Escenas de nuestros desperfectos

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EL EDIFICIO EN ALTO RIESGO 

Tras el terremoto, tuvieron que desalojar de inmediato el edificio en el que vivían. No había alternativa: a todas luces estaba en riesgo. Como en muchos otros casos, durante esas horas, contaron el respaldo de sus vecinos, de sus familias, de sus amigos y de jóvenes que simplemente llegaron para ayudar. Nadie murió y nadie se accidentó, pero había que sacar todo, uno por uno de los veinticuatro departamentos para no añadir peso a las estructuras dañadas y pidiéndole a Dios que detuviera la tierra.

Rescatar lo que se pudiera entre las paredes caídas y buscar un refugio para los próximos días eran las prioridades comunes. Nadie acertaba a imaginar siquiera lo que seguía, porque el tamaño de la desgracia ya era suficiente para detener cualquier expectativa distinta a la de sobrevivir como fuera, en cualquier sitio seguro.

Para la mayoría, esos pequeños departamentos de sesenta y siete metros cuadrados representaban todo su patrimonio: el ahorro de toda una vida o, peor aún, la inversión por venir cuando fuera posible terminar de pagar la hipoteca.

La clase media: esa que es capaz de dedicar una vida completa a hacerse de unas paredes para morir. La que aspira a tener propiedades para afirmar su estatus social, aún a sabiendas de que casi todo su esfuerzo tendrá que dedicarse a financiar la ilusión.

Una casa propia, los enseres domésticos, la vajilla para las cenas, las mejores reproducciones en las paredes y los electrodomésticos que, en unos segundos, quedaron convertidos en un atado de objetos que había que bajar a pulso –los que no quedaron sepultados bajo alguna pared—por las escaleras quebradas, para llevarlos a la camioneta prestada, a la cajuela del coche, al carrito del súper, envueltos en sábanas y protegidos apenas de la destrucción absoluta. El estatus perdido en astillas.

“El edificio se puede recuperar. Nos va a costar una lana, pero se puede recuperar”, repetía obsesivamente uno de los vecinos. “Esto ya valió madres. Hay que volver a empezar”, le respondía otro. “Vivir aquí o permitir que alguien más viva sería un crimen”, alegaba otra. “Hay que reunirse. Cuando acabemos de sacar todas las cosas, hay que reunirse: necesitamos tener los teléfonos celulares de todos, sus datos, tenemos que hablar y tomar decisiones”, arengaba el presidente de los condóminos, investido de la autoridad que le habían otorgado para inyectar sensatez en medio de la tragedia.

Treinta días después, los vecinos seguían sin saber cómo reaccionar, pero ya sabían que no lo tendrían fácil.

La clase media no está en el padrón de pobres, no puede acceder a los apoyos inmediatos de los gobiernos, no cuenta con medios para allegarse información de primera mano y no tiene dinero.

Un dictamen emitido por el Instituto para la Seguridad de las Construcciones (vaya paradoja) añade mayor estrés: redactado en español burocrático, declara que el edificio está en “alto riesgo” y ordena que “en un plazo no mayor a 30 días hábiles se deberá registrar la Constancia de Seguridad Estructural ante la Delegación correspondiente. En caso contrario, su edificación se encontrará en incumplimiento”.

Pero sucede que, para obtener ese papel –o cualquier cosa que signifique- se requieren los planos originales del edificio que, a su vez, están retenidos o perdidos en la misma delegación. Pero eso tiene sin cuidado a la burocracia. Si algo llegara a suceder, los culpables serían los propios damnificados.

¿Será posible que la Comisión de Reconstrucción, Recuperación y Transformación de la CDMX, recién constituida, pueda ver la tragedia que viven estas personas? ¿Será posible que comprendan que lo importante son las personas y no las cosas? ¿Será posible que la burocracia apoderada de todos los espacios públicos sea empática con los seres humanos que han perdido prácticamente todo?

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