Escenas de nuestros desperfectos

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LOS LÍDERES

Organizar la operación de las oficinas de gobierno no es cosa sencilla, pero es mucho más difícil que trabajen de manera articulada. Y con mayor razón cuando han de enfrentar una emergencia. Cada oficina responde por las atribuciones que le han sido conferidas y cada una lo hace en función de los puestos y los presupuestos de los que dispone. No están preparadas para actuar de otra manera, porque cualquier paso en falso puede poner en riesgo su permanencia y sus espacios de poder.

Pero la rutina no sirve para las emergencias ni, mucho menos, para coordinar y potenciar actividades que deben emprenderse colectivamente.

De aquí la importancia de los líderes. Cuando las cosas están en calma, suelen ser estorbosos. Nadie quiere que haya iniciativas que desafíen procedimientos que están funcionando de manera más o menos habitual.

Cuando no hay problemas graves, los emprendedores hacen ruido. Pero cuando las cosas reclaman decisiones y acciones inmediatas y quizás inéditas, los líderes son indispensables.

No me refiero a esas personas que están investidas de autoridad formal e imparten instrucciones, sino a quienes toman el mando en una contingencia para imprimir orden y sentido, porque saben lo que debe hacerse. Los líderes capaces de fijar la ruta y asignar tareas.

En la emergencia, lo peor que puede suceder es que todo el mundo opine con la misma autoridad y cada uno tome decisiones diferentes. De hecho, es espantoso sentarse en una mesa de burócratas, en la que ninguno tiene las agallas para romper el guión preestablecido, a pesar de una emergencia. En esas circunstancias y en ausencia de líderes capaces de romper de tajo las rutinas, los diálogos no se hacen para imaginar soluciones y salidas, sino para bloquearlas.

Hay tres argumentos clásicos esgrimidos en esas situaciones: i) “Eso no se puede, porque iríamos en contra de los reglamentos” –“¿De cuáles? La Constitución y la ley dicen otra cosa”. –“Será, pero el órgano interno de control nos sanciona si no actuamos conforme al reglamento”;

ii) “Tendríamos que checarlo (ese verbo infame, que sirve para procrastinar impunemente), pero no tenemos tiempo”. –“¿No tienen tiempo? ¿Pero qué otra cosa podría ser más urgente?” –“Tenemos que atender nuestras obligaciones, hay que checar la disponibilidad y hacer los trámites”; 

iii) “No tenemos presupuesto. Si nos transfieren podríamos ver qué hacemos” –“¿Por qué no hacen una transferencia interna o utilizan los recursos que ya tienen?” –Porque no podemos. Tendríamos que tener autorización y hacer los trámites”.

Pero detrás de esas palabras hay algo más profundo: el temor a salir de la rutina y asumir nuevas tareas. Por eso es indispensable el liderazgo. Alguien capaz de relevar a los burócratas tradicionales de las decisiones que los amenazan y de tomar la responsabilidad por los resultados de las decisiones; alguien con las competencias suficientes –jurídicas y profesionales—para exigir, sin embargo, que cada una de las oficinas públicas haga suya una parte de las actividades inmediatas que han de llevarse a cabo; alguien que modifique los patrones tradicionales de conducta, para que todos los integrantes de la mesa comprendan que, de no cumplir con la misión asignada, les irá peor.

No obstante, para que eso suceda es indispensable que el líder se tome en serio su papel y no permita que su entorno lo doblegue.

El líder no puede someterse a la rutina ni aceptar que los intermediarios impongan sus criterios. No, al menos, cuando se trata de enfrentar una emergencia.

Sentarse en una mesa con un grupo de altos funcionarios puede verse bien para la foto, pero no equivale a modificar los cursos de acción ya establecidos. Digo todo esto, porque a estas alturas, es evidente que después de los terremotos de septiembre, nos hacen falta líderes.

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