Escenas de nuestros desperfectos

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LA SEÑORA SOCIEDAD CIVIL.

La invocación de la sociedad civil en los asuntos públicos se ha vuelto confusa. Con frecuencia me recuerda el uso que se le otorga al plural de la palabra: mercado. Ambas expresan y ocultan, a la vez, la existencia de personas y decisiones muy diversas que, sin embargo, quedan compendiadas de un solo trazo. “Los mercados –se dice- han reaccionado con calma frente al discurso pronunciado por el Presidente”. ¿Los mercados? ¿Quiénes son los mercados?

En realidad, ese colectivo alude a un grupo más o menos acotado de individuos que, a su vez, se expresan en empresas que compiten por el control de los valores financieros. Pero detrás de esa expresión no hay nombres ni, en consecuencia, posibilidad alguna de identificar a los responsables de esos intercambios –compromisos y mensajes electrónicos, más que dinero real—que determinan, en buena medida, el curso de la economía del país y nuestra propia capacidad adquisitiva.

Con todo, la expresión “mercados” tiene, sobre el genérico de la sociedad civil, la ventaja de reunir a las élites de las inversiones financieras y de manifestar sus decisiones a través de índices que pueden medirse cada día. Y aunque los medios suelen atribuirles sentimientos –los mercados titubean, aprecian, calculan, rechazan, aprueban–, lo cierto es que todos sabemos que se trata de un juego permanente por allegarse de riqueza. La mayor de todas: la que se deriva de los capitales acumulados previamente y la que persistirá mientras el modelo económico que domina al mundo se mantenga intacto.

En cambio, la “sociedad civil” es más abstracta. De entrada, no existe consenso alguno sobre su significado definitivo. Puede aludir al conjunto de la sociedad, con excepción de aquella que ostenta una representación política formal en la así llamada clase política, o puede referirse a la organización más amplia de personas que comparten un espacio vital, como extensión de la familia, o como grupo que comparte un vecindario, o puede –como de hecho ha venido sucediendo en fechas más recientes—señalar la existencia de organizaciones que persiguen causas compartidas y una denominación para identificarse.

En otra época se las llamaba organizaciones no gubernamentales (ONG), para distinguirlas de los partidos o de cualquier otra forma de acción que tuviera o persiguiera el poder político a través de las instituciones del Estado. Desde que comenzó el siglo XXI, la denominación mudó a organizaciones de la sociedad civil (OSC), para subrayar su distancia de los gobiernos.

Son organizaciones de toda índole que no sólo pueden perseguir objetivos encontrados, sino responder a ideologías e intereses diametralmente opuestos. Pero la expresión “sociedad civil” las unifica y purifica de cualquier sesgo negativo. Actúan en el espacio público, pero suelen abjurar de la política, aunque su razón de ser es incidir en las decisiones que nos afectan colectivamente, de modo que buscan influir en las agendas públicas por todos los medios que tienen a su alcance.

Es absolutamente cierto que una democracia es más fuerte en la medida en que aumenta la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos. Pero no de manera selectiva ni constreñida a un puñado de organizaciones de la sociedad civil. De aquí el peligro de emplear esa expresión con ligereza: la sociedad civil no es homogénea, ni se manifiesta siempre de la misma forma, ni actúa por unanimidad. Si queremos fortalecer la democracia, hay que evitar que la clase política hable de la sociedad civil como si fuera una sola cosa y como si bastara la opinión de algunos para representar a todos. No. La sociedad civil es más compleja y por ningún motivo ha de suplir la obligación que tienen los poderosos de justificar, explicar y dar cuenta de sus decisiones. La legitimidad política no se compra ni se presta: se construye.

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