Escenas de nuestros desperfectos.

A ese kilómetro desemboca otra calle cuya circulación es igualmente intensa, de modo que la guerra entre automovilistas se recrudece al llegar a ese punto.

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UN KILÓMETRO DE MECANICA NACIONAL.

La distancia que separa ambas casas es de un kilómetro y cincuenta y dos metros. Una distancia que, a buen paso y de bajada, se recorre andando en siete minutos, o quince, si se va de subida y despacio. Si se va en coche y en horas pico toma al menos treinta minutos –es decir, desde las 07:00 hasta las 9:30, y desde las 13:30 hasta las 22:00 horas-. Pero si llueve, el trayecto puede tomar una hora.

La calle es de doble circulación y más bien estrecha, y abundan los autobuses de transporte público. He aquí una primera razón del atolladero: todos los días, varios de los choferes de esos camiones se desesperan e invaden el carril de sentido contrario: echan lámina. Tratando de ganar unos metros no sólo amenazan la vida de quienes se topan con ellos, sino que bloquean de plano toda la calle, hasta que consiguen insertarse de nuevo en la fila que les corresponde y que avanza a vuelta de rueda.

Estas operaciones pueden tomar mucho tiempo, pues los conductores de los vehículos privados que coinciden con ellos suelen librar verdaderas batallas de dignidad (y mentadas de madre) por cada centímetro disponible.

A ese kilómetro desemboca otra calle cuya circulación es igualmente intensa, de modo que la guerra entre automovilistas se recrudece al llegar a ese punto. Y justo en la esquina de esas dos vialidades hay un pequeño pero muy concurrido centro comercial –que alberga una panadería popular, dos farmacias, una papelería y una veterinaria-, con solo ocho lugares de estacionamiento.

Unos metros más adelante, otro conjunto de locales reúne un Starbucks, tres puestos callejeros de comida casera y una iglesia católica, además de un cerrajero exitoso. La oferta de servicios que hay en esos cien metros convoca a muchísima gente que lleva su coche y desafía a la física, en busca de un sitio donde dejarlo. Pero generalmente, la física acaba imponiéndose, de modo que los conductores añaden su frustración al bloqueo permanente de aquel kilómetro.

A lo largo de ese trayecto se están levantando ahora mismo siete edificios. Una prueba inequívoca de la pésima planeación urbana o, bien, de las suculentas mordidas de los servidores públicos encargados de otorgar licencias de construcción.

Una de esas obras en curso anuncia que se están construyendo ahí mismo 92 viviendas y 17 locales comerciales. Otras ofrecerán nuevos departamentos y una más un centro comercial nuevo, situado apenas a doscientos metros del que describí antes. Vale la pena repetir este dato: siete obras en construcción simultánea, que convocan una fila de camiones de carga, cuyas maniobras para entrar y salir toman varios minutos.

En ese kilómetro, además de los negocios ya mencionados, conviven edificios recién entregados con muchas pequeñas viviendas, casonas antiguas, condominios horizontales y ciudades perdidas que se resisten a sucumbir ante los embates de las compañías constructoras. Como secuela, el kilómetro se ha vuelto muy peligroso.

Primero, porque ante la ausencia y discontinuidad de banquetas, la gente debe transitar varias veces por el arroyo vehicular con el evidente riesgo de ser atropellada; y segundo, porque al menos una vez por semana –no exagero—hay escenas de violencia callejera anunciadas por las sirenas de las patrullas y los gritos de transeúntes, especialmente al caer la noche. Sin embargo, la ausencia de policías –preventivos o encargados del tránsito—es especialmente notoria.

No encuentro ninguna racionalidad que explique las decisiones tomadas para promover esa locura urbana, excepto la teoría del caos, la negligencia o la corrupción. Pero, para ser franco, tampoco observo grandes diferencias entre ese kilómetro y muchos otros que recorren nuestro país, como metáforas diáfanas de nuestras desdichas.

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