Escenas de nuestros desperfectos.

Se piensa en la reconstrucción como un reparto de cemento y de varillas, y algo de dinero adicional, como si volver a levantar lo que se ha perdido consistiera en hacer mezcla y pegar ladrillos.

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POR UN FONDO NACIONAL DE RECONSTRUCCIÓN.

Todos quieren ayudar, dicen, pero también se ayudan a sí mismos. Por eso es tan importante imprimir orden al proceso de reconstrucción. Porque la reconstrucción no es un episodio aislado, no es solo un problema de obras públicas o de viviendas, no es solamente un desafío presupuestario, no es un espacio de publicidad o propaganda, no es un negocio financiero de particulares, no es una tarea fragmentaria y no se limita a salir del paso.

La reconstrucción es un proceso largo. No puede limitarse a reedificar las cosas, entre otras razones, porque nada será igual. Se están haciendo censos de viviendas colapsadas o de escuelas caídas, como si la gente no existiera, como si no afectara a familias completas, desafiando la solidaridad y el afecto de decenas de miles de personas, o como si los niños que han dejado de asistir a clases pudieran quedarse en casa, así nomás.

Se piensa en la reconstrucción como un reparto de cemento y de varillas, y algo de dinero adicional, como si volver a levantar lo que se ha perdido consistiera en hacer mezcla y pegar ladrillos. Como si la mayor parte de la gente que perdió lo que tenía tuviera recursos, ánimo y fuerzas suficientes para edificar por pura voluntad, como si no estuvieran obligados a salir a trabajar para completar el día, como si les quedara tiempo para los trámites interminables, para juntar papeles –muchos de ellos perdidos entre los escombros-, y como si tuvieran medios para volver a la normalidad, solo porque quienes tienen suficiente y más, creen que todo se arregla con dinero.

Se están equivocando. La reconstrucción puede convertirse en una pesadilla. En un concurso de oportunismos y ocurrencias, como ya está sucediendo con el financiamiento que han decidido devolver los dirigentes de partidos y que nadie sabe a ciencia cierta cómo organizar. Pero también, como ya ha comenzado a ocurrir con los fideicomisos creados al vapor por empresarios que desconfían de todo el mundo y que, al mismo tiempo, encuentran una oportunidad adicional para los negocios, o como los funcionarios públicos que siguen respondiendo a la emergencia desde sus rutinas habituales y desde la ambición de colgarse las medallas de la bonhomía, para seguir instalados en sus puestos.

La reconstrucción no consiste en levantar una maqueta. Se trata de un problema social cuya atención rebasará con creces el periodo sexenal. No hay forma razonable de enfrentarla en apenas unos meses y dejar las cosas para el próximo sexenio, con la esperanza de que a los nuevos gobernantes se les ocurra algo mejor. Tampoco puede abandonarse a las prácticas clientelares que intentarán gobiernos, empresarios y partidos durante el proceso electoral que ya está en curso.

Para que tenga éxito, debe abordarse como una política pública: desde sus causas y no solo desde sus efectos; debe definirse como un problema nacional que atraviesa por el modo de vida hemos adoptado y como una oportunidad para rediseñar el futuro del país.

Por supuesto que es muy importante que cada peso que ingrese y cada peso que se gaste se conozca con detalle, que haya plena transparencia en cada una de las decisiones y que se rindan cuentas exactas sobre los alcances y los resultados de todos los proyectos que habrán de confluir en la tarea. Pero lo fundamental está en el lado humano de la reconstrucción, en la participación organizada de la sociedad en su conjunto y en la planeación técnicamente irreprochable de la ruta y del destino.

Es urgente que la euforia desatada por los terremotos se serene. Hace falta poner orden y sentido: un solo fondo nacional de reconstrucción, abierto a la vigilancia pública, bien organizado y capaz de poder este proceso a salvo de rapiñas y ambiciones. Golpeados, pero no abatidos, podemos rescatar la dignidad republicana.

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