Esa cosa terrible a la que llamamos Pederastia

De los pederastas escuchamos todo el tiempo, quizás con más frecuencia en esta época debido a su forma de operar a través de las redes sociales y por algunas denuncias que últimamente han fructificado.

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La sola palabra nos horroriza. Pertenece a ese tipo de fenómenos “universalmente” repudiados. Sin embargo, cuando nos referimos a su universalidad, es solo parcial, pues es cierto que para una gran mayoría de las personas la pederastia es un fenómeno reprobable, inconcebible, mientras que siempre existen los extremos de la curva de normalidad que nos recuerdan que no todo fenómeno es todo lo “universal” que quisiéramos.

Dicho de otra forma, los pederastas existen, andan por ahí, acechando en muchas partes, en la búsqueda de placer a partir de algo que para el gran resto de las personas nos parece inaceptable.

De los pederastas escuchamos todo el tiempo, quizás con más frecuencia en esta época debido a su forma de operar a través de las redes sociales y por algunas denuncias que últimamente han fructificado.

De ellos sabemos que algunas veces actúan solos, pero en muchas otras se encuentran bien organizados de muy diversas maneras: en amplias redes internacionales enfocadas en el mercado de la pornografía o en el tráfico de menores.

También sabemos que están ahí en las diferentes iglesias, como una forma de abuso de algunos de sus ministros hacia menores del mismo o de diferente género. Desde donde quiera observárseles, conocemos que existen fenómenos comunes en esta forma de abuso: en general su blanco de acción son niños que se encuentran con algún tipo de vulnerabilidad, ya sea social, psicológica o familiar, que los hace presa idónea de sus victimarios.

A partir de su desamparo, de su inmadurez emocional, el chantaje moral del pederasta es una de sus herramientas más socorridas. Las cifras son confusas, no son precisas pero sabemos que son alarmantes; en el caso de organizaciones religiosas de Estados Unidos, se ha llegado a estimar entre 5 a 10 por ciento de sus ministros.

En nuestro país se desconocen, dado que la investigación no ha sido sistemática. Pero estas cifras poco importan al lado de la gravedad de los hechos.

No obstante esta noción generalizada de rechazo, uno de los muchos cuestionamientos que nos hacemos es en relación a aquello que subyace a estas prácticas perniciosas. Alguna vez me horroricé de saber que en internet era posible encontrar páginas de organizaciones que argumentaban que el ejercicio de la sexualidad podía ejercerse a cualquier edad, partiendo de una obtusa interpretación de la teoría de la sexualidad infantil de Freud.

De acuerdo al padre del psicoanálisis, todo el desarrollo del infantil se basa en el reconocimiento de la libido sexual que atraviesa por diversas etapas o zonas erógenas (oral, anal, fálica, latencia y genital), pero esta teoría no conlleva el “paso al acto sexual” sino hasta obtenida un cierto nivel de madurez psicoemocional.

Las implicaciones que conlleva el forzamiento de una sexualidad en etapas tempranas son múltiples y de gran impacto sobre la modulación de la personalidad.

A lo largo de mi práctica profesional he visto mucho más casos de víctimas de abuso sexual que victimarios. He palpado el grave daño, a veces irreversible que los pederastas infligen en sus víctimas. Con frecuencia, las personas que fueron abusadas en la infancia pareciera que organizan toda su vida emocional alrededor de esa experiencia y en el mejor de los casos, se ven obligados “a vivir (o sobrevivir) con esa historia a cuestas”. 

También he visto a quienes no han podido tolerar esta propuesta de sobre vida y han sucumbido a la vida como consecuencia del abuso brutal, sistemático (y en ciertos casos, bajo el consentimiento de los propios padres), por parte de los pederastas.

Alguna vez viví la perturbadora experiencia de acompañar a un paciente adulto que intentaba lograr una vida mientras en los medios de comunicación su victimario argüía “ser víctima de una campaña de difamación de gente tentada por satanás”. 

¿Cómo regresar a la vida a alguien que ha sido abusado de manera tan temprana? ¿Qué explicación puede llegar a ser suficiente para entender la capacidad de crueldad de otros seres humanos? La “banalidad del mal” de Hannah Arendt es apenas una aproximación somera para explicarnos la existencia de los pederastas, los de a pie, los de internet, los de sotana.

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