Distribuir la riqueza

México se sitúa entre las economías con ingresos más bajos no sólo en comparación con las economías más desarrolladas del planeta sino con algunas de menor tamaño como Argentina, Chile y Uruguay.

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Los tiempos electorales nos están alcanzando. Agosto ha comenzado y con el inicio del octavo mes del año nos resta solo un cuatrimestre para que el 2018 se haga presente y con él, la opinión pública y los indicadores económicos, entre otros factores, se vean volcados y afectados por el proceso que culminará el siguiente julio con las elecciones federales.

Desde hace tiempo, las fichas comenzaron a moverse en el tablero electoral. La novedad hacia el proceso que se aproxima es que por primera vez en la historia de la democracia de nuestro país,  líderes de varios de los partidos fuertes que hoy forman parte la oposición, se están reuniendo a dialogar sobre la posibilidad de la creación de un frente amplio opositor.

La intención hasta donde se sabe, es generar una opción viable que pueda hacerle frente a la locomotora imparable que parece representar Morena, el único partido que hasta hoy tiene certeza sobre quién será su candidato a la Presidencia de la República.

Los analistas bandean en sus opiniones hacia uno y otro lados.

Algunos ven a la alianza como una opción posible, otros la descartan anticipadamente. Son muchos los egos y los protagonismos que están en juego, pero adicionalmente pareciera que las plataformas y visiones del país que cada grupo quiere son también antagónicas e irreconciliables en muchos de los temas importantes aunque las preocupaciones sean las mismas.

En el partido oficial, tratan por su parte de ponerse de acuerdo y se preparan a tambor batiente para su ya próxima asamblea nacional, de la que podrían salir las bases para definir la codiciada candidatura, pero los intereses de quienes pudieran perfilarse para obtenerla, son también múltiples y más allá de los acuerdos a los que puedan o no llegar, el peso específico del dedo presidencial, será sin duda el fiel de la balanza.

La posibilidad de que el PRI repita en el gobierno se ve muy lejana ante la debacle que han supuesto los escándalos de corrupción desde la Casa Blanca, pasando por muchos ex gobernadores tricolores y la incapacidad del estado para poner freno a la ola de violencia e inseguridad que sigue presente en cada vez más regiones del país, entre otros temas críticos.

La mayoría de los medios noticiosos tanto impresos como electrónicos, al hablar del tema centran sus notas en la superficialidad de las reuniones  y declaraciones de los líderes políticos. Al leerlas y escucharlas, sólo nos damos cuenta de que no dejan de caer en el lugar común al señalar los problemas que todos conocemos, pero ninguno plantea propuestas concretas, objetivas pero sobre todo posibles.

Uno de los temas menos abordados por autoridades y dirigentes partidistas, es el de la adecuada redistribución de la riqueza que el país genera a partir del deseable aumento del ingreso per capita, que hoy ronda los $8,500 dólares anuales, un 20% abajo del que llegamos a alcanzar en el 2014.

México se sitúa entre las economías con ingresos más bajos no sólo en comparación con las economías  más desarrolladas del planeta sino con algunas de menor tamaño como Argentina, Chile y Uruguay.

Uno de los mayores imanes para atraer la inversión extranjera durante décadas, ha sido el hecho de que nuestra mano de obra es sensiblemente más barata que la de nuestros principales socios comerciales. Es indigno y aberrante que ese argumento sea uno de los principales puntos para vender a México en el extranjero.

El salario mínimo actual no llega a los cinco dólares diarios, mientras que en Estados Unidos el mínimo es de $ 7.25 por hora.

Vivimos rumiando la molestia que nos supone el que Trump repita hasta el cansancio la urgente necesidad de construir un muro en nuestra frontera norte para frenar a los migrantes, pero no caemos en la cuenta de que el ansia por llegar al “otro lado” de cientos de miles de nuestros paisanos ha derivado desde siempre de la falta de oportunidades y de una absurda e inequitativa política que no se ha preocupado a fondo por el crecimiento del ingreso de los mexicanos.

No se trata solamente de la creación de empleos, sino de generar trabajos que sean bien pagados y que los que ya existen reciban un ingreso digno.

Sabemos que no hay fórmulas ni varitas mágicas, no se trata desde luego de comprarle al populismo promesas imposibles. Sin embargo, si una de las premisas de los proyectos políticos de todos aquellos que quieren quedarse con la silla presidencial, con una curul de diputado o un asiento en el Senado fuese en esa dirección, la respuesta positiva del electorado sería inmediata.

Subir los sueldos a niveles internacionales sería inflacionario y contraproducente me dirán muchos economistas, pero no necesariamente. Puede hacerse en forma paulatina, con el apoyo de los empresarios, que son quienes generan la mayoría de los empleos.

Si los generadores de trabajo tuvieran la disposición de reducir marginalmente sus ganancias y el gobierno propusiera una reforma fiscal que aligerara el peso impositivo para quienes creen y mantengan las fuentes de trabajo, la propuesta sería factible.

Si la gente ganara más, gastaría más, pagaría más impuestos a los ingresos y al consumo, con lo que las rentas del Estado no se derrumbarían y adicionalmente el ciudadano común podría ahorrar y tener acceso a una digna posibilidad de retiro.

El dinero derivado de mejores salarios se quedaría en México fortaleciendo la economía nacional y permitiría que cientos de poblaciones hoy abandonadas por familias enteras de migrantes que viven al norte de la frontera, pudieran quedarse en su tierra y ayudar al desarrollo de sus lugares de origen y no hacerlo sólo a través de las remesas y viviendo con la incertidumbre de una eventual deportación.

Un mejor ingreso tendría también un efecto inmediato en la disminución de los índices delincuenciales.

La crudeza de nuestra realidad social nos ha demostrado que miles de jóvenes caen en las garras de los grupos criminales por no tener oportunidades de acceso a empleos con un ingreso digno.

Un país en el que el 20% de la población concentra el 80% del ingreso y en el que la clase media es menor al 40% no puede salir del subdesarrollo si las condiciones de ingreso per capita no mejoran sustancialmente.

En México requerimos de un cambio de mentalidad e imitar paradigmas de naciones con mejores niveles de vida y desarrollo social, dejando de lado el sofisma de que pagando menos podemos ser más productivos.

La educación, la seguridad y la paz sociales, el crecimiento sostenido de la economía por encima de la inflación y una política fiscal sana y estable son los elementos indispensables para que una nación prospere, pero ello debe venir acompañado indispensablemente de la garantía de un salario digno y suficiente.

Con la única excepción de Salomón Chertorivski, actual secretario de Desarrollo Económico de la CDMX, hasta ahora, ningún político serio se ha pronunciado abiertamente sobre el tema y si no lo hacen, los jóvenes millenials que definirán el resultado de la elección y hoy están en busca de trabajo, no votarán por ellos.

Tan claro como eso.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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