El contrato social

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Desde los ya lejanos tiempos de la antigua Grecia, pasando por la Roma clásica y hasta los del Renacimiento y la Ilustración, el tema del pacto o contrato social ha sido un concepto constante estudiado por los filósofos y teóricos estudiosos de la política y de la organización del Estado.

Sócrates, Platón, Aristóteles, Hobbes, Locke, Rousseau y Montesquieu, solo por mencionar algunos, se han ocupado del problema con distintas acepciones y proponiendo diversos conceptos y variadas soluciones.

En cada época las distintas regiones y/o países, van viviendo circunstancias dinámicas y variables y enfrentan retos y problemas diversos. Si bien no existe ninguna sociedad perfecta, pues aun aquellas que hoy pudieran verse como modelos de civilización, progreso y justicia, como Islandia, Japón, Suiza o los países nórdicos, llegan a transitar por situaciones críticas y no pueden dejar de reinventarse.

Más allá de los eventuales problemas económicos, desastres naturales o diferencias sociales, estos países han logrado admirables niveles de seguridad y de paz social basados en modelos de gobierno que aun siendo muy diversos entre sí, garantizan en un alto porcentaje que sus ciudadanos puedan vivir tranquilamente a través de un elevado nivel de respeto a lo que hoy podemos seguir denominando el contrato social.

Este se basa fundamentalmente en la idea de que los seres humanos, que hemos nacido libres y soberanos de nosotros mismos, hemos cedido de una manera tácita buena parte de nuestra libertad en favor de la autoridad legítimamente constituida, a cambio de que esta garantice nuestros derechos y entre ellos fundamentalmente el de la vida y la seguridad de nuestra persona y de nuestros bienes.

La primer crítica válida que puede desde luego hacerse a este planteamiento, si pretendiéramos acercarnos a la realidad que en este sentido estamos viviendo en México, es que las sociedades más desarrolladas como las de las naciones antes mencionadas, tienen altos niveles de educación y de desarrollo económico que en manera alguna pueden compararse con los nuestros. Eso es totalmente cierto, pero no se trata de caer en argumentos simples y reduccionistas, sino de analizar la situación actual.

Si comparamos el México de hoy con el de hace cincuenta años, es un hecho que ha habido avances importantes en nuestro desarrollo social, no obstante el crecimiento poblacional.

A pesar de muchos gobiernos nefastos que hemos tenido que padecer durante este tiempo, de los altos índices de corrupción y de los elevados niveles de pobreza, nuestro país está hoy mucho más desarrollado que en los años cincuenta o sesenta del siglo XX, no obstante la época de crecimiento derivado del boom económico de la postguerra que impulsó nuestra economía de forma importante en aquellas décadas.

México es hoy un país mucho mejor comunicado en su vasto territorio y el nivel escolar promedio que entonces estaba por debajo del quinto de primaria, con altos niveles de analfabetismo, hoy está por encima del nivel de educación secundaria.

Sin embargo, los niveles de inseguridad y de criminalidad son hoy mucho más altos que los de entonces. En aquellos tiempos, delitos como el secuestro y la extorsión eran prácticamente desconocidos, se podía circular por las carreteras del país con razonables niveles de seguridad y los grandes carteles de la delincuencia organizada que en la actualidad disputan el poder a las autoridades legítimas en diversas partes del país, tampoco existían.

El diagnóstico del actual gobierno es que la situación que hoy padecemos es producto de la corrupción generalizada durante décadas y puede que no estén tan errados, pero la realidad es que la corrupción no puede terminar por decreto y estamos sufriendo niveles de criminalidad nunca antes vistos.

La creación de la Guardia Nacional criticada justamente por muchos, por el riesgo que la militarización de la actividad policiaca supone es por desgracia la única vía factible para que la inseguridad disminuya en el mediano plazo, pero estamos muy lejos de poder volver a salir a las calles con tranquilidad y con la certeza de que regresaremos sanos y salvos a nuestras casas pues ya ni siquiera dentro de ellas podemos dormir tranquilos. No existe, que se sepa, un programa de desarrollo y formación de los diversos cuerpos policiacos hacia el futuro.

Reconstituir el pacto social entre gobierno y ciudadanía es una tarea urgente e inaplazable. Nunca ha sido posible pretender tapar el sol con un dedo. Mucho menos ahora. Echarle la culpa al pasado tiene un límite. Es tanto como pretender responsabilizar a nuestros ancestros por los genes que nos transmitieron y abdicar de nuestra obligación de mutarlos para nuestro propio bien y dejar una mejor herencia a las generaciones que nos sigan.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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