Educar en la alegría, no en el terror

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Cuando se habla de educación en general, habitualmente se piensa más en los primeros años, los correspondientes a la primaria y a la secundaria. Del bachillerato y la etapa universitaria hay menos referencias constantes. Pareciera que al estilo y a la trascendencia de formar a los jóvenes adultos se le otorga menos peso, cuando en realidad es igual de importante que las precedentes. Más aun, tratándose de las actuales generaciones que han crecido en la época de las nuevas tecnologías de la información y que son mucho más conscientes, críticas y sensibles a lo que sucede en el mundo, que lo que fueron las de sus padres y abuelos.

Hace algunas semanas, los medios de comunicación, pero sobre todo las redes sociales dieron cuenta de un lamentable suceso.

La muerte de una joven estudiante universitaria del ITAM, cuyo fallecimiento se atribuyó en principio a un suicidio, aunque después su propia familia aclaró que se debió a una cuestión de salud. Sin embargo, para el triste desenlace mucho habría tenido que ver la presión psicológica a la que la chica estuvo sujeta en los últimos tiempos en su vida dentro del ámbito universitario. Se trata del síndrome del llamado terror académico”, que se vive en muchas instituciones de educación superior tanto públicas como privadas, y que ha provocado que haya un mayor número de estudiantes afectados emocional y psicológicamente de forma cada vez más preocupante. En las universidades privadas el tema es especialmente relevante pues los alumnos o sus padres pagan en la mayoría de los casos cantidades importantes de dinero cada semestre por la que piensan es la mejor opción educativa, además de que varias de ellas, -de inspiración religiosa-, se olvidan con frecuencia en la práctica, del espíritu humanista que teóricamente las inspira.

No se trata solamente del ITAM, lo mismo ocurre en el Tec de Monterrey, en la Universidad Panamericana, en la Ibero, la Anáhuac, la Salle, en la misma Universidad Nacional y en muchas otras del interior del país.

En otras partes del mundo, como en Estados Unidos, uno de los mayores orgullos de las universidades de mayor prestigio, (v. gr. Stanford, Harvard, Princeton o Yale), es poder presumir que más del 95% de los estudiantes que ingresan a las mismas, logran graduarse exitosamente de ellas. Su modelo de admisión es desde luego estricto y procuran quedarse solamente con aquellos aspirantes que cumplen con requisitos de alto nivel. De ahí que los que son aceptados, pueden tener casi la certeza de que siendo constantes concluirán sus carreras con éxito. Lo mismo sucede con los profesores. No cualquiera puede dar clases en tales instituciones. La mayor parte de los maestros lo son de tiempo completo y no solamente dominan sus materias sino que tienen amplios conocimientos en pedagogía y en materia didáctica. Los profesores invitados, lo son en razón de su notable experiencia en el campo del conocimiento de que se trate y de su reconocimiento en la práctica profesional.

En México por desgracia no es así. Por una deformación cultural derivada en buena medida de las desigualdades sociales y económicas, no se la ha dado importancia suficiente a la educación profesional técnica y dual y la gran mayoría de los jóvenes aspiran a estudiar una carrera universitaria, pues los oficios y las carreras técnicas no son bien pagados ni suficientemente reconocidos socialmente. Ello ha propiciado que haya cientos de universidades patito”, que se aprovechan de forma deshonesta de los muchachos que quieren estudiar y que no tienen cabida en las universidades públicas. Pero incluso aquellas con amplio reconocimiento como las mencionadas líneas arriba, reciben cada periodo de inscripciones a grandes cantidades de alumnos sabiendo de antemano que más de la mitad no concluirá sus carreras. Los criterios de admisión, salvo en el caso de la carrera de medicina, son más bien laxos y superficiales, pues la contribución económica de quienes pagan la elevadas colegiaturas se ha vuelto para estas escuelas, una prioridad por encima de una selección adecuada. Además de ello la metodología pedagógica que aplican muchos de sus docentes se quedó en la Edad Media y en el mejor de los casos en el Siglo XIX.

Lo anterior provoca la salida masiva de alumnos por dos causas principales. Un número importante comienza por irse tras los primeros semestres al no haber contado con una adecuada asesoría en materia de orientación vocacional. Otros más, aún teniendo potencial suficiente, desertan como  producto de las presiones, acoso y humillaciones de que son objeto por parte de muchos profesores que se sienten divinos, únicos poseedores de la verdad absoluta y que en realidad más que ir a compartir sus conocimientos van a desahogar sus frustraciones en las aulas ya que no pueden hacerlo en su trabajo habitual o en sus hogares. Otros más, los divos” de la materia que imparten, las vacas sagradas”, se asumen intocables y distan mucho de ser un modelo de conducta a seguir. Los hay quienes quizás gozan de reconocimiento en la práctica profesional, que han escrito libros y tratados pero que parados en el aula no tienen habilidad para transmitir sus enseñanzas a los alumnos, ni les preocupa su formación integral como personas. Son quienes hacen de la amenaza, del insulto y del acoso cotidiano una constante. Aquellos a cuyas sesiones de clase los alumnos acuden con miedo y que con frecuencia son causa de ansiedad, depresión, trastornos alimenticios y otros problemas emocionales en jóvenes con un futuro que desde el comienzo se ve frustrado.

A tales profesores, no les interesa ser un ejemplo para sus alumnos. En aras de una mal entendida libertad de cátedra”, sienten orgullo al anunciar desde comienzos del curso que sólo un pequeño número de elegidos logra aprobar sus materias, cuando el hecho por sí mismo debería darles vergüenza. Pues no es la exigencia inquisitoria la que logra transmitir conocimientos y formar personas de bien, sino el dominio de la materia y la experiencia, pero sobre todo la motivación y el ejemplo bien dados para que los alumnos acudan a las aulas con alegría y entusiasmo.

Es de suma importancia recuperar los valores humanistas y trascendentes de la educación universitaria, centrarse en la importancia de la persona, ayudar a la generación y vivencia de hábitos buenos, en síntesis y parafraseando al pedagogo y filósofo Héctor Lerma Jasso, educar en la alegría y no en el terror. No se trata de sobre proteger a los alumnos ni de facilitarles el camino u ocultarles las dificultades que la vida les depara. Se trata, sí, de prepararlos respetando su dignidad y reconociendo sus méritos y esfuerzo con base en valores éticos tanto en lo humano como en lo profesional.

Las universidades tienen una grave responsabilidad en lograr este cambio. De no hacerlo, seguirán saliendo de sus aulas no necesariamente los más aptos y mejor preparados, sino aquellos que habiendo vivido la injusticia desde el salón de clases, la ven como parte de la normalidad social y al tiempo se dejan llevar por la corriente de las ambiciones materialistas y de la corrupción si es que no acaban renunciando a una carrera promisoria o en el peor de los casos padeciendo traumas psicológicos o muriendo en el camino.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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