Educar en valores

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Una de las propuestas que causó mayor revuelo en diversos sectores del público durante los meses de campañas electorales previos a los comicios del pasado primero de julio, fue sin duda la del ahora presidente electo, Andrés Manuel López Obrador al anunciar su intención de promulgar lo que él denominó una “Constitución Moral” para nuestro país.

La evidente contraposición de un ordenamiento como este frente a la Constitución Política que nos rige, generó de inmediato la crítica principalmente de juristas y académicos.

En 1982, durante la campaña electoral por la Presidencia hace ya 36 años, el entonces candidato priista Miguel de la Madrid Hurtado, propuso también como postulado de su plataforma política lo que denominó como una “Renovación Moral” de la sociedad al criticar y reconocer los vicios de la clase política corrupta. Es claro que dicha renovación nunca se materializó.

Mucho años antes de De la Madrid, durante la primera gestión de Jaime Torres Bodet al frente de la Secretaría de Educación Pública, bajo el mandato del presidente Manuel Ávila Camacho, se le encargó al escritor Alfonso Reyes la redacción de un documento relacionado con la promoción de ciertos valores sociales para ser usado en las escuelas públicas como parte de la entonces pujante campaña de alfabetización.

Reyes denominó a su documento “Cartilla Moral” y, en el mismo, el célebre autor de “Visión de Anáhuac, puntualizaba: “Podemos figurarnos la moral como una constitución no escrita, cuyos preceptos son de validez universal para todos los pueblos y para todos los hombres. Tales preceptos tienen por objeto asegurar el cumplimiento del bien, encaminando a este fin nuestra conducta”.

A su vez, al referirse al bien decía:  “El bien no debe de confundirse con nuestro gusto o nuestros deseos. El bien es un ideal de justicia y de virtud”.

El tema pues, no es nada nuevo y pudiera remontarnos hasta tiempos bíblicos si reconocemos en las tablas de Moisés y sus Diez Mandamientos al primer código moral de la antigüedad.

Tampoco es nueva, como vemos, la intención de gobernantes y líderes sociales a lo largo de los años, de pretender que los ciudadanos vivan con mayor cercanía a valores y virtudes que ciertamente podríamos reconocer como universales.

No obstante, a lo largo de las últimas décadas el mundo ha experimentado una multiplicidad de cambios y un desarrollo que han derivado en la transformación del concepto de moral, de forma tal que aquello que durante siglos pudiera haberse considerado como un valor reconocido socialmente, se ha tornado subjetivo en diversos ámbitos. Por el contrario, conductas otrora condenables han ganado carta de legitimidad.

Lo que la mayoría de los cuerpos legales de Occidente identificó todavía hasta fines del siglo XX como actos o ultrajes “contrarios a la moral y a las buenas costumbres”, hoy son considerados normales y socialmente no solo aceptables sino hasta dignos de reconocimiento y orgullo. Es el caso de la homosexualidad o de la edición y distribución de publicaciones escritas o gráficas que hace cincuenta años pudieron haber sido tachadas de impúdicas pero que hoy están autorizadas como apropiadas para adolescentes de doce años en adelante o como una forma de expresión artística.

De ahí entonces que hablar de moral se torna complicado pues lo que para uno puede ser intolerable como conducta o manifestación abierta de un comportamiento social, puede para otros, ser totalmente normal e incluso digno de imitarse.

El Estado entonces, debe ser sumamente cuidadoso cuando se trata de calificar la conducta moral de los ciudadanos, pues corre el riesgo de volver a tiempos ya superados de autoritarismo.

Es por ello que más que hablar de moral, el tema debiera abordarse desde el punto de vista de la ética, que aunque en ocasiones se torna también un término confuso que podría incluir a la moral, debiera tratar de entenderse desde el punto de vista aristotélico como el camino a la felicidad y a una sana convivencia a través de la virtud y del justo medio.

Hay entonces ciertos valores éticos o virtudes universales que por sí mismos son incuestionables. Tales como la justicia, la equidad, la verdad, la generosidad, la empatía, la tolerancia, la resiliencia, la amistad, la solidaridad, el respeto a la autoridad y a las leyes justas y muchos más.

En la difusión, conocimiento y vivencia de estos valores éticos, sí debe involucrarse el Estado a través de programas a impartirse en las instituciones educativas y mediante campañas masivas de comunicación.

La consabida frase “ya no hay valores”, es un lugar común a cada generación. Sin embargo, sabemos que hay muchos países que han logrado conservar e imbuir en sus sociedades la importancia de hacer que estos valores éticos formen parte de la convivencia cotidiana en las familias, las escuelas, las corporaciones de todo tipo y las autoridades que son las primeras que deben poner la muestra.

Cuidando de no caer en un puritanismo retrógrada y muy comúnmente también hipócrita, el nuevo Gobierno y la sociedad en general tenemos frente a nosotros un gran quehacer si realmente queremos dar pasos importantes para  desterrar la corrupción, la impunidad, el influyentismo y la tentación del llamado “dinero fácil” que hace que muchos jóvenes se involucren en actividades criminales.

La clave sin duda está en la educación en valores para todos los niveles y no solamente en el buen ejemplo de los mandos cupulares, aunque este sin duda será también fundamental.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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