Escenas de nuestros desperfectos

Archivo/Cuartoscuro.com
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EL COMANDANTE DE LA PGR

Aunque ese cargo no existía en la policía de investigación de la PGR, le decían “comandante”, por todos los méritos acumulados a lo largo de su carrera y por la autoridad moral que se había ganado entre sus colegas; quizás también por su aspecto: era un hombre grande y muy fuerte, con cara de pocos amigos. Por eso me sorprendió cuando, de repente, se echó a llorar como un niño.

El método de investigación que yo estaba usando para esa entrevista me exigía estresar la conversación: confrontar sus respuestas con todos mis datos, hasta verificar en qué punto se rompía la veracidad de la información que me habían proveído.

De eso se trataba: de indagar el clima laboral de esa compleja y enredada organización responsable de abrirle la puerta a la justicia federal del país.

Pero el llanto incontrolable del “comandante” me obligó a abandonar la flema académica para abrazar a ese ser humano que se estaba quebrando por dentro.

“Mataron a mi compañero por bestias, profesor. Nos dieron una orden de aprehensión y jamás nos dijeron que se trataba de un tipo muy peligroso. No hubo ninguna comunicación previa con el MP. Nomás nos dijeron ‘vayan por éste y regresan’. Yo me salvé de milagro, porque el jarocho tocó primero y nos recibieron con metralletas. Lo vi caer, disparé como pude y me regresé al coche. ¡Qué poca madre, si sabían de qué se trataba!

“Cuando regresé me culparon a mí –siguió el “comandante”–. Me dijeron que ya no pasaría el siguiente control de confianza y me dieron otra orden, para cumplimentarse ese mismo día. Por supuesto que los mandé a la chingada, si no podía ni manejar bien”.

Después vino la lección que me durará para toda la vida.

Controlando el sollozo, me preguntó: “¿Sabe usted por qué las cárceles están llenas de pobres?”.

“¿Por qué, comandante? –respondí, titubeando– ¿Será porque los acusan de los delitos que no cometieron?”.

“No, profesor. Las cárceles están llenas de pobres –se repitió– porque los pobres no cobran venganza”. Y remató con la experiencia de toda una vida: “Aquí el problema no está hasta arriba, sino hasta abajo. Procuradores van y procuradores vienen, que las cosas siguen igual: el que paga manda y el que mata, manda mejor”.

Hoy recuerdo el llanto del “comandante” mientras se decide el destino de la que será la próxima Fiscalía General de la República y los profesionales de la política se disputan con uñas y dientes la titularidad de esa dependencia.

Los priistas quieren que se quede Raúl Cervantes, su correligionario y amigo; los panistas y perredistas quieren controlar esa dependencia –que será todavía más poderosa a partir del 2018- negociando nombres y posiciones; los demás quieren comerse una rebanada de ese pastel y, de paso, restarle poder a sus adversarios.

Pero mientras se toma esa decisión, la dependencia que se están disputando sigue atrapada entre las aguas de la violencia y la corrupción, sin que los seres humanos que la encarnan todos los días (los MP, los peritos y los policías) tengan la más mínima certeza de lo que les depara el destino.

Lo único que saben es que entre los pisos superiores y los sótanos donde sucede la verdadera justicia no hay escaleras. Los de abajo siguen lidiando con poderosos, matones y ricos, ocultando su identidad cuando toman el transporte para volver a sus casas y dejándose corromper para salvarse de ese entorno imposible, en el que nadie los quiere.

Todavía no sabemos en qué acabará el nombramiento del nuevo Fiscal General. Pero supongo que al “comandante” le importará un soberano comino, mientras los de hasta arriba no se dignen a asumir que sus lágrimas también son las nuestras, porque estamos desamparados por una administración de justicia que, en efecto, llena las cárceles con los pobres que no cobran venganza.

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