El poeta y el dictador

AFP PHOTO / Inti Ocon
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Dice Sergio Ramírez que puede ser que un libro no cambie al mundo, pero sí que lo haga con quien lo escribió y lo leyó, porque la imaginación “es un poder soberano”. Y es cierto.

Por lo pronto, una de su novelas lo puso en un sitio de privilegio en el mundo literario: “Margarita, está linda la mar”, publicada ocho años después de haber dejado la vida política como vicepresidente del Gobierno sandinista.

Aunque es autor de más de treinta libros entre novelas, cuentos y ensayos, para algunos fue la obra decisiva para ganar el premio Cervantes de este año.

“Margarita, está linda la mar” es una novela tan ambiciosa que su escritura podría haberse convertido en un auténtico fracaso o en lo que llegó a ser: en un texto donde dos historias de personajes ampliamente conocidos, coinciden.

Rubén Darío, el padre del Modernismo es uno de esos personajes. Tan fuerte ha llegado a ser su imagen literaria que no pocos ignoran que nació en Nicaragua, como el propio Ramírez. Tampoco importa demasiado ese dato: su patria es el idioma que habita de tal manera que lo transformó profundamente.

El otro personaje es el dictador Anastasio Somoza, quien con su familia  se convirtió en uno de los más insaciables y crueles depredadores del siglo XX.

Si las instantáneas sobre Darío nos acercan muy bien al poeta, el ambiente de la Nicaragua bajo la dictadura es estupenda.

Allí aparecen la primera dama Salvadora Debayle, vestida de lentejuelas con tacones cubiertos de lentejuelas para aumentar inútilmente su pequeña estatura y ¡con estola de armiño en pleno trópico!

Sergio Ramírez nos recuerda que quien ejecutó al dictador fue un poeta: Rigoberto López Pérez. Que el dictador de marras herido por el poeta llegó a uno de sus hospitales y por carecer de lo indispensable (robaba el dictador todo), no pudieron atenderlo allí.

Lo trasladaron a Panamá, a una zona militar de Estados Unidos donde entró en coma por una mala praxis hospitalaria y así lo regresaron a su país. A su muerte el presidente Eisenhower lamentó la muerte de su “leal amigo” asesinado a manos de un “fanático comunista”.

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