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Este subjuntivo del pretérito imperfecto goza de una mala fama y con frecuencia se ha convertido en un chocante lugar común.

Solemos recurrir a esta conjugación del verbo “haber” cuando, algo de nuestra naturaleza humana, nos hace reprocharnos ante la falta de una acción o la toma de una decisión.

Para muchos es el tiempo del arrepentimiento, de aquello que podríamos haber realizado y no hicimos, pero que al final por alguna razón, consciente o inconsciente, así lo elegimos pero implica además pagar una cuota por ello.

Es por eso que uno de los sinónimos coloquiales de esta forma de conjugación es la del “tiempo pendejativo”, bajo el argumento soso, de que nunca deberíamos de arrepentirnos ni reprocharnos por las decisiones que tomamos, o dejamos de tomar. Penosamente, así lo dicta una cierta inteligencia popular, en lo que parece una exigencia absurda y juzgona de que nuestros actos deberán ser certeros, precisos y asertivos en donde implícitamente se descalifica a la duda como acompañante de nuestras decisiones.

A veces no nos damos cuenta de cuántas decisiones tomamos en un solo día; optar, escoger, elegir entre una o más opciones es parte de nuestra vida cotidiana.

La trascendencia de cada decisión será variable, pero si lo vemos desde esta perspectiva, nuestra propia vida es la suma de las elecciones por las que nos hemos inclinado, las grandes y las pequeñas.

Vale tomar en cuenta que detrás de cada toma de decisiones pueden existir procesos mentales automáticos o bien, pueden estar implicados ejercicios conscientes más elaborados de razonamiento en el que necesariamente se incluyen múltiples variables.

Así las cosas, tras cada decisión existe un balance de riesgos y de consecuencias. Y a pesar de todo, erramos. Y si no erramos, de todas formas la duda regresa. Hay quien se detiene menos en estos procesos mientras que otros, se atoran y además se atormentan. Mucho depende entre otras cosas, de la posibilidad de cada quien de convivir con la incertidumbre, de tolerar o no la presencia de la duda.

Este campo de la duda es el lugar  del “hubiera”. Para mi el hubiera (en su forma alternativa “hubiese”) sí existe y a mi entender, me parece el más humano de los tiempos.

Es ahí donde radica su riqueza, toda vez que nos permite regresar a aquel lugar a partir del cual podríamos haber tomado una decisión diferente; es parte del ejercicio mental mediante el cual hacemos uso de la facultad de explorar los diferentes escenarios en donde podríamos habernos colocado.

Es para decirlo pronto, el tiempo del imaginario, de la fantasía y también de la elaboración que permiten algún alivio o sobre compensación cuando nuestra elección no fue la mejor.

El “hubiera” es el tiempo de la nada despreciable actividad onírica; lo que no hicimos despiertos, podemos realizarlo a través de los sueños; gracias al “hubiera” somos capaces de transitar por todos los escenarios posibles, o hasta los imposibles, sin importar cuan absurdos éstos nos parezcan.

Es por esta cualidad, que el “hubiera” es también el tiempo del “séptimo arte”, que en no pocos casos lo incluye como una propuesta lúdica que hace que el espectador se enfrente a diferentes posibilidades de desenlace como resultado de momentos críticos de decisión. Y hago referencia al “séptimo arte” como un ejemplo cotidiano del interjuego de posibles escenarios.

El “hubiera” es una de las columnas fundamentales de todo proceso creativo. Ningún proceso creativo puede estar libre de dudas, de circunspecciones en torno al abanico de posibilidades. Ningún creativo, artístico, académico, empresarial o hasta político, podrá librarse del “hubiera” como un excelso supuesto para toda forma de reflexión.

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