Escenas de nuestros desperfectos.

Lo que parecía una trivialidad cotidiana se convirtió en una lección de filosofía práctica...

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UNA LECCION DE FILOSOFIA

Sucedió hace tres años, al lado del deportivo Xochimilco de la CDMX, donde cada día siguen ocurriendo episodios dignos de recordar por buenas y por malas razones: lo que parecía una trivialidad cotidiana se convirtió en una lección de filosofía práctica y en otro de los momentos que nos recuerdan sin descanso posible dónde y con quiénes vivimos.

Conseguir un lugar para estacionar el coche en esa aglomeración era casi imposible, pese a los buenos oficios de los franeleros –o debido a ellos-, que pululaban ante la mirada complaciente de las autoridades de la Delegación. De repente un vehículo dejó un espacio disponible que quiso aprovechar con parsimonia excesiva el conductor de un BMW: un hombre joven y a todas luces acaudalado que, sin embargo, no contó con el respaldo de los gestores oficiosos de la propiedad de la calle. Así que mientras calculaba la entrada en reversa al lugar disponible, un franelero emergió de la nada y el conductor de un viejo Volkswagen ocupó el sitio embistiendo de frente, con una habilidad asombrosa.

El señor BMW se quedó pasmado por un instante, mientras el señor VW bajaba de su coche compartiendo la carcajada con su cómplice callejero. Un instante después, el despojado echó en reversa, bajó el cristal de su coche y reclamó: “¡no mamen, ese lugar era mío!”. Tras la denuncia, el franelero desapareció con la misma magia con la que había brotado de algún lugar, mientras el señor VW volvía sobre sus pasos para devolver: “¿tuyo, pendejo? El mundo no es tuyo, mamón, ¡el mundo es de los audaces, así que te chingas!”.

Contra todo pronóstico, el señor BMW respondió: “¿Estás seguro? Espérate tantito”. Pero no esperó, sino que se limitó a hacer una seña soez. Entonces sonó el motor potentísimo del BMW y en cuestión de segundos, rugiendo en reversa a una velocidad inverosímil, impactó de lleno contra el ya de suyo destartalado vochito. Hasta donde podía verse, el BMW apenas había recibido un rasguño, mientras que el Volkswagen quedó hecho añicos.

El señor VW pasó de la risa al asombro, sin solución de continuidad; se quedó tieso a mitad de la calle –del mismo modo que todos los que pasaban por allí—y entonces el señor BMW volvió a gritar: “A ver si así aprendes, pendejo: el mundo no es de tus pinches audaces, ¡el mundo es de los ricos!”. Y espetada la cátedra, aceleró a fondo y desapareció por la avenida con la misma velocidad que había empleado para impartir su insólita lección de filosofía.

Nadie lo siguió, nadie apuntó las placas y nadie ayudó al señor VW, quien se quedó mirando incrédulo lo que quedaba de una buena parte de su patrimonio y quizás, también, reflexionando sobre las palabras que acababa de escuchar. La gente se reunió en torno del desperfecto para comentar los detalles, pero nadie hizo nada más.

Por mi parte, todavía pienso que ninguno de esos dos profesores de filosofía práctica había acertado. Ni audaces ni ricos tendrían que salir impunes de sus despropósitos en un país donde se respetaran las leyes y donde la solidaridad se impusiera a los egoísmos. En este mundo de vida –como le llamaría Hannah Arendt-, quienes triunfan son los violentos. Es cierto, concedo, que los ricos causan más daños porque cuentan con más y mejores recursos para imponerse. Pero lo que atropella no es su riqueza per se, sino la impunidad que se compra con el dinero.

Y en cuanto al señor VW, asumo que probablemente aprendió una lección más: que el franelero que jugó el papel de su aliado para cometer el agravio que desató toda la escena, no le habría ayudado jamás a recuperar su patrimonio perdido, porque su modus vivendi habría entrado en riesgo. Ellos no son los dueños de la calle, sino sus proxenetas. Los dueños, los verdaderos dueños, eran y siguen siendo quienes ocupan los escritorios públicos y decretan, en paz, que aquí no pasó nada.

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