Escenas de nuestros desperfectos

El desarrollo de la comunicación electrónica nos ha traído incontables beneficios. Nunca antes tuvimos más datos, más información, ni más accesos a los servicios que requerimos. Pero nunca antes habíamos visto tan vulnerada nuestra privacidad.

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LA SOCIEDAD PORNOGRÁFICA

Llamaron a las siete de la mañana a mi celular. Una hora inusual para ser domingo. Del otro lado del auricular sonó una grabación de HSBC que me advertía de un supuesto retraso en el pago de mi tarjeta de crédito, sin posibilidad alguna de réplica.

¿Quién le puede contestar a una grabadora?

No sólo me enfadé por la hora y la invasión a mi vida privada, sino porque había pagado el viernes a través de la banca electrónica, pero los procedimientos burocráticos de la institución no registraron la transferencia oportunamente.

No obstante, la amenaza grabada se repitió siete veces a lo largo de ese domingo y siguió haciéndolo durante toda la semana siguiente.

Gasté varias horas interponiendo quejas y llamando a las oficinas del banco para exigir que suspendieran el asedio telefónico.

Fui incluso a la sucursal donde me expidieron esa tarjeta, sin que los funcionarios que me atendieron lograran hacer nada más que ponerme a la línea de una larga sesión telefónica que, de todos modos, no resolvió nada. La solución fue bloquear el número de HSBC.

Casi al mismo tiempo, comencé a recibir llamadas de otro número no registrado en mi celular, que provenían de un banco distinto.

“Soy Fulano de Tal, le llamo de BBVA Bancomer. ¿Es usted Mauricio Merino?”. “Depende –contesto–, ¿para qué quiere hablar con esa persona?”. “Queremos informarle de los beneficios a los que se ha hecho acreedor por ser cliente Bancomer. ¿Es usted Mauricio Merino?”. “No. No soy esa persona. Buenas tardes”.

A todas luces, mi negativa contradecía sus datos, pues cada tres horas volvió a sonar el teléfono con el mismo mensaje, hasta que llegó la noche. “Señorita –respondo, agobiado por la insistencia– ¿Podría rogarle que borren mi número de la lista? Sucede que están utilizando mis datos personales para fines comerciales, sin mi autorización, lo que está expresamente prohibido por la ley”. “Puede consultar nuestro aviso de privacidad en la página del banco –dice ella, entrenada–. Solamente queremos mostrarle los beneficios adicionales que el banco le ofrece”.

Dado que en otro momento recibí llamadas extrañas que promovían viajes y premios, y advertido del riesgo de las extorsiones –de las que también he sido víctima en dos ocasiones, con gritos de alarma de un hijo falso que me suplicaba su auxilio–, llamé también al 5533-5533, del Consejo Ciudadano de la CDMX, donde me confirmaron que, efectivamente, los números que señalé ya habían sido denunciados y ya habían sido reportados ante las autoridades competentes. Pero también me dijeron que no podían hacer otra cosa.

La verdad es que no hay mucho que hacer.

Para oponerse a esos abusos es necesario seguir trámites muy complejos, dedicar varias horas para formular denuncias ante el INAI, la Procuraduría del Consumidor y la Condusef y, además, cancelar todos los accesos telefónicos entregados a cada una de las empresas que hayan obtenido esos números, así haya sido para pedir pizzas. Pero lo cierto es que, aun siguiendo esas rutas, el negocio de las bases de datos personales tiene muchos más brazos.

El desarrollo de la comunicación electrónica nos ha traído incontables beneficios. Nunca antes tuvimos más datos, más información, ni más accesos a los servicios que requerimos. Pero nunca antes habíamos visto tan vulnerada nuestra privacidad. Cada nueva conexión es, al mismo tiempo, una ventana que asoma a la intimidad de nuestros recursos, nuestros consumos, nuestras preferencias, nuestras dolencias.

Todo queda registrado y todo disponible para quienes cuentan los medios para usarlo en su beneficio. Tiene razón Byung-Chul Han, el filósofo: la transparencia del Siglo XXI, llevada al extremo de indagar los detalles de la vida de cada individuo, puede ser pornográfica; y, puesta en manos de poderosos, dictatorial. 

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