Economía y seguridad

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La mayoría de los indicadores económicos muestran que el futuro de México en la materia no es alentador. Si bien la baja en las tasas de interés en algunos créditos podría considerarse como algo positivo en la medida que constituyan un atractivo para la inversión o para la compra de bienes de consumo duradero, propician por otro lado la fuga de capitales hacia mercados emergentes más seguros y redituables.

El país no está atrayendo suficiente inversión extranjera y los empresarios nacionales tampoco se muestran muy entusiastas para inyectar grandes capitales en proyectos de infraestructura y mantenimiento que sin duda se necesitan. Las proyecciones sobre la tasa de crecimiento económico anualizado han venido reduciéndose para llegar a puntos cercanos a la recesión económica. El propio secretario de Hacienda ha reconocido que el riesgo de que esta ocurra es algo para lo que debemos estar preparados.

Aunado a ello, las reformas fiscales recientemente aprobadas inhiben el espíritu emprendedor de quienes se desenvuelven dentro de la economía formal, pues se sienten amenazados; mientras que aquellos que obtienen sus ingresos al margen de las leyes, en la informalidad, gozan la mayoría de las veces del privilegio de la impunidad.

Muchos sectores del comercio y de la industria se están viendo obligados a reducir sus operaciones o de plano cancelarlas. Un ejemplo de ello, es el de la construcción en la Ciudad de México, que durante el último año se vio seriamente afectado por el cierre de las ventanillas para el registro y autorización de nuevos proyectos de obra, especialmente en el sector vivienda.

Miles de trabajadores de esta industria se quedaron de repente sin trabajo y en muchos casos, se vieron arrojados a engrosar las filas de la delincuencia por falta de oportunidades.

El Gobierno insiste en invitar a los empresarios a invertir, a fin de revertir la tendencia decreciente, pero la realidad es que no ha logrado convencer a muchos, pues sienten que el riesgo es demasiado grande, sobre todo ante los niveles, esos sí cada vez mayores, de inseguridad en el país.

Más allá de quién pudo haber tenido la culpa en el pasado para que llegáramos a este punto y de si las cosas se hicieron muy mal, el hecho es que estamos inmersos en una ola cada vez más fuerte de violencia y de delincuencia en todos los niveles.

Desde los asaltos en el transporte, en la vía pública y en las carreteras, las extorsiones, los secuestros, el robo de combustible, el trasiego y comercio ilegal de drogas y armas, las desapariciones forzadas, las muertes violentas que se cuentan por cientos cada semana, más un largo etcétera, la realidad es que México vive el momento más crítico de su historia en este ámbito.

El presidente ha dicho reiteradamente que hay que atender las causas de todos estos fenómenos de violencia, y en eso lleva razón, pero la realidad ha probado que no basta con ello. No solo es necesario combatir la corrupción y mejorar con urgencia la procuración de justicia, hace falta más.

Es algo parecido al reto al que puede enfrentar un equipo de médicos frente a un paciente que se ve atacado por una grave y rara enfermedad. Si bien es cierto que identificar las causas del mal es algo indispensable, como cuando se trata de un virus o bacteria que se debe tratar de eliminar, esto no basta para curar los síntomas y el daño causados.

La gangrena puede ser consecuencia de una infección mal tratada o no identificada a tiempo, pero para impedir su avance y la eventual muerte del enfermo muchas veces es necesario cortar de tajo el tejido afectado e incluso amputar una mano, un brazo o la pierna completa. Los tratamientos de choque son muchas veces dolorosos pero indispensables.

La violencia y la inseguridad que aquejan a México en la mayor parte de su territorio son un cáncer que nos está ganando la batalla.

Las oraciones y las buenas intenciones en favor del enfermo pueden ser útiles y dignas de gratitud, pero los milagros operan muy rara vez.

A la saña de los criminales hay que responder con la fuerza legítima del Estado y en forma proporcional a la desplegada por la delincuencia. Su uso debe ser planificarse contando para ello con todos los recursos tanto materiales como de inteligencia que el gobierno se pueda allegar.

De no hacerlo a tiempo la gravedad del paciente puede tornarse irreversible y el daño colateral en términos económicos, de alcances insospechados.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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