Escenas de nuestros desperfectos

Los puños se alzan, pero en esta ocasión el símbolo es una acción organizada por la compasión y la solidaridad.

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CON EL PUÑO EN ALTO

Los puños se alzan y todos callan: esperan un aliento de vida entre los escombros, para seguir luchando.

Este es el símbolo del otro 19 de septiembre: el puño alzado para rescatar la vida.

Una vez más salimos a la calle, no sólo para rescatar a quienes necesitan nuestro auxilio, sino porque sentimos el imperativo de ayudar. Buscamos a los nuestros y nos distribuimos ánimo y coraje, porque sabemos que las verdaderas soluciones no vendrán más que de nuestro propio impulso.

Los puños se alzan, pero en esta ocasión el símbolo es una acción organizada por la compasión y la solidaridad. Tras el caos de las primeras horas, con la ciudad bloqueada por las ganas de volver a casa, abrazar a quienes nos rodean y entregarles nuestro amor, la organización social toma la plaza y se expande como un tsunami. Todos saben lo que debe hacerse y pasan la voz.

A lo largo del día brotan los contrastes de la crisis. En estas horas no hay matices: los que están por la vida se mueven a pesar de todo, llevados por el amor sin condiciones y hacen lo que pueden por salir de la emergencia; los que están del otro lado quieren sacar ventaja y eventualmente lo consiguen. Desde los rateros que asaltan a quienes se han quedado atascados en las calles, hasta los empresarios que calculan las ganancias de la reconstrucción, pasando por los miserables que hacen rapiña de los objetos y los víveres que brotan como fuente hacia los centros de acopio y los albergues.

Llama la atención el silencio lacerante de nuestra clase política. Ese silencio no está convocado por los puños levantados de quienes salen al rescate de la vida, sino por la mezquindad y el cálculo político. ¿Dónde están los militantes de los partidos que dicen representar la voluntad de México? ¿Dónde están sus dirigentes? ¿En qué zona del país levantan piedras, en qué albergue acogen a los desposeídos, en qué centro de acopio entregan agua, comida, medicinas, palas, vida?

No están ahí. Están reunidos con sus abogados para revisar los obstáculos jurídicos para salir del paso, explorando acaso la posibilidad de entregar una piscacha del dinero que reciben. La noticia ofende y corre como grieta abierta en el ánimo social: “¿De veras están revisando posibilidades jurídicas para ayudar a México? No mamen”. ¿Les preocupa que alguien los castigue por hacer exactamente lo que en este momento debe hacerse? ¿Dónde se metieron esos líderes beligerantes, para llamar a encarar esta emergencia sin reparos? ¿Acaso portarán banderitas de sus partidos para identificar a quién rescatan y a quién dejan morir?

Por su parte, los grandes empresarios ofrecen caridad, cuando necesitamos compromiso. En un gesto que desilusiona, abren temporalmente las redes de Internet que les han permitido acumular fortunas inimaginables o eliminan por un tiempo comisiones en los bancos. Esas familias que acumulan casi una décima parte del Producto Interno Bruto del país tendrían ahora la oportunidad de devolverle a México algo del caudal de bienes que reciben. Si tuvieran una pizca de grandeza, asumirían toda la reconstrucción: toda y sin reparos. En cambio, nos regalan tiempo aire para que sea la sociedad civil la que haga la tarea. No quieren perder un peso, pero quieren ganarse nuestra gratitud.

Y el presidente, sin más recurso que su altura burocrática, apela primero a la solidaridad social que ya está sucediendo en todas partes (¿en dónde vive este hombre?) y después anuncia que será la iniciativa privada quien se ocupará de la reconstrucción, pero con dinero público. El negocio ideal: más obras públicas hechas al vapor –como las que se han caído– en el momento de mayor dolor. No pasarán.

No pasarán porque los puños levantados son mucho más potentes. Y, esta vez, se mantendrán alzados por mucho tiempo más, alentando la vida entre los escombros del país.

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