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El Chofer y la Señora.

Era una tarde entresemana. Mientras comíamos con prisa para enfrentar la tarde, escuchamos un barullo callejero que salía de lo común y que nos llevó a asomarnos: en la eternamente congestionada avenida donde vivimos, una señora de mediana edad abría los brazos frente a un autobús de pasajeros que, a todas luces, tenía intención de atropellarla.

El chofer del autobús avanzaba por centímetros, en una actitud explícita: o te quitas o te paso encima. Alrededor de dos decenas de personas esperaban pasivamente el desenlace preguntándose, quizás, en qué momento caería al suelo la señora y el autobús avanzaría sobre su cuerpo. Pero nadie hacía otra cosa que mirar.

La escena me recordó al hombre solitario de la plaza Tiananmen. Era insoportable asistir a esa escena de violencia como espectadores. Así que  llamé a la policía y corrimos a la calle. Una imprudencia, pero nuestro instinto nos decía que debíamos solidarizarnos con la señora amenazada. Y eso hicimos: nos paramos frente al autobús y alguien más respondió a nuestro llamado silencioso, de modo que si se decidía a avanzar, el chofer tendría que atropellar a cinco. El resto, solo seguía mirando.

El chofer, rendido, apagó el motor y pidió a los pasajeros que bajaran para buscar otro transporte. Otro individuo se hizo del control del tránsito para facilitar el paso de los coches que ya habían formado un congestionamiento mayor del habitual. Pero entonces nos cayó encima la eterna realidad de México.

El trámite para buscar ayuda de la policía ya había sido un anticipo. Ante la emergencia, el 911 funciona como toda burocracia: hay que identificarse, dar detalles, ofrecer el domicilio, el nombre, el teléfono y persuadir a la telefonista que no se trata de una broma; de una más de las miles de llamadas falsas que entorpecen la eficacia de ese recurso de seguridad para los ciudadanos. No sería sino hasta la tercera que logré convencer a mi interlocutora de la urgencia de enviar una patrulla.

Mientras llegaba, los pasajeros obligados a bajar del autobús nos mentaron la madre a discreción: “¡pinches burgueses, cómprense otro coche y dejen de estar chingando!”. Se referían, claro, al coche golpeado por el autobús que desató el incidente. Todos parecían estar de acuerdo con la huida del chofer que los llevaba, aun a costa de la vida de la señora Tiananmen. Y entretanto, los otros “burgueses” que pasaban con sus autos se coludían con el coro de mentadas, porque el autobús cruzado les impedía avanzar de prisa. Una extraña alianza entre clases enfrentadas: mejor la impunidad y la violencia, que perder el tiempo propio.

Hubo un momento en que creí que la pequeña multitud nos lincharía. Pero entonces llegó, por fin, una patrulla con las sirenas encendidas. Sin titubear, el policía vino directamente sobre quienes nos manteníamos firmes frente al autobús, exigiendo a gritos que nos moviéramos de ese lugar. Intenté explicarle que nuestra presencia no obedecía sino al hecho de que la señora Tianamen estuvo a punto de ser atropellada. Pero no escuchó razones. “Yo no soy tránsito, yo solo vengo a calmar los ánimos. Y más le vale que se quite”.

Nos quitamos, pero le supliqué que no permitiera la huida impune del agresor. “Yo no soy tránsito, ¿no oyó?”. Sí oí. Volvimos a nuestra comida fría con la certeza de haber asistido a uno más de los episodios que recorren el país cada minuto. La señora acabó resolviendo su problema con la gente del seguro, mientras el chofer del autobús se quitaba del problema gracias a la feliz complicidad de las autoridades. Los pasajeros agraviados por la pérdida de tiempo abordaron otro vehículo y la avenida volvió a la normalidad amenazada siempre por nuestra falta de conciencia, por nuestros egoísmos y por nuestras violencias cotidianas. Aquí no pasó nada.

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