Escenas de nuestros desperfectos

La profesora pensó que se trataba de una mala reminiscencia de ese momento y que había que tranquilizarlos. “No, mis niños, no hay ninguna señora que nos siga. Vamos por la carretera y todo está bien”. Pero ellos porfiaron: “No, miss, contamos hasta treinta, nos asomamos y vuelve a salir. ¡Mire, mire, ahí está!”.

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LA SEÑORA QUE NOS PERSIGUE

Los niños venían en el autobús escolar de vuelta hacia la Ciudad de México, después de un campamento de tres días. Pequeñitos de clase alta, de cinco a ocho años, vigilados y protegidos por varios maestros agotados por su cometido y el viaje. No hubo ninguna tragedia ni un incidente que los pusiera en riesgo. Pero llegados a un punto del trayecto, dos de los niños llamaron a su profesora porque “una señora los venía siguiendo y los miraba a cada momento”.

La profesora sonrió. La noche anterior, aprovechando el cielo estrellado, alguien había decidido contar cuentos de espantos que parecían divertir a los críos. La profesora pensó que se trataba de una mala reminiscencia de ese momento y que había que tranquilizarlos. “No, mis niños, no hay ninguna señora que nos siga. Vamos por la carretera y todo está bien”. Pero ellos porfiaron: “No, miss, contamos hasta treinta, nos asomamos y vuelve a salir. ¡Mire, mire, ahí está!”.

Y en efecto, ahí estaba Josefina Vázquez Mota mirando a los niños en uno más de las decenas (¿centenas, miles?) de espectaculares colocados a lo largo de las carreteras que cruzan el Estado de México. Y también era cierto que contaban apenas treinta segundos, antes de que su rostro volviera aparecer en el filo del camino a casa. Asumo que los publicistas del PAN fueron más hábiles que los diseñadores de otros partidos, porque capturaron la atención de los niños, a pesar de que esos horrendos instrumentos de campaña fueron utilizados con abundancia por todos los partidos políticos.

Artilugios horrendos, caros e inútiles. Y más: ofensivos y, como demostraron los niños, espantosos. Caras que no dicen nada, acompañadas por frases que los genios de la propaganda política –pero, sobre todo, de los negocios—acuñaron para persuadirse acaso a sí mismos. Se llaman espectaculares y efectivamente lo son: ofrecen de modo repetitivo y machacón el espectáculo de la falta de respeto a la inteligencia de los electores y la ostentación del dinero gastado a tontas y a locas.

En otro momento, volviendo a la capital de país por la carretera que conduce a Pachuca, pasé por Ecatepec. Este municipio no sólo es el más poblado del Estado de México, sino el más violento de todo el país lo que, además, lo convierte en una de las zonas urbanas más peligrosas de todo el planeta. Los homicidios, feminicidios, robos a mano armada, delitos sexuales y extorsiones que se cometen en ese lugar no obedecen a la naturaleza humana de quienes lo habitan, sino a la combinación ominosa de pobreza y saturación. Allí viven muchos y viven muy mal. Las violencias que generan –como en las favelas brasileñas-, son consecuencia de las violencias que padecen.

En medio de ese entorno que encoge el corazón y desafía la conciencia, los estrategas de las campañas electorales tuvieron a bien reproducir la aglomeración urbana con el amontonamiento de aquellos espectaculares absurdos.

Supongo que decidieron distribuirlos en función del número de habitantes por municipio, pues a diferencia de los que asustaban a los niños sobreprotegidos, en este caso no había que contar ni un segundo. La propaganda gigante está colocada literalmente una detrás de la otra: como para subrayar la diferencia brutal que separa a los más pobres de México de quienes buscan el poder malgastando el dinero ajeno.

No propongo el recuento clásico que se pregunta cuánto cambiaría si en lugar de gastar millonadas en esas torres y lonas el dinero se usara para adecentar escuelas y espacios públicos. Por supuesto que ofende el desacierto en el destino del gasto, pero ofende más la descarada inconsciencia de nuestra clase política. Millones de pesos tirados a la basura para conservar o hacerse del poder, en franca afrenta a la miseria de millones de seres humanos. Ya quitarán esos esperpentos, pero no la humillación que generan. 

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