Escenas de nuestros desperfectos

Al otro lado de la línea habló una voz masculina con un marcado acento norteño. “Quiubo mi amigo. Ya sabemos que estás en Xalapa. ¿Por qué dejas tan solita a tu familia, para irte allá con tus cuates?

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UNA LLAMADA A LA MEDIANOCHE

Llamaron a las doce y media de la noche a la habitación. Hasta ese momento, el profesor llevaba cuarenta y ocho horas en la ciudad de Xalapa, para participar en una tarea universitaria que le tomaría al menos una semana.

Desde que llegó, le llamó la atención que el joven que lo condujo a la habitación no conocía la geografía del hotel. Era obvio, pues después de dar vueltas por los pasillos buscando un elevador, toparon con una pared. “¿Pero no sabía usted que no había elevador?”. “No señor. No sabía. Éste es apenas mi primer día de trabajo”.

No obstante, apenas firmados los papeles de registro en el lobby, ese joven ya había tomado posesión del equipaje y se mostraba muy amable y platicador. “¿De dónde nos visita señor? ¿Es la primera vez que viene a Xalapa? ¿Viene con la familia? ¿Viene usted a un congreso? ¿Quiere que le ayude de alguna manera?”. Todo esto, mientras avanzaba con una enorme seguridad hacia la pared.

En aquella charla no obtuvo más que algunas piezas de información: que el huésped recién llegado vivía en la CDMX, que ya conocía Xalapa y venía con frecuencia, que tenía una familia, que formaba parte de un grupo universitario y que se quedaría hasta el fin de semana, y por supuesto, también conocía su apellido y el número de su habitación.

Es injusto inculpar a nadie a partir de una conjetura. Pero cuando sonó el teléfono aquella noche, la coincidencia era sospechosa. Dijo la telefonista:  “Perdón señor, le están llamando de la CDMX. ¿Se la paso?”. “¿Quién?”. “No sé señor, sólo pidieron hablar con usted. ¿Se la paso?”. “Por supuesto”.

Al otro lado de la línea habló una voz masculina con un marcado acento norteño. “Quiubo mi amigo. Ya sabemos que estás en Xalapa. ¿Por qué dejas tan solita a tu familia, para irte allá con tus cuates?”. “¿Quién habla?”. “Habla tu hermano, tu amigo; el que está cuidando a tu familia aquí en México y a tus colegas que andan por ahí en el hotel”.

Solo entonces cobró conciencia de que estaba siendo víctima de una extorsión. “No me vayas a colgar, vato, porque ya sabemos dónde andas, a qué vienes, dónde vives y hasta cuándo te quedas. Mira: te voy a pasar una cuentita para que me deposites una morralla y te regreses tranquilo a tu casa”.

Colgó de inmediato y llamó al lobby. Lo más urgente era bloquear la entrada de cualquier otra llamada. Luego, con más calma, decidió bajar al lobby para preguntar si había un registro automático de los números e indagar si, efectivamente, la que había recibido provenía de la CDMX. No fue fácil, pues los encargados nocturnos de la gestión del hotel tenían prohibido entregar cualquier tipo de información, “por razones de seguridad”. Así que, tras un largo alegato, llegó finalmente un gerente para verificar el dato que se estaba solicitando y confirmar que no había ningún registro telefónico que hubiese surgido de la CDMX. La llamada dizque norteña tenía su origen en la Ciudad de Xalapa.

Después vino la pregunta obligada: “¿Por qué dijo entonces la telefonista que me buscaban de la CDMX?”. “Porque eso me dijeron, señor. Preguntaron por usted y me dieron su número de habitación. No chequé nada más”.

El episodio terminó dos horas después, con la promesa de poner especial atención en cualquier otra amenaza y con la oferta de cambiar de habitación esa misma noche. Pero nada se dijo del joven encargado de hacer preguntas aparentemente triviales para darles la bienvenida a los huéspedes, quien a la mañana siguiente seguía ahí.

Al verlo, el profesor agraviado se atrevió a preguntarle: “¿Qué pasó joven? ¿Ya se aprendió usted los caminos del hotel?”. “Ya señor”, respondió, con una sonrisa y sin ningún dejo de acento norteño, “si necesita usted algo, con todo gusto puedo llevárselo a su nueva habitación”.

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