Escenas de nuestros desperfectos

Para recibir sus regalos, la gente tenía que darle su credencial de elector, para anotar nombre, sección, domicilio y número de elector. También el teléfono, de quien lo tuviera.

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EL JOVEN DEMÓCRATA.

El joven funcionario municipal se sentía satisfecho con su trabajo. Le permitía entrar en contacto con mucha gente de su cuadrante –dos barrios y un pueblo que le tocaba atender personalmente-, conocer a esa gente de la manera más cercana posible y ayudarla en todo lo que tenía a su alcance. Era operador de programas sociales. Un sueño que albergó desde que cursó derecho en la universidad del estado.

Fue allí donde conoció al profesor que más tarde se convertiría en secretario de desarrollo social del ayuntamiento. Se sintió particularmente halagado cuando su profesor lo invitó a formar parte del proyecto –el proyecto, le llamó, no el trabajo—que emprenderían juntos: canalizar recursos del municipio a la gente más pobre y allegarse su simpatía y su apoyo para el partido.

Le explicaron que no sería un trabajo sencillo. Había que investigar las necesidades del cuadrante tocando puerta por puerta, hablar con las jefas de las familias, identificar liderazgos y anotar todo. Había que privilegiar el contacto con las mujeres, sin faltar al respeto a los hombres. Caminar mucho, hablar mucho, caer bien. En el camino se encontraría con los operadores de otros partidos haciendo lo mismo. También había que identificarlos, tomar nota de sus nombres y, en lo posible, hacerse su amigo para “sacarles la sopa”.

Conforme fue caminando por el cuadrante, entendió que había un abismo entre las necesidades que le planteaba la gente y lo que él ofrecía. No podía darles agua potable, ni acceso a los médicos para curar sus enfermedades, ni tocar a los directores de las escuelas para interesarse por la violencia desatada dentro y fuera de esos recintos, ni mucho menos meterse con los distribuidores de drogas o los rateros que todo el mundo identificaba. En la jerarquía del proyecto, su única responsabilidad era informar al jefe de zona de todos esos problemas y guardar silencio y distancia.

En cambio, repartía cobijas en tiempos de frío, despensas con arroz, frijoles, azúcar, sopas y aceites para los más pobres –que se incrementaban al llegar el tiempo de las campañas-, láminas de metal para techar cuartos y, en las vísperas de las elecciones, sacos de arena y cemento. Nadie esperaba semejantes regalos, pero casi todos los recibían con una sonrisa, excepto los más hostiles: los que ya habían sido “maiceados” o enajenados por los otros operadores. A los buenos, había que recordarles siempre que favor, con favor se paga: que no se olvidaran nunca de quién les estaba ayudando.

Para recibir sus regalos, la gente tenía que darle su credencial de elector, para anotar nombre, sección, domicilio y número de elector. También el teléfono, de quien lo tuviera. Esos datos había que entregárselos a los informáticos del proyecto, para cargarlos en la base de datos. Y también todos los pormenores  de los renuentes –al menos el nombre y el domicilio—para inscribirlos en la lista negra del municipio. 

Su trabajo sería juzgado el día de las elecciones. Los representantes del partido en las casillas de su cuadrante le irían informando quiénes ya habían votado y quiénes faltaban. Y había que moverse rápido: llamar o visitar a quienes todavía no salían, recordarles la generosidad de sus jefes y organizar las camionetas para llevarlos a sufragar. No iría solo, sino acompañado de los “persuasivos”, como les llamaban a los jóvenes policías vestidos de paisano que dirigían el operativo del día. Su meta era ganar las cinco casillas que le habían encargado.

Y así fue: el joven funcionario municipal ganó todas. Recibió un bono muy generoso, un fuerte abrazo del secretario y la promesa de un ascenso inminente. A partir del año siguiente sería jefe de zona. Su misión sería garantizar la continuidad del proyecto y, con suerte y esfuerzo, convertirse algún día en candidato a regidor para seguir consolidando la democracia del pueblo.

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