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En las elecciones del pasado domingo ganó el oportunismo, la violencia, la trampa, la incivilidad política, pero sobre todo la cachaza de los dirigentes partidistas para mentir e inventar victorias con todo  cinismo.

Brilló la conocida capacidad de la secretaria general de MORENA, Yeidckol Polevnsky, para inventar nombres y cifras; el oportunismo de Ricardo Anaya dirigente del PAN para dar a entender que gracias al buen desempeño de su partido él se fortalece rumbo al 2018; y la práctica triunfalista trasnochada del PRI que ya no tiene cabida en este siglo.

Pero la tarde electoral se la llevó el delegado de Cuauhtémoc, Ricardo Monreal, cuando descubrieron a su chofer repartiendo billetes para comprar votos a favor de MORENA.

Todos se declararon absurdamente triunfadores al mismo tiempo y a la misma hora en Nayarit, Coahuila y en el Estado de México provocando confusión, desconfianza en el proceso y en las instituciones electorales.

Pocos países han hecho tantas reformas, como éste, para dar legalidad y certidumbre a los comicios y sin embargo, a la manera de un democracia bananera y primitiva,  los partidos se dedicaron, más que nunca,  a recibir  dinero ilegal, a calumniar al  adversario, a comprar simpatías y a violar la ley, hasta en los más mínimos detalles.

Pero, el que marcó la diferencia en esta elección fue sin duda el candidato del PRD al gobierno del Estado de México, Juan Zepeda.

Y lo hizo, no porque forme parte del vodevil, sino porque  logró, al quitarle votos a la candidata de MORENA Delfina Gómez, que  el futuro de la izquierda y de la elección se definiera en la zona oriente de la entidad.

Lo que sigue, es lo que ha venido anunciando AMLO con sus tambores de guerra: el desconocimiento de los resultados. Nada más que en esta ocasión, de confirmarse la derrota de MORENA, va a tener que responsabilizar a un  candidato de izquierda que, en cualquier momento, puede quitarle la corona.

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