detenerse”. “Pero, macho, ¡si hay patrullas por todos los sitios!”. “Por eso es peligroso. Aquí las cosas funcionan de otro modo”.

Unos metros adelante, la asturiana fue entendiendo: “¿Pero qué pasole a esta ciudad, oh? Da la impresión de que no hay nadie”. “Hay pocos –le contesto-. La gente se guarda muy temprano. De hecho, la última vez que vine me llevaron a un centro comercial donde el único cliente era yo mismo”. “Me cachis. ¿Y entonces de qué viven, si no hay clientes?”. Respondo: “Pues eso. No sabemos. Ya te digo: aquí las cosas funcionan de otro modo”. De paso, le explico que esa ciudad es la capital del estado donde estamos. “¡Jo! ¡Pues así estará el estado!”.

Al llegar a Acapulco nos desviamos hacia la derecha, por un camino aún más caro que los anteriores, para llegar al destino protegido entre murallas que habíamos elegido para pasar dos días. “¿No te has equivocado? No me no, ¡que no hay bahías! Recuerdo que se veía el mar desde unas curvas”. “No. No me he equivocado. Este camino es nuevo y no pasa por el Puerto. Además, ya no es hora de bajar a la Costera”. “¿Pero no es que íbamos hasta Acapulco? Aquella calle tan guapa, con mercadillos, restoranes, música y con marcha. La última vez la caminamos hasta muy tarde”. Respondo: “Lo siento. Mejor vamos mañana. Ahora las cosas funcionan de otro modo”.

Al día siguiente le dimos gusto y la llevamos hasta La Quebrada. Su mirada fue la nuestra: en lugar de las calesas, había patrullas militares. Grupos de tres, armados y blindados prácticamente en cada calle.

Camiones de la Marina patrullaban la Costera silenciosa, tensa, ominosa. Los comercios permanecían cerrados y protegidos por rejas invencibles. Las palapas de comida estaban vacías y la música callaba.

Los coches, los taxis y los autobuses del transporte público nos daban una sensación de tiempo detenido y de abandono. Buscando un lugar para comprar recuerdos, incursionamos en las calles interiores, sin posibilidad alguna de bajar ante el despliegue de la policía y la ausencia casi total de compradores. El entorno se completaba por la pesadumbre de los marchantes y la andanada de individuos buscándose la vida como fuera en cada esquina.

Llegamos por fin a La Quebrada. Desolada, sin turistas, con algunos lugareños haciendo fotos y amándose a pesar de todo, entornados por un puestito de refrescos. La asturiana fue tenaz: armada con su cámara española, bajó a tomar algunas fotos, antes de que la rodearan los muy escasos vendedores ambulantes, animados por lo insólito de su presencia. “Bueno, al menos el clima sigue siendo el mismo y la belleza del paisaje, ya te digo”. No contesté más. El viejo Acapulco que la asturiana añoraba, se había extinguido, porque aquí las cosas han funcionado de otro modo.

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