Días de luto, días de esperanza

La sociedad mexicana, con voluntad, corazón y una gran solidaridad, se entregó por completo; todo pasó a segundo término, lo único importante era ver la forma de ponerse de pie para poder ayudar a quien estuviera a un lado.

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Nunca he vivido una guerra, al menos no en el sentido literal, sólo la guerra anti narcóticos iniciada por Felipe Calderón y que ha continuado Peña Nieto.

Lo que sí me ha tocado vivir son los dos últimos devastadores terremotos en la Ciudad de México, el del 19 de septiembre de 1985 y el que justo treinta y dos años después acaba de ocurrir.

Las escenas desgarradoras han aparecido como en todas las tragedias, deambular entre los escombros de los edificios colapsados o a las afueras de los centros de acopio y albergues es perturbador, ver los ejércitos de voluntarios y de las Fuerzas Armadas te hacen sentir en medio de una guerra, aunque no haya tanques ni misiles de por medio.

La Ciudad de México, por un lado, volvió a demostrar su fragilidad y vulnerabilidad estructural, provocada, desde mi humilde punto de vista, básicamente por actos de corrupción, y por otro lado, como de costumbre, una sociedad civil que se volcó solidariamente a auxiliar a los más desprotegidos, nuevamente una gran organización no gubernamental que, superando a las instituciones, sostenía a una sociedad resquebrajada por el terremoto.

La sociedad mexicana, con voluntad, corazón y una gran solidaridad, se entregó por completo; todo pasó a segundo término, lo único importante era ver la forma de ponerse de pie para poder ayudar a quien estuviera a un lado.

Los mexicanos hemos demostrado que las tragedias nos unen, que podemos trabajar hombro con hombro con alguien y por alguien que jamás hemos visto en la vida y que probablemente nunca lo volveremos a ver, es parte de nuestro ADN, de las características que jamás podrán arrebatarnos.

Lejos de cualquier protagonismo surgieron de los escombros, de las polvaredas y los lodazales, un gran número de héroes anónimos, que rebasan, por mucho, a las instituciones y aquí vale la pena hacer una precisión, los militares, los marinos, los policías y los binomios que yo vi trabajando al lado de la ciudadanía común y corriente, actuaron como ciudadanos, como mexicanos dando la vida por sus compatriotas, igual que los demás; no actuaron, a los ojos de muchos, de manera institucional.

Las tragedias son recordatorios, son llamadas de atención, de ellas tenemos la obligación de aprender.

Los muertos que hemos llorado tienen que tener un propósito, tienen que dejarnos un legado, aunque no tuvimos el placer de conocerles.

Los que sobrevivimos a pesar de todo, tenemos la obligación de reconstruir esta gran NACIÓN, no será una tarea fácil, pero lo haremos porque en medio de las ruinas está el espíritu guerrero que nos grita en silencio: reconstruir, no sólo significa poner en pie las casas, los edificios y las carreteras, reconstruir también significa recuperar la capacidad de decidir, de retomar el rumbo para poder organizar y convocar a todos los jóvenes que han demostrado el orgullo de ser mexicanos y a la ciudadanía en general a refundar el país y sus maltrechas instituciones.

Entre todo el tufo a muerte, también encontramos una bocanada de aire puro y un suspiro, que nos permitirá levantarnos y reconstruir, aún estamos a tiempo de convertir, sin desperdicio… los días de luto en días de esperanza.

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