Un enemigo del pueblo 

Uno de los mejores acercamientos al México de nuestros días se lo debemos no a los expertos que lucen sus grados académicos, como sus medallas Don Porfirio, sino a un dramaturgo proscrito del siglo XIX. 

Un rebelde que inició el teatro moderno. Lo descalificó por igual la crítica y el peladaje, las buenas familias y los leguleyos, esos equilibristas que han hecho de su andar en las orillas de la ley, la fábrica de sus honorarios.

En sus obras sintetiza de manera magistral algunas de las emociones humanas más comunes en la sociedad. La ambición toma cuerpo,  se tensan las cuerdas de la corrupción y la impunidad para trenzarse en una cuerda que parece no terminar, la moral nos hace ver que siempre es doble pero también aparece el profundo desprecio a la mujer, los enemigos de la democracia, el robo que en nombre del bien común perpetra el lumpen y el que almidona sus cuellos y va a misa. 

Ahora que releo  “Un enemigo del pueblo” y “Casa de muñecas” , no puedo dejar de ver el puente que construyó, sin proponérselo, Henrik Ibsen entre esa Europa del siglo XIX y el Estado de México donde los cuerpos de las mujeres flotan en las aguas negras o son apenas enterradas en lotes baldíos. 

No me sorprende que otro escritor nórdico, más cerca de nosotros en tiempo, se detuviera también en ese mundo sórdido en el que la misoginia parece no terminar nunca. Me refiero a Stieg Larsson que con sus reportajes primero y después con su magnifica trilogía “Millenium” nos hizo asomarnos de nuevo a ese espejo oscuro donde  podemos descubrir esa misoginia cargada de sadismo cuyos rastros encontramos día con día en lugares tan distantes y distintos como Noruega, España, Nigeria o Ecatepec.

Como siempre ocurre, Ibsen se convirtió con los años de apestado en gloria nacional y en nuestro caso, en un referente indispensable para entender al México de nuestros días. Retrató como pocos a esa prensa liberal hasta el último cheque, a ese maridaje entre políticos y empresarios que ven en el ejercicio del poder un mecanismo patrimonial, la poca importancia que se le da a la salud pública, las campañas de odio orquestadas contra quienes las combaten, los políticos independientes que resultan peores que los cínicos del poder, la mentira y la simulación como piedra de toque, brújula, lámpara de luz perpetua para transitar por las galerías subterráneas de la democracia.

Más que a Maquiavelo conviene acercarnos a Ibsen para entender lo que ocurre en el Estado de México, semillero del uso y abuso del poder como lo conocemos desde hace más de medio siglo. Y si el enemigo del pueblo es el que nos describe Ibsen ganará de nuevo el dramaturgo y perderemos, de nuevo, nosotros. Ojalá se equivoque.

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