Escenas de nuestros desperfectos

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EL VAGABUNDO FUGAZ

Después de varios meses de frustración, decidió abandonar todo y salir a la calle. No para protestar, sino para dejarse ir. No estaba afrontando una depresión, sino una crisis de conciencia. Todos sus esfuerzos habían fracasado. Llevaba años impartiendo cátedra en la preparatoria y trasmitiendo a sus alumnos la urgencia de cambiar a la sociedad, desde abajo y desde dentro, con sensatez y sentido humano; había dedicado horas a estudiar, a discutir, a organizar, a proponer, a escribir, a deliberar y a imaginar que tenía aliados que compartían sus ideales.

En ocasiones sentía que avanzaba; oteaba en las frases de los demás, en sus declaraciones de compromiso y en algunos artículos.

Pero tres segundos después volvía a la realidad: los mejores partidarios de sus ideales se rendían al protagonismo, al poder o al dinero –y a veces, a los tres juntos—de la peor manera posible, esgrimiendo los mismos argumentos que los habían llevado hasta la palestra, pero sometiendo sus decisiones a cambio de la mejor foto, del abrazo propicio o del cheque jugoso. Como sostenía el abogado del diablo, ningún pecado supera a la vanidad.

Agobiado, emprendió el viaje.

Se llevó la ropa que tenía encima y el efectivo que le quedaba en la mesa de noche. Dejó atrás una hija adolescente y esquiva y una esposa aburrida de su presencia.

Ambas habían sido algún día su mayor incentivo para volver. Pero ambas dejaron de serlo cuando la mujer se convirtió en la proveedora principal del hogar. Desde entonces jugó un papel marginal en la casa, donde fue perdiendo el respeto y la consideración de la pareja y donde su presencia estorbaba tanto en la sala como en la cama.

Así que decidió convertirse en un vagabundo.

No se atrevió a quitarse la vida, porque tampoco creía en el suicidio. Ese reproche definitivo hacia los demás –como leyó alguna vez en Durkheim— era totalmente inútil, cuando la única razón para renunciar era el desdén de los otros. Si acaso había alguna razón para fustigar a alguien, el castigo tendría que infligirse contra sí mismo: había que seguir viviendo, pero de una manera completamente distinta.

Por eso se echó a caminar sin rumbo determinado ni razón aparente. Cuando uno no sabe a dónde va –recordó a Lewis Carroll—no importa el camino que tome.

Cuando cayó la noche le dolían los pies y le aturdía la conciencia. Así que se echó a un costado de un metro. No tenía intención de abordarlo, sino de tomar una de las botellas de agua que vendían en el puesto que estaba en la boca de entrada. Ahí terminó su periplo. Agotado, se quedó dormido sin darse cuenta.

Y entonces vino el milagro: despertó en alguna hora de la madrugada, para descubrir que tenía a otros dos individuos echados a un lado, en condiciones mucho más deplorables. Uno de ellos lo miraba de fijo y sonrió cuando cruzaron miradas: “¿Qué le pasó jefe? ¿Lo abandonó su mujer?”. “No. Me abandoné solo. Perdí la esperanza”. “Pues qué pendejo, jefe, con todo respeto. Aquí eso no existe –añadió, sabio–. Aquí nadie tiene esperanza, más que de comer lo que caiga, tomar lo que caiga y coger con quien caiga”.

Miró al otro que dormía a pierna suelta y comprendió que la esperanza era el monopolio de los creyentes, mientras que los verdaderos marginados no esperan nada de la vida presente, porque nunca tuvieron nada: la desesperanza es así, en todo caso, un privilegio reservado para quienes pueden pagarla. “Ya váyase jefe. Y ni le busque, porque unos chamacos le quitaron el dinero que traía en esa bolsa, mientras dormía. Mejor váyase a morir a otra parte”.

Volvió a su casa a cualquier hora de la mañana siguiente. Le abrió la hija, con una mirada indolente: “¡Vaya pedo que agarraste! Mejor báñate, ¿no?”.

Se bañó y salió de nuevo a la calle, pero esta vez para llegar a tiempo a la asamblea donde se discutiría la reconstrucción del país.

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