El elegido, Andrew Gross

Una misión suicida para rescatar al único hombre capaz de definir el fin de la Segunda Guerra Mundial.

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Misión: rescatar al científico que logrará aplastar a los nazis con su descubrimiento. Tiempo: 72 horas. Porcentaje de éxito: 0.

Rumbo al final de la Segunda Guerra Mundial, los Aliados necesitan completar un arma nuclear antes que sus rivales.

Para que el Proyecto Manhattan sea exitoso, es indispensable la ayuda de un profesor de física judío. Por lo tanto, el Gobierno de Estados Unidos trata de sacar al profesor y a su familia de Alemania, pero sin muchos resultados. Cuando al fin son llevados en vagones de ganado hacia Auschwitz, como tantos otros judíos polacos, casi se pierde la esperanza de que el científico pueda colaborar con los Aliados para ganar la guerra.

Mientras tanto, Nathan Blum, un joven polaco que escapó del horror del Ghetto de Varsovia, trabaja para el Gobierno de Estados Unidos traduciendo y descifrando mensajes del enemigo.

Por su habilidad, astucia y deseo de vengar la muerte de los suyos, se vuelve el hombre indicado para completar la misión. Debe infiltrarse sin ser visto en Auschwitz para rescatar al profesor, pero solo tiene 72 horas para encontrarlo y escapar antes de que el avión que aterrizará durante unos cuantos minutos los saque de aquel infierno.

Un thriller apasionante que atrapa al lector con esta misión suicida, contrarreloj y que parece tener todo en su contra.

Las buenas historias sobre la dominación nazi no solo relatan pasajes de horror, sino que también muestran aspectos de la grandeza de muchos de los afectados, quienes dan testimonio de la fortaleza del ser humano y su capacidad de resiliencia.

En la novela El Elegido, publicada bajo el sello editorial Planeta, Andrew Gross plantea una historia desgarradora, inspirada en la experiencia vivida por su suegro polaco, quien sobrevivió a la crueldad de un campo de concentración y todo lo que supone una experiencia similar: la incertidumbre de no saber si habrá un mañana, la brutalidad de los guardias, el terror de atestiguar lo que ocurre en los hornos crematorios, son solo algunas de las imágenes cotidianas en esos sitios.

“Como muchos de los sobrevivientes, nunca habló ni una palabra de sus experiencias, ni durante la guerra ni sobre su vida en Polonia. El evocar en su mente los rostros de la familia que jamás volvió a ver era simplemente demasiado doloroso”, dice el autor sobre su suegro.

“Si yo hubiese podido de algún modo ir más allá de sus expresiones de dolor y melancolía cuando se le incitaba a hablar de su pasado, a través de su incapacidad para articular la carga de culpa y pérdida que guardó por tanto tiempo, si él hubiese sido capaz de contar su propia historia, todo el recuento de su vida en Polonia y el papel que desempeñó durante la guerra, siempre imaginé que se leería más o menos como este libro”.

En ese camino, el militar encontrará a una serie de personajes de toda clase, incluidos aquellos que se sienten obligados a ayudar a los judíos presos, y que con su actuar permiten que el lector se replanteé temas tan graves en la historia de la humanidad, como el genocidio y la proliferación de armas de destrucción masiva que, varias décadas después, siguen vigentes.

Andrew Gross (Manhattan, Nueva York, 1952): Autor estadounidense de novelas de suspenso que incluyen cuatro de los libros más vendidos del New York Times. Es mejor conocido por sus colaboraciones con el escritor de suspenso James Patterson.  Otros libros publicados: The Saboteur, Button Man, Everything to Lose, No Way Back, 15 Seconds, Eyes Wide Open, Reckless, The Blue Zone, Don’t Look Twice y The Dark Tide.

                                          Fragmento

Abril, 1944 El ladrido de los perros se escuchaba cada vez más cerca, ya debían estar a unos cuantos metros de distancia.

