Escenas de nuestros desperfectos

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LA REVOLUCIÓN INEVITABLE

Aunque vivimos con una profunda indignación por el evidente deterioro de la política que nos rodea, aún no hemos sido capaces de traducir el malestar en acción concreta y ordenada.

Por el contrario, pese a nuestro rechazo a los abusos y a la frustración cada vez más extendida sobre las opciones que se nos presentan, el voto sigue siendo la vía principal de la participación política.

Nos dolemos de la corrupción, de las violencias que sufrimos, de la impunidad y de la falta de respuestas a los problemas públicos que nos agobian, pero al pasar del dicho al hecho, volvemos a la fórmula de la contienda entre partidos.

Admitamos que la conquista del poder a través de los partidos se ha impuesto sobre cualquier otra forma de actuación política.

Admitamos que no hemos encontrado aún ninguna acción equivalente para llamar a la acción social y oponernos a los despropósitos que nos lastiman.

Atrapados por la contienda entre partidos, hemos caído en la contradicción de denostarla al mismo tiempo que apoyarla. Nada ha suplido al voto como el conducto principal para organizar el descontento.

Y aunque hay acciones muy valiosas de organizaciones sociales que pugnan por la defensa de los derechos, por la igualdad y por la dignidad de grupos y personas, lo cierto es que su capacidad de cambio sigue siendo limitada y, casi siempre, defensiva. Se actúa tras el agravio y el abuso, para documentarlos, para denunciarlos, para mitigarlos y eventualmente para resarcir los daños. Pero no hemos encontrado la fórmula para evitarlos ni contrarrestarlos.

Durante el próximo año, estaremos secuestrados por la lucha electoral. Parece inevitable, además, que los nombres de los tres candidatos principales que buscarán la Presidencia del país se cuelen por todas las rendijas de nuestras conversaciones.

Quizás en el camino aparezca otro. Pero será una opción electoral. En las circunstancias actuales y hasta que no concluya este nuevo episodio sexenal, la dinámica de los asuntos públicos estará dominada por la lógica implacable de la conquista del poder político. Empeorada, si todavía cabe, por el hecho de que los tres o cuatro nombres que disputarán la Presidencia ocultarán la larga lista de personas que competirán por el resto de los puestos que se repartirán el año que entra.

Al despertar de esa pesadilla, habremos descubierto que las cosas no estarán mejor. Y quizás entonces comprendamos que la tarea fundamental que debemos darnos es encontrar la fórmula para rescatar a las instituciones que fuimos diseñando en el trayecto de este nuevo siglo para tratar de contener los abusos, las desviaciones, las negligencias y los despropósitos de quienes tienen el poder político.

Rescatar esas instituciones del sometimiento y la captura en la que están se volverá una misión fundamental para salir del círculo vicioso en el que estamos atrapados. Será inútil pedirle a los poderosos en turno que cumplan sus promesas —si es que alguna vale la pena–, si la sociedad no cuenta con los medios para exigirlas. Y no los tendrá, si no se organiza para hacer valer la transparencia, la rendición de cuentas y el cumplimiento honesto de las leyes. Si no vuelve suyas, como acción colectiva deliberada, a las instituciones que están diseñadas para rodear a los gobiernos de exigencia y hacer valer nuestros derechos.

En 2018 tiene que comenzar una revolución. La revolución de las conciencias que hemos venido reclamando y promoviendo, pero que todavía no nace. Una revolución que, sin embargo, vendrá después. Vendrá cuando seamos capaces de descubrir la fórmula para llamar a la acción pacífica de los ciudadanos en torno de esas instituciones, con la misma fuerza y la misma sencillez con la que se llama al voto. En ese momento se abrirá un nuevo horizonte para México, pero no antes.

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