Los dos hombres se abrieron paso entre rasguños por el tupido bosque polaco de noche, aferrados a la orilla del río Vístula, a unos cuantos kilómetros de Eslovaquia. Sus cuerpos debilitados clamaban de agotamiento, no resistirían mucho más. Su ropa estaba andrajosa y sucia; se habían deshecho ya de los zuecos mal ajustados que calzaban, los cuales resultaban inútiles en el espeso bosque, y por su hedor parecían más un par de animales cazados que hombres.

Pero al fin la persecución había terminado.

—Sie sind hier! —Escucharon los gritos en alemán detrás de ellos—. ¡Por aquí!

Durante tres días y tres noches, se escondieron bajo las pilas de madera que se encontraban afuera del alambrado perimetral del campo. También ocultaron su aroma de los perros utilizando una mezcla de tabaco y queroseno. Al pasar junto a ellos, escuchaban el sonido de las botas de los guardias, a unos centímetros de ser descubiertos y arrastrados de vuelta hacia una muerte inimaginable para cualquier hombre, incluso en ese lugar.

Después, en la tercera noche, salieron a rastras de su escondite, cubiertos por la oscuridad. Viajaban sólo de noche y robaban los restos de comida que encontraban en las granjas en su camino: nabos, papas crudas y calabacines. Los devoraban como animales famélicos. En todo caso, era mejor que la asquerosa basura con la que los habían mantenido vivos a lo largo de los últimos dos años. Como sus cuerpos se habían desacostumbrado a ingerir sólidos, vomitaron. Alfred se había torcido el tobillo ayer y ahora intentaba seguir adelante con una extremidad incapacitada.

Pero alguien los había visto. Unos cientos de metros atrás escucharon a los perros y los gritos en alemán que se incrementaban cada vez más.

—Hier entlang! ¡Por aquí!

—¡Vamos, Alfred! ¡Rápido! —exhortaba el más joven a su amigo—. Tenemos que seguir avanzando.

—No puedo. No puedo. —De pronto, el hombre que cojeaba se tropezó y cayó en un dique, sus pies sangraban en carne viva. Se quedó ahí sentado, al borde del agotamiento—. No puedo más. —Escucharon los gritos de nuevo, más cercanos esta vez—. ¿Qué caso tiene? Se acabó. —La resignación en su voz confirmaba lo que ambos ya sabían en el fondo de su corazón: esta era una causa perdida. Habían sido derrotados. Habían recorrido tanto, pero estaban a unos cuantos minutos de ser alcanzados por sus perseguidores.

—Alfred, tenemos que seguir avanzando —insistió su amigo. Corrió por la ladera y trató de levantar a su compañero fugitivo, quien, incluso en su débil estado, se sentía como un peso muerto.

—Rudolf, no puedo. No tiene caso. —El hombre herido sólo se quedó ahí sentado, totalmente rendido—. Tú sigue adelante. Toma… —Le entregó a su amigo la bolsa que venía cargando. La prueba que necesitaban para salir de ahí: listas de nombres, fechas y mapas. La prueba irrefutable de los crímenes atroces que el mundo tenía que conocer—. ¡Vete! Les diré que te perdí de vista hace horas. Así tendrás algo de tiempo.

—No. —Rudolf lo levantó—. ¿No juraste acaso que no morirías allá, en ese infierno? ¿Sólo para dejarte morir aquí…?

Podía verlo en la mirada de su amigo. Lo había visto ya en cientos de miradas en el campo, en los ojos de aquellos que se habían dado definitivamente por vencidos. Miles de ojos. A veces morir es más sencillo que seguir peleando. Alfred se quedó ahí, respirando con dificultad, casi sonriendo.

—Ahora vete. Proveniente del bosque, a unos metros de distancia, escucharon un chasquido. El sonido de alguien amartillando un rifle. Se quedaron congelados.

Se acabó, se percataron ambos a la vez. Los habían encontrado. El miedo hizo que el corazón les diera un vuelco.

Dos hombres salieron de la oscuridad. Ambos portaban atuendos de civiles y rifles; sus rostros tenían un aspecto áspero y estaban cubiertos de hollín. Claramente no se trataba de soldados. Tal vez eran granjeros del lugar. Quizá los mismos que los habían entregado.

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